Muchas personas se sorprenden ante el hecho de que algo que ha podido ser especialmente deseado, como tener un hijo, y que constituye una de las experiencias más gratificantes de la vida, esté siendo origen de una crisis personal y/o de crisis en la pareja, y en casos extremos, incluso el germen de una posterior separación.

La Maternidad y la Paternidad conllevan un conjunto de interrogantes, dificultades, preocupaciones y problemas relacionados con distintos aspectos.

Por un lado, las fantasías que madres y padres tienen previamente, o se hacen durante el embarazo sobre la experiencia de ser padres, idílicas con frecuencia, empiezan a desmoronarse ya desde los primeros momentos tras el nacimiento, y lo imaginado o idealizado puede ser muy distinto de la realidad. Por ejemplo, es difícil pensar -si no se ha vivido- que tener un bebé pueda implicar no tener tiempo ni para darse una ducha, o que dar el pecho cada tres horas suponga, en la práctica, un no parar de amamantar, ayudar al bebé a expulsar el aire que traga al succionar, cambiar el pañal, dormirle, y vuelta a empezar, así durante todo el día. Son sólo dos ejemplos muy concretos y cotidianos de los importantes cambios que ya desde el principio hay que afrontar.

La llegada del bebé conlleva también numerosos cambios en la vida doméstica sin que, por otro lado, disminuyan las exigencias del día a día, muy abundantes por cierto, tales como obligaciones familiares (otros hijos, o padres mayores, por ejemplo), cargas económicas, obligaciones laborales, etcétera. Puede ser por momentos algo agotador y desbordante. Los utópicos planteamientos de conciliación de la vida laboral y familiar, no dejan de ser al menos en nuestro país, formulaciones modélicas aunque muy alejadas de la realidad.

En muchos lugares, como Ibiza, debido a la movilidad por cuestiones laborales, un elevado número de parejas abordan la maternidad y la paternidad sin contar con el soporte de las respectivas familias (que no residen en la isla), lo cual incide en un mayor sentimiento de falta de apoyo, inseguridad y desbordamiento, ahondando los problemas.

Por otra parte, el desconocimiento y la falta de experiencia sobre el cuidado, crianza y desarrollo del bebé suscita muchas dudas y temores. Situaciones sencillas y habituales pueden ocasionar mucha angustia en los padres primerizos. En ocasiones la necesidad de encontrar respuestas y certezas sobre qué hacer, cómo actuar, qué será mejor, etcétera, y la dificultad de convivir con esas incertidumbres acaba llevando a algunas personas a seguir «al pie de la letra» consejos o pautas de otros (de familiares, amigos, profesionales, libros o revistas), asumiendo posturas rígidas, alejadas de la comprensión de la situación particular de su bebé y de la suya propia. Todo ello es, sin embargo, de gran importancia, ya que además de obstaculizar la elaboración personal de las situaciones y poder ir realizando la experiencia propia, puede afectar a la relación con el bebé en esa etapa trascendental de la vida, así como a la misma pareja.

Hay que tener en cuenta, asimismo, que cuando la vida de dos personas, que en ocasiones llevan conviviendo durante años, consistía en trabajar, disponer de tiempo para pasear, ir al gimnasio o al cine, salir por la noche, realizar determinadas actividades, levantarse tarde el fin de semana, etcétera, la llegada de un bebé supone un auténtico terremoto que hace tambalear los fundamentos de la relación y de la situación personal y familiar.

Al mismo tiempo, por si todo ésto fuera poco, ser madre o padre nos enfrenta con nuestra propia niñez, nos conecta con las vivencias que tuvimos como hijos, con las actitudes  de nuestros padres, con las experiencias vividas, con todos esos aspectos que por más que se pongan de manifiesto en nuestras actitudes, sentimientos o reacciones, pueden sernos al mismo tiempo muy desconocidos. Está en juego nuestra subjetividad y ese cambio que consiste en asumir la nueva posición, la cual ya no será más la de ser sólo hijo de nuestros padres, sino ser madre o padre de nuestro hijo. Es un cambio estructural que pone a prueba nuestros cimientos personales.

Tal como hemos ido viendo, son diversos los aspectos que están implicados en este nuevo transitar que supone la llegada de un bebé, y todos ellos pueden provocar dificultades, problemas y crisis. No hay que vivirlo, sin embargo con culpabilidad o como algo negativo y sin salida, pues -tal como los matices de la palabra «crisis» nos indican- aunque una crisis es una situación momentáneamente mala o difícil en una persona, también es el momento en que se produce un cambio muy marcado. Los momentos de transformación no suelen transcurrir sin dificultades y, en ocasiones, sin crisis. Lo importante es cómo se puedan ir recorriendo y abordando dichas dificultades, para lo cual es primordial reconocerlas, comprender que lo extraño sería que no surgieran -teniendo en cuenta de qué se trata-, abordarlas entre la pareja, y en cualquier caso, si son intensas y afectan a su relación y a la relación con el bebé, no descartar buscar ayuda y tener un espacio de escucha y orientación que permita ir hablando y entendiendo lo que estamos viviendo y proporcione un soporte en este trascendental, determinante y emocionante proceso.

No dejan de publicarse cifras que reflejan el abuso de este tipo de medicación que existe en nuestro país. Antes de la Covid 19 España figuraba como el segundo país de Europa con un mayor consumo de ansiolíticos, por ejemplo, superando en el consumo de psicofármacos en general a la media europea y doblando a países como Holanda o Alemania.

Antes de la pandemia, un 11% de la población española consumía tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir, y casi el 6% tomaba antidepresivos y estimulantes. Actualmente, se ha registrado un incremento del 20% en el consumo de psicofármacos.

No porque esta situación sea una realidad bastante instalada desde hace años debería dejar de hacernos reflexionar sobre lo que está sucediendo y sus consecuencias.

A lo largo de la vida de toda persona existen momentos de cambio, situaciones de crisis, experiencias y vivencias que pueden conllevar dificultades, dudas, angustia, dolor, malestar psíquico, así como la aparición de síntomas de distinta índole, tales como insomnio, ansiedad, de tipo depresivo, etc. Un problema familiar o laboral, la pérdida de un ser querido, una separación, contratiempos económicos, son algunas de ellas. Se trata de experiencias que forman parte de la vida de toda persona. Son situaciones por las que, en la mayor parte de los casos, la persona es capaz de transitar, dando significación personal a sus vivencias, madurando y desarrollándose, y que en algunos casos determinados pueden requerir, o verse beneficiadas, de una ayuda psicoterapéutica.

Sin embargo, estas “dificultades” leves están siendo abordadas, cada vez más,  como “trastorno” psicológico, y diagnosticadas en forma de “trastorno de ansiedad”, “depresión”, etc., y por consiguiente, medicalizadas, estableciendo así la siguiente equivalencia, tan instaurada en nuestra sociedad actualmente: “presencia de un síntoma = enfermedad o trastorno”, es decir, algo que requiere medicación (para regocijo de las compañías farmacéuticas).

Varias cuestiones confluyen en mi opinión en esta situación. Son insuficientes los recursos existentes en el sistema sanitario público en salud mental (en España hay una cuarta parte de los psicólogos y la mitad de psiquiatras en relación a la media europea). Al mismo tiempo, impera un planteamiento organicista de los procesos psicológicos y emocionales, lo cual genera a su vez muchas expectativas en las personas acerca de que cualquier malestar psíquico será localizado, diagnosticado, y será susceptible de “curarse” con una pastilla. Tales expectativas creadas vienen a unirse a las propias dificultades y limitaciones que tenemos los seres humanos, entre otras cosas, para comprender lo que nos pasa y abordar nuestro sufrimiento psíquico, no dejando de surgir ese anhelo de que exista una “varita mágica” (que en nuestros días parece tomar la forma de píldora), algo exterior a nosotros, que nos saque del malestar, sin esfuerzo, rápidamente, y sin tener que cuestionarnos nada de nuestra existencia.

Se crea así un círculo vicioso de importantes consecuencias. Se están medicalizando problemas leves, situaciones cotidianas, estados de ánimo relacionados con situaciones vitales y existenciales “normales”. Además, los psicofármacos -junto con los efectos secundarios que pueden producir y el riesgo de generar adicción a su consumo- están dirigidos a aplacar el síntoma pero no atienden a lo que lo origina. En este sentido producen en la persona un distanciamiento de su propia subjetividad (inquietudes, dudas, interrogantes, sentimientos, significaciones), es decir, de todos esos aspectos propios y particulares, relacionadas con tales dificultades, y que, aunque incómodos o dolorosos, contienen los hilos que permitirán deshacer el entramado del conflicto. Dicho distanciamiento, junto con la dependencia de la medicación, se convierte en muchos casos en una cronificación de los problemas durante años.

No se trata de cuestionar el uso de psicofármacos, que en un cierto número de pacientes suponen una ayuda necesaria e imprescindible, pero sí de cuestionar la banalización que actualmente se está haciendo de los mismos y su utilización excesiva e indiscriminada.