Se trata de un tema fundamental. Muchos problemas psicológicos que aparecen en la edad adulta, algunas “depresiones” sin causa aparente, tienen su origen en pérdidas y duelos no elaborados en la infancia.

 

Las vivencias de pérdida son importantes

La vivencia de pérdida es algo presente ya desde los primeros años de vida: el mismo hecho de nacer de alguna forma lo es (dejar ese “paraíso” que es la vida uterina, de repente tener que respirar, alimentarse, sentir frío, etc.). Y a partir de ahí otras sucesivas (perder el seno materno, el chupete, dejar de ser el centro de atención de los padres porque nace un hermanito, que se muera una mascota, etc.).

Lo que ocurre con estas pérdidas, es decir, con estos duelos, es fundamental en relación a lo que ocurrirá con otras posteriores, y por supuesto con la pérdida de seres queridos (abuelos, padres, hermanos, amigos, etc.).

Al igual que en el resto de cuestiones y aspectos de la vida, con respecto a los niños, es fundamental lo que ocurre en la familia, lo que hagan los padres (o personas que realicen esa función), en definitiva, los adultos, con respecto a las situaciones importantes de pérdida y duelo. Pueden ayudar al niño a elaborar dichas experiencias, o pueden obstaculizar que esa elaboración pueda realizarse.

Nos encontramos en una sociedad que vive, en general muy de espaldas al malestar y a las vivencias de pérdida, enfermedad o muerte. No sólo en tanto la muerte como tal ha quedado reducida al ámbito hospitalario, con ritos funerarios rápidos. Lo vemos en actitudes predominantes hoy en día, tales como “hay que ser positivos”, “hay que pasar página” etc. Se tiende a mirar a otro lado, a eludir o negar lo que nos afecta y lo que nos causa dolor.

Hay muy poca tolerancia al malestar y a los sinsabores de la vida. Estar triste enseguida se asimila a tener “depresión”. Por ejemplo, no es raro que se receten fármacos para el duelo. Hay prisa e incomprensión sobre estos procesos de elaboración de la pérdida (lo vemos en el ejemplo de un paciente que había perdido a su madre y a los pocos meses su pareja insistía en ir al psiquiatra para medicación, “porque había pasado mucho tiempo y ya tendría que estar bien”).

Con frecuencia, si no hay una explicación rápida y aparente de un malestar, enseguida se deduce que no hay causa, o se recurre a la explicación del “desequilibrio bioquímico” en el cerebro. Estas explicaciones, junto con la medicación, acaban produciendo un mayor alejamiento afectivo en la persona con respecto a o que le ocurre y a lo que está en el origen de su malestar, produciendo mayores dificultades para elaborarlo.

Estamos inmersos en una “cultura de la pastilla”: algo externo ha de producir un cambio interno, en detrimento de lo vivencial, de la idea de proceso y de elaboración psíquica.

Vivimos en una época que sostiene más que nunca que el malestar cotidiano se debe a la ausencia del objeto adecuado que pueda evitarlo (ej. psicofármacos, objetos de consumo, o determinadas sustancias). No quiere oírse que no todo malestar (del alma, del corazón o como queramos decirlo) es una enfermedad, que la falta forma parte de nosotros, y que no hay un objeto que pueda colmarnos por completo.

Se tiende a dar todo a los niños, a taponar con objetos esta falta que es constitutiva del ser humano. ¿Qué ocurre finalmente? Que los niños no atraviesan esas experiencias que les permiten simbolizar la frustración y la pérdida, y esto también va a tener una gran importancia en la posibilidad de afrontar otras pérdidas mucho más importantes que se pueden presentar y en cuanto a la realización del duelo. Además, cada pérdida evoca a las anteriores, por eso es tan importante la época infantil con respecto a este tema.

Por todo ello, la responsabilidad como adultos, a nivel familiar y social es enorme.

Es algo en lo que quiero insistir hoy.

 

Actitudes que dificultan el proceso de duelo en los niños

Hay actitudes que son muy frecuentes y dificultan tremendamente el proceso de duelo en el niño, con todo lo que ello supone para el futuro. Ya nos hemos referido a comentarios del tipo “hay que pasar página”, “hay que ser positivo”, “distráete”, no tolerar o comprender que la persona llore o esté triste …

Con los niños se llega a extremos sorprendentes, por ejemplo, actitudes como las siguientes:

  • Pensar que decir “no” a un capricho o deseo del niño es “malo” o “traumático” porque le causará tristeza o malestar. (Es una actitud muy extendida, con muy negativos efectos en los niños).
  • No dejar que el niño tenga la vivencia de pérdida u ocultarla: por ejemplo, se muere una mascota, se compra otra inmediatamente para que el niño no lo note y “no sufra”.
  • Se dicen mentiras insostenibles sobre lo que ocurre: por ejemplo, muere un abuelo y se dice al niño que “está de viaje”, sin más explicaciones.
  • Se excluye a los niños de momentos importantes (hospital, entierro, etc.). Una cosa es evitarles ciertas situaciones impactantes, según la edad, otras dejarles fuera de todo, ajenos a las vivencias de la pérdida y su proceso.
  • No se tolera que el niño esté triste, abatido, llore, con expresiones como “tienes que ser fuerte”, “los chicos no lloran” …
  • Se instala un manto de silencio sobre todo lo que tiene que ver con la pérdida vivida. Por ejemplo, un niño que encuentra a su padre suicidado y, no se habla de ello, ni se explica, solamente se instala el silencio y el vacío. O un padre/madre que abandona a la familia cuando el niño es pequeño, y no se vuelve a hablar de él/ella, ni a nombrar.

(Todos los casos mencionados son reales, escuchados en el trabajo clínico con pacientes en consulta).

No hablamos, por supuesto, de que los niños tengan que sufrir innecesariamente, o de que no haya que cuidar qué situaciones están viviendo, ni atender a lo que puede afectarles, teniendo en cuenta su edad y características, pero sí quiero insistir en las actitudes y planteamientos, que abundan, por otro lado, y que dificultan enormemente la posibilidad de los niños de elaborar pérdidas y realizar el duelo.

Claro que como padres o adultos nos gustaría ahorrar sufrimiento a nuestros hijos o a los niños en general. Pero, si se produce una herida, todos aceptamos que es algo que ocurre a veces en la vida, que hay que desinfectarla, cuidarla, y que llevará cierto tiempo que cure. No se nos ocurriría poner una venda sin desinfectarla, no pensaríamos solamente en tomar analgésicos para el dolor, o mirar para otro lado para no verla, ignorando que podría infectarse.

Lo que no se hace con una herida física, sí se produce con frecuencia con esas otras heridas, las del alma, con las experiencias difíciles (pero importantes) de la vida, que originan sentimientos o emociones intensos.

Esas experiencias, que causan heridas del alma (muerte u otro tipo de pérdidas), también llevan su proceso de “cicatrización”, para lo cual tenemos también ciertos recursos: ese trabajo psíquico que es el duelo, con su proceso de experimentar la pérdida y las emociones que conlleva, hasta su elaboración.

 

 

 

¿Cuáles son los problemas y síntomas más frecuentes en los niños?:

Los niños suelen hacer síntomas que están relacionados con funciones corporales o con aspectos que son importantes para los padres. Síntomas que, aunque transcurran en el plano físico, siempre van asociadas a la relación con aquellos (o personas que realizan dicha función materna/paterna) y al plano emocional.

Enuresis, miedos, fobias, problemas con la alimentación, con el sueño (pesadillas), nerviosismo e hiperactividad, problemas de comportamiento (rabietas, pataletas, irritabilidad, agresividad), problemas escolares (de aprendizaje, de rendimiento, de relación), cuadros depresivos, síntomas psicosomáticos (problemas digestivos, dolor de cabeza …), etc.

Suelen darse diferentes actitudes por parte de madres y padres a la hora de encontrarse con tales problemas. Por ejemplo:

  • Pensar: “ya se le pasará, es pequeño, mejorará cuando crezca …“
  • Considerar que su hijo/a “es así, es su carácter, ha nacido así”, o bien “yo también era así de pequeño/a …”
  • Tener sentimientos de culpabilidad, lo cual puede influir a la hora de demorar una consulta con un profesional.
  • Pensar que es preciso consultar ante la más mínima cuestión.

Los síntomas expresan un conflicto, por lo que lo importante no es la apariencia externa del síntoma, sino poder desvelar, “desanudar” ese conflicto. Un mismo síntoma no significa lo mismo en un niño que en otro, son muchos los elementos en juego. Por ejemplo:

  • Un niño con importantes problemas de aprendizaje y comportamiento, de cinco años: su padre se había marchado siendo bebé, y nadie le habló nunca del padre, ni siquiera de su existencia.
  • Otro de la misma edad, también con problemas de aprendizaje y comportamiento, relacionados con falta de límites por parte de los padres, excesivamente a disposición del pequeño.
  • Niña de seis años, con enuresis tras el nacimiento de un hermanito.
  • Otra niña con el mismo síntoma tras sufrir un abuso sexual.

Son ejemplos de problemas o síntomas aparentemente similares, pero muy diferentes en cuanto a su origen, alcance, y seguramente proceso de evolución. Por eso es imprescindible explorar la situación y atender a lo particular de cada caso.

Es difícil pensar que un hijo pueda sufrir sin sentir responsabilidad o culpabilidad como padres.

Siempre insistimos en la trascendencia de la época infantil, en tanto se constituye el psiquismo de la persona y ello lleva a plantear si son los padres los causantes o “culpables” de los problemas o síntomas de sus hijos. Sobre esta cuestión es fundamental realizar varias consideraciones:

Aunque no hayan existido situaciones traumáticas, pese a no pertenecer el niño a una familia desestructurada, problemática o marginal, aun cuando se trate de un “niño deseado”, incluso así el niño puede sufrir. Los síntomas o problemas se van construyendo y forman parte de cualquier estructuración psíquica. Crecer no es un proceso lineal, madurativo, con pasos que se van cumpliendo. Existen momentos de obstáculo y dificultad que podríamos decir se “disuelven” por sí solos. Es decir, los conflictos forman parte del psiquismo humano.

Cuando el niño nace viene a ocupar un lugar en el deseo inconsciente de los padres con respecto a ese hijo en particular, lo cual tiene a su vez que ver con la historia familiar de cada uno de ellos y con sus respectivas maneras de vivir la maternidad o paternidad. Pero la estructuración psíquica del niño sería imposible sin estos deseos que forman sus primeras marcas subjetivas, el primer marco que posibilitará un lugar simbólico en el mundo.

No se puede prescindir de esa “influencia” o de esa “causación” de las figuras materna y paterna que es estructurante, ni de esa herencia que se transmite en su mayor parte de manera inconsciente (y que con frecuencia hace confundir y pensar que son cuestiones de herencia genética).

Por otro lado, las actitudes y reacciones de los padres son enormemente importantes: que transmitan seguridad, estabilidad, capaces de escuchar y ponerse en el lugar de su hijo, que sepan dialogar y comunicarse, que puedan conjugar flexibilidad con límites claros y estables, coherentes en sus planteamientos y forma de vida, es decir, todo lo que tendría que ver con el cuidado y la educación de los hijos, son cuestiones fundamentales. Por otro lado, son aspectos en los que como padres se puede trabajar, interrogarse y “aprender”.

En este sentido, todo lo que comentamos (de los padres) tendrá que ver con los posibles problemas de ese hijo, pero también con sus aspectos positivos, sus elecciones vitales, sus ideales y con parte de sus éxitos.

Tampoco hay que olvidar la responsabilidad de cada uno de nosotros (todos hemos sido hijos) en relación con eso que “heredamos” de nuestros padres y de quienes nos preceden, qué haremos con ese legado, cómo lo utilizaremos y en qué lo transformaremos. Tenemos una responsabilidad que es nuestra, de construir nuestra vida, también de intentar asumir nuestras dificultades y afrontarlas.

En caso de un problema o síntoma de un niño, más que sentirse culpables, lo fundamental es poder “preguntarse”. En ocasiones hay que hacer un trabajo de desculpabilizar a los padres, porque dicha culpa les bloquea, por ejemplo, cuando un hijo presenta problemas tras una separación. Con frecuencia, en el trabajo clínico con niños, el hecho de que los padres empiecen a hacerse preguntas tiene efectos muy rápidos y positivos en el problema del niño, porque eso ya implica un cambio de posición en los padres con respecto al pequeño y a lo que ocurre, y tiene efectos en él.

¿Cuándo consultar?

  • No hay que consultar al primer signo de dificultad o de aparición de algún síntoma o problema, como decíamos anteriormente, el proceso de crecer y desarrollarse psicológicamente no es lineal ni sin conflictos.
  • Sí está indicado hacerlo cuando se observa que no se trata de algo pasajero sino que se instala y permanece.
  • También cuando por la intensidad del síntoma y la afectación del niño es importante explorar qué está pasando y, en su caso, poder proporcionar ayuda al pequeño.

¿Existe eso que llamamos «Normal»?

Hoy en día, procesos comunes -tal como es el duelo, por ejemplo- están siendo diagnosticados como trastornos psicológicos y medicados. El duelo es un proceso de elaboración de una pérdida, en este sentido podemos decir que se trata de un proceso “saludable”, sin embargo, con frecuencia se está diagnosticando como “depresión”, administrándose antidepresivos.

¿Qué referentes se están aplicando al funcionamiento psíquico para determinar y concluir, como ocurre con el proceso de duelo, que estamos ante un trastorno –depresión-, y que constituye algo a medicar?

¿Qué es «normal»? ¿Existe eso que llamamos «normal» cuando hablamos de la psique humana?

Aparte de que generalmente nos tranquiliza poner esa barrera “Normal / Patológico” y colocarnos detrás, en el lado de “lo normal”, ¿dónde está el límite entre lo normal y lo patológico? ¿existe realmente este límite?

Es un tema importante porque dependiendo de la concepción que exista sobre ello se derivan cuestiones trascendentales: ¿qué es y cuál es el sentido del síntoma? ¿de qué se trata a nivel terapéutico?, etc.

“Normalidad” es un concepto confuso, parecería que sabemos de qué hablamos, pero no es así.

En los Manuales de Psiquiatría contemporáneos, con el predominio de la psiquiatría biologicista, queda patente que:

  • “Normal” es un término estadístico que hace referencia al promedio aceptado.
  • “Normal” hace referencia a lo que se toma como norma o regla social, aquello que es regular y ordinario para todos.

La primera definición (término estadístico) no puede aplicarse a lo psíquico, ya que las variables no son mensurables. No es posible hacer promedio.

La segunda (norma o regla social) parece aplicable, pero si pensamos en lo psíquico, ¿quién determina lo que se toma como norma social?, ¿quién y cómo establece qué es aquello regular para todos? Temas como el tratamiento dado a la homosexualidad hasta no hace muchos años son claros ejemplos.

Como vemos hay una dimensión ideológica en juego que es algo fundamental porque tiene que ver con la forma de entender el funcionamiento de la psique humana, y ello va a determinar la manera de trabajar de psicólogos y psiquiatras.

Podríamos decir que hay dos perspectivas fundamentales:

 Una, en la cual se entiende que hay una normalidad y se intenta conducir y adaptar los pacientes a ella. Esta corriente trata los síntomas como algo a eliminar con rapidez y a toda costa. El síntoma es el trastorno.

Otra, en la cual se acepta que no hay un modelo al que adaptar a las personas, y se busca escuchando a los pacientes, abrir el camino a cada persona para que ésta se desarrolle, a partir del conocimiento de su propia naturaleza, y de elaborar aquello que le ha hecho ser quien es. En esta corriente los síntomas son algo a escuchar, y se resuelven sabiendo lo que estos vienen a decir. Hablamos del enfoque psicoanalítico. No intenta eliminar los síntomas de entrada, no aspira a reconducir a ninguna supuesta normalidad, uniformizada.

Es decir, resumiendo, a nivel del tratamiento terapéutico:

¿Se dirige al paciente o se trabaja con él?

¿Se dirige un tratamiento o se adoctrina al paciente?

¿Se somete a un ideal, normalización, etc., o se acompaña al paciente en la búsqueda (podríamos decir) de su propia libertad?.

No es sólo una cuestión de suministrar o no pastillas lo que está en juego sino también esta “dimensión” ideológica de la que hablamos.

Hoy en día predomina un enfoque biologicista del funcionamiento psíquico (desequilibrios neuroquímicos, déficit de serotonina, etc.), con enormes consecuencias.

Lo que se utiliza a nivel mundial, y predomina, para catalogar los supuestos problemas mentales, es el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico, -Asociación Americana de Psiquiatría-). Es el manual en el que se definen y se describen las supuestas patologías mentales. En la actualidad se utiliza la 5ª revisión (de 2013),

Este “Manual” se revisa periódicamente para supuestamente adaptarlo a los “avances del conocimiento científico”. El problema es que hablar de “lo científico” es sumamente complejo tratándose del psiquismo humano. Y, además, esta clasificación en “enfermedades o trastornos mentales” es una agrupación por síntomas, lo cual es sumamente problemático.

En cada revisión se añaden supuestas «enfermedades o trastornos», muy discutibles, que provocan una medicalización excesiva, o nombrar como «trastornos/ enfermedades» cuestiones que serían más bien problemas del día a día (ej. llegar a confundir un proceso de duelo con depresión, o niños con rabietas por falta de límites con “hiperactividad y déficit de atención”). Los efectos de todo ello son bastante perniciosos y muy cuestionables. El mismo Allen Frances (Nueva York, 1942), que dirigió durante años el Manual Diagnóstico y Estadístico y dirigió el equipo que redactó el DSMIV está siendo muy crítico con este tema y ha escrito un libro al respecto.

El Dr. Frances, explica cómo ya en el DSMIV se introdujeron nuevos trastornos que luego han conllevado una multiplicación exponencial de diagnósticos y medicalización, pues si dichos trastornos existen formulados como tal, los psiquiatras y profesionales los diagnosticarán, sobre todo cuando al mismo tiempo (y ese es el gran problema) se están ofertando por parte de las farmacéuticas medicamentos que supuestamente los tratan, creando un círculo vicioso de nefastos efectos. Él argumenta que esto está ocurriendo con diversos temas: el llamado Déficit de Atención e Hiperactividad, el Síndrome de Asperger, etc. Cita que en Holanda en 2009 (después de aplicar el DSMIV) ya el 34% de los niños eran tratados de Hiperctividad y Déficit de Atención, y cuenta que de forma general los nuevos criterios establecidos sobre la hiperactividad en el DSMIV hicieron que el diagnóstico se multiplicara por 40.

Puesto que el Manual es una especie de guía mundial, los efectos se observan mundialmente.

Con respecto al DSMV (2013), muy criticado, y en el que él no participó, dice que la “inflación diagnóstica que se dio con el DSMIV supondrá una hiperinflación con el DSMV”, y comenta que con esta nueva revisión “todos podríamos ser considerados prácticamente enfermos mentales”, añadiendo “hemos creado un sistema diagnóstico que convierte problemas cotidianos y normales de la vida en trastornos mentales”.

Son cuestiones trascendentales, ya que muchas personas que pueden consultar por tener determinados síntomas o dificultades, se encuentran con frecuencia con un “diagnóstico” del tipo: “Ud. Tiene depresión”, “su hijo tiene TDAH”, etc. Y por desconocimiento, entre otras cosas, lo toman a la manera de una enfermedad: tienen un trastorno/enfermedad, es necesario medicarse, con el objetivo de restablecer el supuesto estado de “normalidad”, y así conseguir eliminar esos síntomas.

Excesivo uso de pantallas en los niños.  El empobrecimiento simbólico infantil actual.

Con más frecuencia vamos estando confrontados en la clínica a síntomas y efectos en la subjetividad de las personas que ponen de manifiesto un empobrecimiento simbólico gradualmente en aumento y especialmente preocupante en la infancia.

Hoy quiero centrarme en la incidencia del uso de las nuevas tecnologías con los niños –cada vez de más corta edad- y en algunas de sus repercusiones.

Comienza a ser habitual que los padres, sin apenas cuestionárselo, refieran calmar la inquietud, el llanto, las rabietas, o simplemente responder a las demandas de sus hijos -en ocasiones de pocos meses de edad- poniéndolos delante de una pantalla, en muchos casos incluso como modo de distracción la mayor parte del tiempo. Es algo observable a nuestro alrededor, en salas de espera, transportes, restaurantes, etc.  De forma progresiva el tiempo de los niños está viéndose centrado en el uso de pantallas y objetos tecnológicos, su atención captada por las imágenes que proceden de éstos, y su relación con los otros quedando interferida y perturbada por la relación con los objetos visuales a través de los diferentes dispositivos digitales.

Si bien, evidentemente, no se trata de condenar la existencia de determinados recursos tecnológicos, que ineludiblemente forman parte del mundo actual, ni de reprobar su utilización,  sí es importante interrogarnos sobre determinado  uso con los niños y los efectos en su estructuración psíquica y su subjetividad.

Actualmente, desde los primeros meses, los niños están sumidos en el predominio de la imagen y de los estímulos visuales a través de los diferentes dispositivos existentes, algunos de ellos de muy fácil acceso y traslado (móvil, tablet …), sencillos de manejar e interminable uso.  Dichos dispositivos, que han pasado a ser objetos de presencia constante en nuestras vidas,  con su oferta de múltiples e incesantes  estímulos, están además supliendo la relación directa y personal con el niño,  están sustituyendo la presencia activa de los padres en su contacto con los hijos y –lo que es fundamental- la relación estructurante padres-hijos se está viendo afectada.

El niño desde que nace, incluso ya antes de su concepción,  viene a ocupar un lugar en el deseo de los padres, es siendo hablado por Otro, como efecto del lenguaje y a través de las palabras que contornean y atraviesan lo real, como se constituye una falta y es posible la existencia como sujeto de deseo.

La presencia difuminada de los padres y adultos, unida al uso de las pantallas de forma continua e indiscriminada, está empezando a constituir un problema. Las imágenes, los estímulos visuales, funcionan como objetos capaces de obturar cualquier vacío. Este deja de ser algo a representar convirtiéndose en una especie de agujero a ser colmado con el objeto siempre repuesto, tal y como sucede en esa  sucesión indefinida y fascinante de imágenes que promueve la pasividad del niño y altera su capacidad de elaboración psíquica, la cual requiere tiempos de espera, discontinuidad, ausencias …

Esa sucesión de satisfacciones inmediatas e instantáneas conforman un aglutinado  -obstáculo a la simbolización-,  sin espera, sin ausencias, sin discontinuidad, sin distanciamiento subjetivo, sin relato, sin elaboración psíquica, es decir, dificultando la subjetivación y aniquilando el deseo.

Laura tiene 7 años de edad. Apenas ha entrado a la consulta, y tras echar un vistazo a su alrededor, exclama contrariada: “¿aquí no tienes tablet o móvil? … es que me aburro”. Enseguida aclara que lo que le gusta son los videojuegos con los que se entretiene siempre que  puede (que suele ser buena parte de su tiempo no escolar), especialmente uno en el que ha de localizar determinados objetos entre otros que van apareciendo en una cinta transportadora similar a la de la caja de un supermercado. Sólo ha de mirar y mover un dedo sobre la pantalla. Así, y con juegos parecidos puede pasar horas. Durante la sesión insiste en su aburrimiento, sin apenas poder desplegar ningún juego con los materiales a su disposición (pinturas, construcciones, muñecos, etc.), sólo observándolos con recelo, sin dejar de moverse inquieta y agitada por la sala, actuando su malestar.

Laura es uno de los casos, cada vez más frecuentes, en los cuales se observa un cambio en el juego infantil,  una progresiva devaluación de los juegos que precisan creatividad y fantasía, y, en resumidas cuentas, un deterioro de la capacidad de jugar (es decir, de representar simbólicamente).

Se ha instaurado una búsqueda de sensaciones que alejan de cualquier sentimiento de insatisfacción, vacío, carencia, aburrimiento, soledad, en donde no hay intervalos, ni discontinuidad, lo cual es muy diferente del juego como instrumento de elaboración de lo real, como despliegue de la fantasía y de la imaginación, como  forma, a fin de cuentas, de encontrarse y arreglárselas con la falta estructural de objeto. Entre sus posibles consecuencias, los niños quedan aferrados a los objetos (visuales) suministrados, que no dejan de instaurar la ficción de un goce alcanzable.

A veces algo en la vida es motivo de crisis. Un cambio, un suceso inesperado que irrumpe y que puede afectar a distintas áreas de la vida: el trabajo, el cuerpo, la relación de pareja, las creencias …

Por ejemplo, una ruptura sentimental, una pérdida, un nuevo puesto de trabajo, un cambio en el estado civil, etc. pueden ocasionar crisis. En ocasiones ni siquiera se trata de una vivencia negativa; por ejemplo, conseguir un mejor puesto de trabajo puede desencadenarla.

La crisis está unida a la vida, podríamos decir que no hay vida sin crisis. Con frecuencia tiene que ver con momentos del ciclo vital humano: el destete, la pubertad/adolescencia, la maternidad y paternidad, la menopausia/andropausia, el envejecimiento … Otras, con situaciones y acontecimientos, como  elegir estudios o profesión, una separación, etc.

Son algunos ejemplos de las crisis vitales que caracterizan la existencia humana. La etimología de la palabra tiene que ver con un momento de decisión, una decisión significativa en nuestra vida.  “Crisis” procede del griego, significa “separar”, “decidir”.

La vivencia de crisis nos sitúa en un momento “agudo”, de conflicto, en el cual es necesario pensar, reflexionar, elaborar psíquicamente, hacer cambios, tomar decisiones, resolver.

Es un estado de confusión, en donde sentimos cierta desorganización interior, también inseguridad, miedo, sentimientos de pérdida, incluso vacío. Lo anterior ya no nos sirve de la misma forma. La situación nos confronta a un cambio, a reformular nuestra posición, a tomar decisiones, a replantearnos nuevos objetivos. Pueden aparecer sentimientos de tristeza, sufrimiento, angustia …

Podemos entender entonces las crisis, de modo general, como la repercusión psicológica de complejas situaciones vitales, con sus cambios, la forma en que éstas son vividas por la persona a partir de múltiples y variados factores: coyunturales, familiares, sociales, económicos, así como de su propia historia y de aspectos inconscientes.

Hay crisis relacionadas con el desarrollo en las distintas etapas de la vida, en donde confluyen tanto la evolución física como psíquica de la persona. Son momentos del ciclo vital que nos confrontan a nuevas exigencias, y es necesario un periodo de transición, no se da de forma inmediata el despegarse de una situación pasada y adaptarse a otra nueva. Por ejemplo:

  • La pubertad/adolescencia (cambios físicos, hormonales, psicológicos, dejar la vida de niño, etc.)
  • La crisis de los 40 (factores psicológicos, sentimiento de estar en mitad de la vida y replantearse el futuro …)
  • La menopausia/andropausia (factores hormonales importantes, perder la fertilidad, menor vitalidad …)
  • La tercera edad (jubilación, envejecimiento y problemas físicos, pérdidas …)

Cada persona tiene su propio transitar por tales etapas y vivencias, no afectan por igual a cada uno.

También son frecuentes otros momentos de crisis relacionadas con los acontecimientos y vivencias que pueden ocurrir en nuestra vida:

  • Separación/divorcio
  • Pérdidas o muerte
  • Enfermedades físicas
  • Desempleo o problemas laborales
  • Un nuevo trabajo
  • Problemas económicos.
  • Etc.

En un proceso de crisis es normal hacerse preguntas, agobiarse, tener miedo al cambio. Nuestra mente querría encontrar ya la solución, tener claro el camino a seguir y las decisiones a tomar, pero con frecuencia eso no es posible, hay que ir transitando por la niebla y descubriendo el camino.

En ocasiones los cambios (sean internos o externos) pueden llegar a superar la capacidad de la persona para elaborarlos, resultando complicado adaptarse a ellos. Puede ser un momento indicado para consultar.

En el transcurrir por la vida, que nos confronta a distintas situaciones de crisis, es fundamental contemplar que la vida es un continuo cambio.

Es fundamental reflexionar sobre nosotros mismos, nuestras decisiones, nuestros deseos y metas.

A veces veo pacientes cuya vida ha constituido una auténtica “huida hacia adelante”, “hacer, hacer …”, con gran dificultad para elaborar sus vivencias, para detenerse a mirar si están atendiendo a lo que necesitan y desean realmente, a lo que piensan y creen. En un momento dado, cuando menos se lo esperan, algo les interpela, y de repente todo parece desmontarse, surgiendo la crisis personal.

Las crisis son difíciles y dolorosas, pero al mismo tiempo son la oportunidad de poder cambiar, de tomar decisiones importantes, de evolucionar.

A través de lo que implica la vivencia de crisis, la confusión, el sufrimiento, las dudas, se abre la posibilidad de comenzar a abordar de otra forma la situación, de realizar cambios o nuevos enfoques.

Son momentos en que suele producirse un mayor conocimiento de uno mismo, y se integran nuevos aspectos propios.

No hay que pretender vivir en un estado “plano” de sentimientos y vivencias; las pérdidas, el sufrimiento, las dudas, los cambios, son inevitables y forman parte de nuestra vida.

 

 

 

 

 

En el viaje en el que consiste nuestra vida existen travesías, como el duelo, difíciles de transitar.

Aunque el trayecto que vayamos realizando transcurra por diferentes mares, se trata de una travesía que antes o después surgirá en nuestro camino.

La pérdida forma parte de nuestra vida, el mismo hecho de nacer es ya una experiencia de pérdida de ese “paraíso” intrauterino en el que nos formamos. A partir de ahí nos vamos enfrentando a otras sucesivas a lo largo de los años: perder el seno materno o el chupete, dejar de ser el centro de atención de la familia porque nace un hermanito, una ruptura sentimental, perder un empleo, etc.

Por más que nos hallamos en una sociedad que vive muy de espaldas a la enfermedad, a la pérdida y a la muerte, en un mundo agitado y veloz, saturado de información, pleno de estímulos, que incita continuamente a las satisfacciones rápidas y a la evasión, la vivencia de pérdida forma parte de nuestra vida.

La mayor pérdida que podemos vivir, como es la muerte de un ser querido, es una experiencia que afecta por completo a nuestra existencia. De repente todo parece caótico, se tambalean los cimientos personales, se altera la percepción, la concentración se perturba, se trastoca la vida laboral y social, y hasta las propias ideas y creencias se conmueven.

Supone un desgarro, algo inabordable, incomprensible, es enfrentarnos a un real con el que no podemos. No existe un recorrido a seguir, el proceso de duelo es ese trayecto que consiste en atravesar un lugar desconocido, es una experiencia que transforma al que pasa por ella.

El duelo es ese “trabajo” psíquico, ese pasaje que permitirá superar las consecuencias de la pérdida y encontrar una salida que restablezca un relativo bienestar.

En este camino nos acompañan complicadas vivencias, es habitual encontrarse con sentimientos intensos y contradictorios. Además de una profunda tristeza, otros como rabia, incredulidad, culpabilidad (tanto por lo dicho o hecho como por lo no expresado o no actuado, incluso por el mero hecho de estar vivo), pérdida del sentido de todo lo que nos rodea, etc. Rememorar a la persona perdida, llorar, evocar momentos vividos, poner palabras al dolor, expresar lo que se siente, simbolizar la ausencia, dando otro lugar a la persona perdida, forma parte de este proceso.

En este recorrido es fundamental respetar el ritmo del doliente, cuántos apremios y exigencias se llegan a plantear casi siempre con las mejores intenciones. Expresiones como “hay que pasar página”, “la vida sigue”, “es ley de vida”, etc. son un buen ejemplo de determinadas actitudes ante la persona que está viviendo una pérdida, las cuales lejos de ayudar -y aunque se digan con tal intención- producen gran opresión y causan un profundo dolor.

Transitar por esta travesía, hacer el duelo, es un camino, se trata de un recorrido que hay que realizar, sabemos el punto de partida, el puerto del que salimos, pero desconocemos el alcance de las olas y el trazado de nuestra ruta. La travesía será particular para cada persona, dependerá del propio barco y de su estado actual, de las grietas anteriores que ya se produjeron durante la navegación, de los vientos y del oleaje que van apareciendo en el viaje, así como de la vivencia de otras pérdidas posibles que se añadan al camino.

Siempre se dice que “el tiempo lo cura todo”, pero es preciso aclarar que no es debido al paso del tiempo en sí mismo, tiene que ver con que el hecho de que transitar esta travesía supone un proceso, es todo un trabajo psíquico, y necesita un desarrollo para poderse llevar a cabo. Esa experiencia nos habrá marcado.

Es difícil dar consejos a un navegante, pero sí podríamos decir que la persona en duelo necesita respeto, acompañamiento, escucha, permitirle hablar, llorar o expresar sus emociones, si lo necesita.

Se piensa que es preferible no hablar de la persona fallecida o de lo ocurrido, incluso evitar conectarse con la tristeza o con los sentimientos se interpreta con frecuencia como signo de fortaleza. Sin embargo, con frecuencia puede tratarse justamente de lo contrario: actitudes y reacciones como no expresar emociones de tristeza o abatimiento, eludir conversaciones relacionadas con lo vivido, alejarse de los sentimientos, recuperar inmediatamente la actividad laboral y social rellenando el tiempo sin cesar, pueden estar poniendo de manifiesto la dificultad de conectarse con esa vivencia de pérdida, con lo cual se dificulta su elaboración psíquica.

Todo ello puede estar en el origen de síntomas o dificultades posteriores, tal y como ocurre con numerosos cuadros depresivos que emergen tiempo después.

En un proceso de duelo es fundamental permitirse sentir lo que se siente e ir avanzando por un camino que es único, singular, respetando siempre el ritmo de la persona y su particularidad.

Los primeros años de la vida del niño, en el plano psíquico, son de gran importancia. No son un proceso de desarrollo natural, lineal, sin baches ni obstáculos.

Aunque no hayan existido situaciones traumáticas, aunque no se trate de una familia desestructurada, problemática o marginal, aún cuando se trate de «un niño deseado», «muy querido», etc., incluso así el niño puede tener sus dificultades y sufrimientos.

Las relaciones establecidas con las figuras primordiales (madre, padre o sustitutos) son estructurantes y van a ejercer influencia en las posteriores relaciones (de pareja, con iguales, etc.). Cuando decimos «madre», «padre», nos referimos a la figura materna y paterna, generalmente coincidentes con los padres biológicos (aunque podría no ser así, por ejemplo, en casos de adopción, horfandad o situaciones familiares particulares). Se trata de funciones que, junto con el niño, conforman la estructura necesaria para la constitución psíquica de éste.

Los padres son los responsables del cuidado, alimentación, higiene del niño, así como de su desarrollo físico y emocional. Dicha responsabilidad, así como el nivel de dedicación y cuidados necesarios, va variando a lo largo del desarrollo infantil. Esta partitura, inicialmente común para todos, en tanto está en juego la subsistencia de todo niño debido al estado de inmadurez con el que el ser humano viene al mundo, presenta multitud de melodías diferentes, tantas como personas.

El niño al nacer viene a ocupar un lugar en el deseo de los padres: este lugar está constituido por sus palabras, sus fantasías con respecto a ese hijo, por sus proyectos, expectativas, anhelos, miedos y temores, los cuales además no pertenecen en su totalidad al dominio consciente de la persona. Los deseos de los padres preexisten al niño. Desde estos momentos, anteriores incluso a la misma concepción, los padres están proporcionando al bebé un lugar en el mundo y, posteriormente, tras el nacimiento, éste será un lugar que le permitirá su existencia como sujeto, es decir, su existencia psíquica. El niño ocupa así un lugar en las palabras de sus padres, un lugar simbólico, el cual por supuesto no es ajeno a la historia familiar de los padres y se remonta a su vez a anteriores generaciones. Así el bebé humano es introducido en el lenguaje, en ese entramado de palabras, de relaciones, de afectos de distinto signo, de identificaciones, base de su constitución psíquica.

Es fundamental la prematuración con la que el bebé llega al mundo. Necesita los cuidados y atención durante varios años para poder subsistir. Crecer y existir como persona, como sujeto psíquico no es exclusivamente una cuestión de maduración y evolución biológica. Es interesante la investigación del psicoanalista austríaco Spitz que en 1945 describió el «Síndrome de Hospitalismo». Observó que en instituciones hospitalarias, en las que los niños eran atendidos en todo lo referente a alimentación, cuidados médicos, etc., pero de forma anónima, desarrollaban síntomas importantes, tales como retraso psico-motor, problemas de sueño, pérdida de expresión, mutismo, insomnio, etc., pudiendo llegar incluso a la muerte.

En resumen, existimos como efecto de un deseo de Otro, es Otro que nos da un lugar en el mundo, un lugar para existir como sujeto, que proporciona palabras, afecto, emociones … No se trata simplemente de un desarrollo físico, natural y evolutivo.

Tras el nacimiento, los padres cuidan de su hijo, le procuran cuidados con respecto a la nutrición, a la higiene, a la salud, y cariño, afectos, palabras, introduciéndole en el mundo del lenguaje, de forma que desde los primeros instantes, todos los cuidados, sensaciones físicas, procesos orgánicos, aprendizajes, desarrollo intelectual, etc. están presididos por esa relación. Lo orgánico y lo psíquico se entretejen en un mismo tejido. Es algo trascendentel para entender la complejidad del desarrollo infantil.

Las palabras de los padres, sus expectativas y sus deseos con respecto a ese niño están incluso antes de que sea concebido. Deseos conscientes e inconscientes. Es algo fundamental porque tiene que ver, como decíamos, con la posibilidad de existir como sujeto, y claro, tiene que ver con nuestra historia particular. Por ejemplo: un niño puede haber sido «un bebé muy deseado», en palabras de sus padres (deseo consciente), pero puede haber venido a ocupar el lugar de un hermanito muerto (con todos los efectos psicológicos que ello puede conllevar), o siendo un niño venir a ocupar el deseo de tener una niña. Todas estas cuestiones, de distinto tipo (en buena parte inconscientes), están presentes en la historia de cada uno, y tienen efectos en la subjetividad y el desarrollo infantil.

El proceso de hacerse sujeto psíquico siempre es complejo, y tiene baches y contradicciones. Los síntomas o problemas de un niño, en cierto grado, forman parte de cualquier estructuración psíquica.

No es raro que aparezcan problemas con la alimentación, el control de esfínteres, miedos y fobias, pesadillas, problemas escolares, etc. Hay que prestar atención si se trata de problemas intensos o si perduran en el tiempo.

Algo que vengo constatando en mi práctica en los últimos años es el progresivo aumento de un tipo de consulta realizada por padres de niños pequeños, de entre dos y seis años, que demandan ayuda formulada en los siguientes términos: «no podemos con nuestro hijo (hijo/a)».

¿Cómo es posible que unos padres (adultos) «no puedan» con un niño de tan corta edad? Y si «no pueden» con dos, tres, cinco años ¿qué ocurrirá cuando tenga, por ejemplo, catorce o quince? Y esta expresión «no podemos» no es ninguna metáfora, expresa la realidad que viven. Suelen acudir muy desconcertados, desbordados y angustiados por una situación que les cuesta reconocer, que no acaban de explicarse y que, en cualquier caso, no saben cómo solucionar.

El cuadro suele tener componentes muy similares: el pequeño no hace caso de lo que le dicen, es caprichoso, quiere salirse con la suya, suele ser desafiante, no admite un «no», no acepta las normas ni la autoridad de los progenitores, no tolera las frustraciones. Su reacción en forma de rabietas, pataletas, gritos, llegando en ocasiones a empujar, morder o pegar a los padres, acaba condicionando cada vez más las actitudes de éstos, quienes en un intento de evitar tensiones y conflictos acaban poco a poco sometiéndose a la «tiranía» infantil. Es el pequeño quien acaba determinando las reglas del juego dentro del hogar. La situación altera completamente la convivencia familiar y social, y la familia termina evitando situaciones tan cotidianas como reunirse con amigos, acudir a un restaurante o incluso salir a comprar, para eludir situaciones problemáticas en público.

Los adultos suelen pensar que el niño «tiene mucho carácter», que «necesita autoafirmarse», o que «esa es su personalidad» (causas genéticas), en ocasiones creen que su hijo es «hiperactivo», pues con frecuencia los comportamientos y actitudes mencionados van acompañados de gran inquietud y actividad motora, así como de fracaso escolar, en ocasiones incluso aparece el diagnóstico -tan sobreutilizado hoy en día y un auténtico cajón de sastre- de «Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad».

Si bien estas posibles razones son un intento de explicación, entorpecen al mismo tiempo la posibilidad de reflexionar sobre las causas que han conducido a tal punto. Como suele suceder, este estado de cosas no se origina de repente, más bien suele tener una historia.

Es recomendable prestar atención a estas actitudes tempranas en los niños y no hay que considerarlas irreversibles a pesar de que se trate de una dinámica familiar ya instalada. Es posible, y además necesario, trabajar en ella, para evitar, entre otras cosas, que se convierta en una problemática de mayores implicaciones en el futuro.

Los padres, debido a su desconcierto, suelen reclamar pautas de actuación, y aunque podrían darse un conjunto de indicaciones a seguir, tales como la importancia de la relación entre la pareja, de que existan límites claros, de que actúen con serenidad, de que no centren su atención en la pataleta, etcétera, hemos de evitar caer en consejos simplistas, ya que generalmente ellos no podrán aplicar tales indicaciones o consejos si antes no han podido conectarse con las propias dificultades al respecto. No se trata de una falta de información sobre cómo actuar o comportarse como padres.

Es fundamental poder trabajar con ellos sus vivencias, actitudes y reacciones, las cuales han sido caldo de cultivo de la problemática de la que hablamos. Para citar algunas de ellas podemos referirnos al exceso de permisividad, a la dificultad de decir «no» y de poner límites, a la dificultad para tolerar cualquier contrariedad o sufrimiento en su hijo, a la falta de entendimiento entre madre y padre y de respeto al lugar del otro (a veces desautorizaciones mutuas), a la confusión entre «dar amor» y «dar todo» al niño, procurándole todo lo que pide y cediendo a todas sus demandas, a la dificultad de tolerar tensiones y conflictos (inherentes a la situación de decir «no» y de poner límites), por citar algunos ejemplos.

Para resumir, está en juego la subjetividad de los padres y por tanto, el trabajo con ellos es esencial (no sólo con el pequeño). Esto nada tiene que ver con culpabilizarles de lo que ocurre, se trata de abordar las propias dificultades que suelen estar en el origen de esta situación, para así poder transformarla, si no los problemas se acrecentarán.

Aunque poco a poco va existiendo una mayor sensibilidad social hacia la problemática de la violencia física dentro de la relación de pareja, quiero llamar la atención hoy sobre otra cuestión como es el maltrato psicológico, esa otra violencia, con tanta frecuencia inadvertida.

Hablamos de un tipo de maltrato que no sólo puede pasar desapercibido para familiares y allegados, sino en numerosas ocasiones también para la persona que está inmersa en él, un tipo de maltrato que si bien no acaba con la vida de la víctima -lo cual puede llegar a ocurrir con la violencia física- sí puede destruir personalmente a quien lo padece. Si bien existen diversos grados de maltrato psicológico, al igual que ocurre con el físico, la dinámica que subyace es similar.

Es preciso aclarar, antes de continuar, que aunque las cifras hablan por sí solas, no sólo existe violencia y maltrato del hombre hacia la mujer, hay hombres maltratados por sus parejas, e igualmente existe maltrato tanto físico como psicológico entre parejas homosexuales de ambos sexos.

Existen muchos tópicos con respecto al maltrato que constituyen grandes obstáculos para entender y abordar este problema. Por ejemplo, se suele explicar en base a la falta de medios económicos el que una mujer conviva durante años con su maltratador, argumento que va unido con frecuencia al de la falta de estudios o de formación.

Sin embargo, en el trabajo clínico con personas que viven o han vivido maltrato psicológico (o físico) -mujeres en su mayoría, pero también algunos hombres- nos encontramos realidades muy diferentes, lo cual plantea diversos interrogantes. ¿Cómo explicarse que personas inteligentes, con estudios universitarios a veces, en ocasiones con logros profesionales importantes, con amistades, atractivas, y con reseñables capacidades y cualidades, puedan quedar «atrapadas» y «aceptar» una relación de maltrato?, una relación en la que puede haber diversos ingredientes en mayor o menor medida, tales como descalificaciones, desvalorizaciones, críticas, humillaciones, aislamiento emocional, insultos, gritos, etcétera. Hay que considerar varios elementos que iremos desarrollando a continuación.

Por un lado, se trata de un tipo de relación que no suele aparecer desde el inicio y que suele irse instalando en un proceso lento y paulatino. La mayor parte de personas maltratadas psicológicamente relatan una situación inicial de relación de pareja muy diferente del maltrato, incluso más bien la contraria, su pareja era una persona atenta, cariñosa, dialogante, receptiva a sus ideas, volcada en la relación, generosa, etcétera. Para resumir, alguien encantador/a, de quien era difícil no enamorarse. También la mayor parte relatan cómo en un momento -sin comprender muy bien por qué- empezaron a surgir pequeños detalles, muy sutiles y puntuales, de cuestionamiento o crítica hacia su persona por parte de su pareja: sobre su aspecto físico, su manera de vestir, hacia las personas con las que se relacionaba (amistades o familia), sobre algún rasgo de carácter, algún gusto, sobre cierta actitud o reacción. Cuentan también cómo al tratarse de situaciones aisladas, esporádicas y aparentemente sin trascendencia, habían ido evitando esos puntos de conflicto, dejando de ponerse tal ropa, de manifestar determinada idea o gusto, de hacer tal cosa, de relacionarse con tal persona, en un intento de evitar las tensiones y los problemas  y, por supuesto, el malestar a su pareja, tratando de recuperar la situación de armonía vivida anteriormente. Comenzaba a instalarse la dinámica de relación de maltrato en un proceso progresivo e imparable, en el cual las críticas y enfados iban en aumento.

Todas coinciden en la gran confusión vivida durante este proceso, pues no comprendían cómo esa persona tan maravillosa durante meses, estuviera actuando así, lo cual conducía a cuestionarse qué estarían haciendo mal, todo ello aderezado de los reproches y culpabilización que su pareja les hacía llegar. De esta forma, poco a poco, habían ido cediendo su terreno personal, quedando más y más a merced de su pareja, cuyo poder y capacidad de destrucción había ido en aumento. Es como si se hubiera ido tejiendo una especie de tela de araña que  dificultaba ver la situación con cierta perspectiva, impidiendo poder interrogarse sobre la relación y salir de ella.

No es necesario insistir en que las relaciones humanas implican diferencias, tensiones y conflictos, y por consiguiente las de pareja también. Una buena relación de pareja no es aquella en la que no aparecen diferencias o tensiones, sino aquella en la que tales diferencias pueden tener cabida y se pueden afrontar y elaborar, junto con las situaciones y sentimientos de frustración y conflicto; es aquella en la que hay intercambio y cooperación, en la que la base es la igualdad entre las dos personas y no el poder o el dominio de uno sobre otro, es decir, es la que permite el desarrollo y bienestar de ambos miembros de la pareja.

Por otro lado, no hay que confundir tolerancia, flexibilidad, carácter dialogante o empatía- aspectos positivos y esenciales en las relaciones humanas y por supuesto de pareja- con este tipo de relación perversa de la que hablamos, en la que un sujeto se sostiene a costa de la «aniquilación» (en distinto grado) del otro.

Si bien el recorrido de la lenta instalación de la relación de maltrato, expuesto anteriormente, no está exento de malestar y dificultades para cualquier persona que pudiera vivirlo -ya que no es fácil ir conociendo aspectos tan cuestionables de alguien con quien se ha iniciado una relación-, es cierto, por otro lado, que no todas las personas quedarían atrapadas. Seguramente muchas de ellas serían capaces de detectar esas «reglas del juego» que el maltratador intenta instaurar en la relación, enfrentándose a él, surgiendo el conflicto y con certeza la ruptura. Para otras personas, sin embargo, esto no llega a ser posible, y se trata de una situación sumamente difícil pues, como decíamos, no pueden percibir que la tela de araña se va construyendo a su alrededor e incluso llegan a responsabilizarse de que surjan los conflictos. ¿Por qué esa dificultad?, ¿por qué la persona no puede darse cuenta de lo que ocurre y en ocasiones, aunque lo vea, no puede salir?

Entre las víctimas de maltrato psicológico abundan las personas que necesitan recibir aprobación de los demás, con gran necesidad de agradar y ser queridas, dependientes emocionalmente, con tendencia a la idealización de la pareja y a desvalorizarse a sí mismas, que muchas veces han vivido en su familia relaciones muy autoritarias, de dominio y control por parte de sus progenitores, que se han sentido poco queridos o escasamente valoradas y reconocidas, entre otras cosas.

En una relación sentimental, en la formación de una pareja, intervienen aspectos conscientes -existe un punto de elección-, pero también inconscientes, la subjetividad de la persona está implicada y se pone a prueba, los propios conflictos inconscientes están en juego y se plasman en dicha «elección». Las vivencias de la infancia, el tipo de vínculo con los propios padres, la relación que estos han mantenido, así como otras cuestiones relacionadas con la propia historia personal, dejan su huella en cómo una persona se coloca en la relación con los demás, y por tanto en el tipo de relación de pareja que podrá establecer posteriormente. Acercarse a estas cuestiones, reconocerlas, comprender su alcance, para poder llegar a cambiar de posición, suele requerir ayuda psicoanalítica que posibilite un espacio en el que todo ello pueda surgir y elaborarse.

Para terminar no quiero dejar de insistir en la complejidad de la problemática de la que hablamos, ya que como vemos no son aspectos racionales, ni por supuesto económicos, los únicos en juego. Es fundamental, además, superar el planteamiento del maltrato en términos de «maltratador-víctima», el cual puede llevar a consolidar la misma situación, pues tal planteamiento no introduce en la reflexión cuál es la «implicación» de la víctima en la situación de maltrato, «implicación» que, lejos de significar que la persona quiera sufrir o disfrute pasándolo mal, tiene que ver con esos aspectos personales e inconscientes mencionados, sobre los cuales sí se podría llegar a actuar si se descubren y abordan, y los cuales están haciendo posible que la persona entre en la situación de maltrato, sin poder reconocerla y/o reaccionar contra ella.