A veces algo en la vida es motivo de crisis. Un cambio, un suceso inesperado que irrumpe y que puede afectar a distintas áreas de la vida: el trabajo, el cuerpo, la relación de pareja, las creencias …

Por ejemplo, una ruptura sentimental, una pérdida, un nuevo puesto de trabajo, un cambio en el estado civil, etc. pueden ocasionar crisis. En ocasiones ni siquiera se trata de una vivencia negativa; por ejemplo, conseguir un mejor puesto de trabajo puede desencadenarla.

La crisis está unida a la vida, podríamos decir que no hay vida sin crisis. Con frecuencia tiene que ver con momentos del ciclo vital humano: el destete, la pubertad/adolescencia, la maternidad y paternidad, la menopausia/andropausia, el envejecimiento … Otras, con situaciones y acontecimientos, como  elegir estudios o profesión, una separación, etc.

Son algunos ejemplos de las crisis vitales que caracterizan la existencia humana. La etimología de la palabra tiene que ver con un momento de decisión, una decisión significativa en nuestra vida.  “Crisis” procede del griego, significa “separar”, “decidir”.

La vivencia de crisis nos sitúa en un momento “agudo”, de conflicto, en el cual es necesario pensar, reflexionar, elaborar psíquicamente, hacer cambios, tomar decisiones, resolver.

Es un estado de confusión, en donde sentimos cierta desorganización interior, también inseguridad, miedo, sentimientos de pérdida, incluso vacío. Lo anterior ya no nos sirve de la misma forma. La situación nos confronta a un cambio, a reformular nuestra posición, a tomar decisiones, a replantearnos nuevos objetivos. Pueden aparecer sentimientos de tristeza, sufrimiento, angustia …

Podemos entender entonces las crisis, de modo general, como la repercusión psicológica de complejas situaciones vitales, con sus cambios, la forma en que éstas son vividas por la persona a partir de múltiples y variados factores: coyunturales, familiares, sociales, económicos, así como de su propia historia y de aspectos inconscientes.

Hay crisis relacionadas con el desarrollo en las distintas etapas de la vida, en donde confluyen tanto la evolución física como psíquica de la persona. Son momentos del ciclo vital que nos confrontan a nuevas exigencias, y es necesario un periodo de transición, no se da de forma inmediata el despegarse de una situación pasada y adaptarse a otra nueva. Por ejemplo:

  • La pubertad/adolescencia (cambios físicos, hormonales, psicológicos, dejar la vida de niño, etc.)
  • La crisis de los 40 (factores psicológicos, sentimiento de estar en mitad de la vida y replantearse el futuro …)
  • La menopausia/andropausia (factores hormonales importantes, perder la fertilidad, menor vitalidad …)
  • La tercera edad (jubilación, envejecimiento y problemas físicos, pérdidas …)

Cada persona tiene su propio transitar por tales etapas y vivencias, no afectan por igual a cada uno.

También son frecuentes otros momentos de crisis relacionadas con los acontecimientos y vivencias que pueden ocurrir en nuestra vida:

  • Separación/divorcio
  • Pérdidas o muerte
  • Enfermedades físicas
  • Desempleo o problemas laborales
  • Un nuevo trabajo
  • Problemas económicos.
  • Etc.

En un proceso de crisis es normal hacerse preguntas, agobiarse, tener miedo al cambio. Nuestra mente querría encontrar ya la solución, tener claro el camino a seguir y las decisiones a tomar, pero con frecuencia eso no es posible, hay que ir transitando por la niebla y descubriendo el camino.

En ocasiones los cambios (sean internos o externos) pueden llegar a superar la capacidad de la persona para elaborarlos, resultando complicado adaptarse a ellos. Puede ser un momento indicado para consultar.

En el transcurrir por la vida, que nos confronta a distintas situaciones de crisis, es fundamental contemplar que la vida es un continuo cambio.

Es fundamental reflexionar sobre nosotros mismos, nuestras decisiones, nuestros deseos y metas.

A veces veo pacientes cuya vida ha constituido una auténtica “huida hacia adelante”, “hacer, hacer …”, con gran dificultad para elaborar sus vivencias, para detenerse a mirar si están atendiendo a lo que necesitan y desean realmente, a lo que piensan y creen. En un momento dado, cuando menos se lo esperan, algo les interpela, y de repente todo parece desmontarse, surgiendo la crisis personal.

Las crisis son difíciles y dolorosas, pero al mismo tiempo son la oportunidad de poder cambiar, de tomar decisiones importantes, de evolucionar.

A través de lo que implica la vivencia de crisis, la confusión, el sufrimiento, las dudas, se abre la posibilidad de comenzar a abordar de otra forma la situación, de realizar cambios o nuevos enfoques.

Son momentos en que suele producirse un mayor conocimiento de uno mismo, y se integran nuevos aspectos propios.

No hay que pretender vivir en un estado “plano” de sentimientos y vivencias; las pérdidas, el sufrimiento, las dudas, los cambios, son inevitables y forman parte de nuestra vida.

 

 

 

 

 

En el viaje en el que consiste nuestra vida existen travesías, como el duelo, difíciles de transitar.

Aunque el trayecto que vayamos realizando transcurra por diferentes mares, se trata de una travesía que antes o después surgirá en nuestro camino.

La pérdida forma parte de nuestra vida, el mismo hecho de nacer es ya una experiencia de pérdida de ese “paraíso” intrauterino en el que nos formamos. A partir de ahí nos vamos enfrentando a otras sucesivas a lo largo de los años: perder el seno materno o el chupete, dejar de ser el centro de atención de la familia porque nace un hermanito, una ruptura sentimental, perder un empleo, etc.

Por más que nos hallamos en una sociedad que vive muy de espaldas a la enfermedad, a la pérdida y a la muerte, en un mundo agitado y veloz, saturado de información, pleno de estímulos, que incita continuamente a las satisfacciones rápidas y a la evasión, la vivencia de pérdida forma parte de nuestra vida.

La mayor pérdida que podemos vivir, como es la muerte de un ser querido, es una experiencia que afecta por completo a nuestra existencia. De repente todo parece caótico, se tambalean los cimientos personales, se altera la percepción, la concentración se perturba, se trastoca la vida laboral y social, y hasta las propias ideas y creencias se conmueven.

Supone un desgarro, algo inabordable, incomprensible, es enfrentarnos a un real con el que no podemos. No existe un recorrido a seguir, el proceso de duelo es ese trayecto que consiste en atravesar un lugar desconocido, es una experiencia que transforma al que pasa por ella.

El duelo es ese “trabajo” psíquico, ese pasaje que permitirá superar las consecuencias de la pérdida y encontrar una salida que restablezca un relativo bienestar.

En este camino nos acompañan complicadas vivencias, es habitual encontrarse con sentimientos intensos y contradictorios. Además de una profunda tristeza, otros como rabia, incredulidad, culpabilidad (tanto por lo dicho o hecho como por lo no expresado o no actuado, incluso por el mero hecho de estar vivo), pérdida del sentido de todo lo que nos rodea, etc. Rememorar a la persona perdida, llorar, evocar momentos vividos, poner palabras al dolor, expresar lo que se siente, simbolizar la ausencia, dando otro lugar a la persona perdida, forma parte de este proceso.

En este recorrido es fundamental respetar el ritmo del doliente, cuántos apremios y exigencias se llegan a plantear casi siempre con las mejores intenciones. Expresiones como “hay que pasar página”, “la vida sigue”, “es ley de vida”, etc. son un buen ejemplo de determinadas actitudes ante la persona que está viviendo una pérdida, las cuales lejos de ayudar -y aunque se digan con tal intención- producen gran opresión y causan un profundo dolor.

Transitar por esta travesía, hacer el duelo, es un camino, se trata de un recorrido que hay que realizar, sabemos el punto de partida, el puerto del que salimos, pero desconocemos el alcance de las olas y el trazado de nuestra ruta. La travesía será particular para cada persona, dependerá del propio barco y de su estado actual, de las grietas anteriores que ya se produjeron durante la navegación, de los vientos y del oleaje que van apareciendo en el viaje, así como de la vivencia de otras pérdidas posibles que se añadan al camino.

Siempre se dice que “el tiempo lo cura todo”, pero es preciso aclarar que no es debido al paso del tiempo en sí mismo, tiene que ver con que el hecho de que transitar esta travesía supone un proceso, es todo un trabajo psíquico, y necesita un desarrollo para poderse llevar a cabo. Esa experiencia nos habrá marcado.

Es difícil dar consejos a un navegante, pero sí podríamos decir que la persona en duelo necesita respeto, acompañamiento, escucha, permitirle hablar, llorar o expresar sus emociones, si lo necesita.

Se piensa que es preferible no hablar de la persona fallecida o de lo ocurrido, incluso evitar conectarse con la tristeza o con los sentimientos se interpreta con frecuencia como signo de fortaleza. Sin embargo, con frecuencia puede tratarse justamente de lo contrario: actitudes y reacciones como no expresar emociones de tristeza o abatimiento, eludir conversaciones relacionadas con lo vivido, alejarse de los sentimientos, recuperar inmediatamente la actividad laboral y social rellenando el tiempo sin cesar, pueden estar poniendo de manifiesto la dificultad de conectarse con esa vivencia de pérdida, con lo cual se dificulta su elaboración psíquica.

Todo ello puede estar en el origen de síntomas o dificultades posteriores, tal y como ocurre con numerosos cuadros depresivos que emergen tiempo después.

En un proceso de duelo es fundamental permitirse sentir lo que se siente e ir avanzando por un camino que es único, singular, respetando siempre el ritmo de la persona y su particularidad.

Los primeros años de la vida del niño, en el plano psíquico, son de gran importancia. No son un proceso de desarrollo natural, lineal, sin baches ni obstáculos.

Aunque no hayan existido situaciones traumáticas, aunque no se trate de una familia desestructurada, problemática o marginal, aún cuando se trate de «un niño deseado», «muy querido», etc., incluso así el niño puede tener sus dificultades y sufrimientos.

Las relaciones establecidas con las figuras primordiales (madre, padre o sustitutos) son estructurantes y van a ejercer influencia en las posteriores relaciones (de pareja, con iguales, etc.). Cuando decimos «madre», «padre», nos referimos a la figura materna y paterna, generalmente coincidentes con los padres biológicos (aunque podría no ser así, por ejemplo, en casos de adopción, horfandad o situaciones familiares particulares). Se trata de funciones que, junto con el niño, conforman la estructura necesaria para la constitución psíquica de éste.

Los padres son los responsables del cuidado, alimentación, higiene del niño, así como de su desarrollo físico y emocional. Dicha responsabilidad, así como el nivel de dedicación y cuidados necesarios, va variando a lo largo del desarrollo infantil. Esta partitura, inicialmente común para todos, en tanto está en juego la subsistencia de todo niño debido al estado de inmadurez con el que el ser humano viene al mundo, presenta multitud de melodías diferentes, tantas como personas.

El niño al nacer viene a ocupar un lugar en el deseo de los padres: este lugar está constituido por sus palabras, sus fantasías con respecto a ese hijo, por sus proyectos, expectativas, anhelos, miedos y temores, los cuales además no pertenecen en su totalidad al dominio consciente de la persona. Los deseos de los padres preexisten al niño. Desde estos momentos, anteriores incluso a la misma concepción, los padres están proporcionando al bebé un lugar en el mundo y, posteriormente, tras el nacimiento, éste será un lugar que le permitirá su existencia como sujeto, es decir, su existencia psíquica. El niño ocupa así un lugar en las palabras de sus padres, un lugar simbólico, el cual por supuesto no es ajeno a la historia familiar de los padres y se remonta a su vez a anteriores generaciones. Así el bebé humano es introducido en el lenguaje, en ese entramado de palabras, de relaciones, de afectos de distinto signo, de identificaciones, base de su constitución psíquica.

Es fundamental la prematuración con la que el bebé llega al mundo. Necesita los cuidados y atención durante varios años para poder subsistir. Crecer y existir como persona, como sujeto psíquico no es exclusivamente una cuestión de maduración y evolución biológica. Es interesante la investigación del psicoanalista austríaco Spitz que en 1945 describió el «Síndrome de Hospitalismo». Observó que en instituciones hospitalarias, en las que los niños eran atendidos en todo lo referente a alimentación, cuidados médicos, etc., pero de forma anónima, desarrollaban síntomas importantes, tales como retraso psico-motor, problemas de sueño, pérdida de expresión, mutismo, insomnio, etc., pudiendo llegar incluso a la muerte.

En resumen, existimos como efecto de un deseo de Otro, es Otro que nos da un lugar en el mundo, un lugar para existir como sujeto, que proporciona palabras, afecto, emociones … No se trata simplemente de un desarrollo físico, natural y evolutivo.

Tras el nacimiento, los padres cuidan de su hijo, le procuran cuidados con respecto a la nutrición, a la higiene, a la salud, y cariño, afectos, palabras, introduciéndole en el mundo del lenguaje, de forma que desde los primeros instantes, todos los cuidados, sensaciones físicas, procesos orgánicos, aprendizajes, desarrollo intelectual, etc. están presididos por esa relación. Lo orgánico y lo psíquico se entretejen en un mismo tejido. Es algo trascendentel para entender la complejidad del desarrollo infantil.

Las palabras de los padres, sus expectativas y sus deseos con respecto a ese niño están incluso antes de que sea concebido. Deseos conscientes e inconscientes. Es algo fundamental porque tiene que ver, como decíamos, con la posibilidad de existir como sujeto, y claro, tiene que ver con nuestra historia particular. Por ejemplo: un niño puede haber sido «un bebé muy deseado», en palabras de sus padres (deseo consciente), pero puede haber venido a ocupar el lugar de un hermanito muerto (con todos los efectos psicológicos que ello puede conllevar), o siendo un niño venir a ocupar el deseo de tener una niña. Todas estas cuestiones, de distinto tipo (en buena parte inconscientes), están presentes en la historia de cada uno, y tienen efectos en la subjetividad y el desarrollo infantil.

El proceso de hacerse sujeto psíquico siempre es complejo, y tiene baches y contradicciones. Los síntomas o problemas de un niño, en cierto grado, forman parte de cualquier estructuración psíquica.

No es raro que aparezcan problemas con la alimentación, el control de esfínteres, miedos y fobias, pesadillas, problemas escolares, etc. Hay que prestar atención si se trata de problemas intensos o si perduran en el tiempo.

Algo que vengo constatando en mi práctica en los últimos años es el progresivo aumento de un tipo de consulta realizada por padres de niños pequeños, de entre dos y seis años, que demandan ayuda formulada en los siguientes términos: «no podemos con nuestro hijo (hijo/a)».

¿Cómo es posible que unos padres (adultos) «no puedan» con un niño de tan corta edad? Y si «no pueden» con dos, tres, cinco años ¿qué ocurrirá cuando tenga, por ejemplo, catorce o quince? Y esta expresión «no podemos» no es ninguna metáfora, expresa la realidad que viven. Suelen acudir muy desconcertados, desbordados y angustiados por una situación que les cuesta reconocer, que no acaban de explicarse y que, en cualquier caso, no saben cómo solucionar.

El cuadro suele tener componentes muy similares: el pequeño no hace caso de lo que le dicen, es caprichoso, quiere salirse con la suya, suele ser desafiante, no admite un «no», no acepta las normas ni la autoridad de los progenitores, no tolera las frustraciones. Su reacción en forma de rabietas, pataletas, gritos, llegando en ocasiones a empujar, morder o pegar a los padres, acaba condicionando cada vez más las actitudes de éstos, quienes en un intento de evitar tensiones y conflictos acaban poco a poco sometiéndose a la «tiranía» infantil. Es el pequeño quien acaba determinando las reglas del juego dentro del hogar. La situación altera completamente la convivencia familiar y social, y la familia termina evitando situaciones tan cotidianas como reunirse con amigos, acudir a un restaurante o incluso salir a comprar, para eludir situaciones problemáticas en público.

Los adultos suelen pensar que el niño «tiene mucho carácter», que «necesita autoafirmarse», o que «esa es su personalidad» (causas genéticas), en ocasiones creen que su hijo es «hiperactivo», pues con frecuencia los comportamientos y actitudes mencionados van acompañados de gran inquietud y actividad motora, así como de fracaso escolar, en ocasiones incluso aparece el diagnóstico -tan sobreutilizado hoy en día y un auténtico cajón de sastre- de «Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad».

Si bien estas posibles razones son un intento de explicación, entorpecen al mismo tiempo la posibilidad de reflexionar sobre las causas que han conducido a tal punto. Como suele suceder, este estado de cosas no se origina de repente, más bien suele tener una historia.

Es recomendable prestar atención a estas actitudes tempranas en los niños y no hay que considerarlas irreversibles a pesar de que se trate de una dinámica familiar ya instalada. Es posible, y además necesario, trabajar en ella, para evitar, entre otras cosas, que se convierta en una problemática de mayores implicaciones en el futuro.

Los padres, debido a su desconcierto, suelen reclamar pautas de actuación, y aunque podrían darse un conjunto de indicaciones a seguir, tales como la importancia de la relación entre la pareja, de que existan límites claros, de que actúen con serenidad, de que no centren su atención en la pataleta, etcétera, hemos de evitar caer en consejos simplistas, ya que generalmente ellos no podrán aplicar tales indicaciones o consejos si antes no han podido conectarse con las propias dificultades al respecto. No se trata de una falta de información sobre cómo actuar o comportarse como padres.

Es fundamental poder trabajar con ellos sus vivencias, actitudes y reacciones, las cuales han sido caldo de cultivo de la problemática de la que hablamos. Para citar algunas de ellas podemos referirnos al exceso de permisividad, a la dificultad de decir «no» y de poner límites, a la dificultad para tolerar cualquier contrariedad o sufrimiento en su hijo, a la falta de entendimiento entre madre y padre y de respeto al lugar del otro (a veces desautorizaciones mutuas), a la confusión entre «dar amor» y «dar todo» al niño, procurándole todo lo que pide y cediendo a todas sus demandas, a la dificultad de tolerar tensiones y conflictos (inherentes a la situación de decir «no» y de poner límites), por citar algunos ejemplos.

Para resumir, está en juego la subjetividad de los padres y por tanto, el trabajo con ellos es esencial (no sólo con el pequeño). Esto nada tiene que ver con culpabilizarles de lo que ocurre, se trata de abordar las propias dificultades que suelen estar en el origen de esta situación, para así poder transformarla, si no los problemas se acrecentarán.

Aunque poco a poco va existiendo una mayor sensibilidad social hacia la problemática de la violencia física dentro de la relación de pareja, quiero llamar la atención hoy sobre otra cuestión como es el maltrato psicológico, esa otra violencia, con tanta frecuencia inadvertida.

Hablamos de un tipo de maltrato que no sólo puede pasar desapercibido para familiares y allegados, sino en numerosas ocasiones también para la persona que está inmersa en él, un tipo de maltrato que si bien no acaba con la vida de la víctima -lo cual puede llegar a ocurrir con la violencia física- sí puede destruir personalmente a quien lo padece. Si bien existen diversos grados de maltrato psicológico, al igual que ocurre con el físico, la dinámica que subyace es similar.

Es preciso aclarar, antes de continuar, que aunque las cifras hablan por sí solas, no sólo existe violencia y maltrato del hombre hacia la mujer, hay hombres maltratados por sus parejas, e igualmente existe maltrato tanto físico como psicológico entre parejas homosexuales de ambos sexos.

Existen muchos tópicos con respecto al maltrato que constituyen grandes obstáculos para entender y abordar este problema. Por ejemplo, se suele explicar en base a la falta de medios económicos el que una mujer conviva durante años con su maltratador, argumento que va unido con frecuencia al de la falta de estudios o de formación.

Sin embargo, en el trabajo clínico con personas que viven o han vivido maltrato psicológico (o físico) -mujeres en su mayoría, pero también algunos hombres- nos encontramos realidades muy diferentes, lo cual plantea diversos interrogantes. ¿Cómo explicarse que personas inteligentes, con estudios universitarios a veces, en ocasiones con logros profesionales importantes, con amistades, atractivas, y con reseñables capacidades y cualidades, puedan quedar «atrapadas» y «aceptar» una relación de maltrato?, una relación en la que puede haber diversos ingredientes en mayor o menor medida, tales como descalificaciones, desvalorizaciones, críticas, humillaciones, aislamiento emocional, insultos, gritos, etcétera. Hay que considerar varios elementos que iremos desarrollando a continuación.

Por un lado, se trata de un tipo de relación que no suele aparecer desde el inicio y que suele irse instalando en un proceso lento y paulatino. La mayor parte de personas maltratadas psicológicamente relatan una situación inicial de relación de pareja muy diferente del maltrato, incluso más bien la contraria, su pareja era una persona atenta, cariñosa, dialogante, receptiva a sus ideas, volcada en la relación, generosa, etcétera. Para resumir, alguien encantador/a, de quien era difícil no enamorarse. También la mayor parte relatan cómo en un momento -sin comprender muy bien por qué- empezaron a surgir pequeños detalles, muy sutiles y puntuales, de cuestionamiento o crítica hacia su persona por parte de su pareja: sobre su aspecto físico, su manera de vestir, hacia las personas con las que se relacionaba (amistades o familia), sobre algún rasgo de carácter, algún gusto, sobre cierta actitud o reacción. Cuentan también cómo al tratarse de situaciones aisladas, esporádicas y aparentemente sin trascendencia, habían ido evitando esos puntos de conflicto, dejando de ponerse tal ropa, de manifestar determinada idea o gusto, de hacer tal cosa, de relacionarse con tal persona, en un intento de evitar las tensiones y los problemas  y, por supuesto, el malestar a su pareja, tratando de recuperar la situación de armonía vivida anteriormente. Comenzaba a instalarse la dinámica de relación de maltrato en un proceso progresivo e imparable, en el cual las críticas y enfados iban en aumento.

Todas coinciden en la gran confusión vivida durante este proceso, pues no comprendían cómo esa persona tan maravillosa durante meses, estuviera actuando así, lo cual conducía a cuestionarse qué estarían haciendo mal, todo ello aderezado de los reproches y culpabilización que su pareja les hacía llegar. De esta forma, poco a poco, habían ido cediendo su terreno personal, quedando más y más a merced de su pareja, cuyo poder y capacidad de destrucción había ido en aumento. Es como si se hubiera ido tejiendo una especie de tela de araña que  dificultaba ver la situación con cierta perspectiva, impidiendo poder interrogarse sobre la relación y salir de ella.

No es necesario insistir en que las relaciones humanas implican diferencias, tensiones y conflictos, y por consiguiente las de pareja también. Una buena relación de pareja no es aquella en la que no aparecen diferencias o tensiones, sino aquella en la que tales diferencias pueden tener cabida y se pueden afrontar y elaborar, junto con las situaciones y sentimientos de frustración y conflicto; es aquella en la que hay intercambio y cooperación, en la que la base es la igualdad entre las dos personas y no el poder o el dominio de uno sobre otro, es decir, es la que permite el desarrollo y bienestar de ambos miembros de la pareja.

Por otro lado, no hay que confundir tolerancia, flexibilidad, carácter dialogante o empatía- aspectos positivos y esenciales en las relaciones humanas y por supuesto de pareja- con este tipo de relación perversa de la que hablamos, en la que un sujeto se sostiene a costa de la «aniquilación» (en distinto grado) del otro.

Si bien el recorrido de la lenta instalación de la relación de maltrato, expuesto anteriormente, no está exento de malestar y dificultades para cualquier persona que pudiera vivirlo -ya que no es fácil ir conociendo aspectos tan cuestionables de alguien con quien se ha iniciado una relación-, es cierto, por otro lado, que no todas las personas quedarían atrapadas. Seguramente muchas de ellas serían capaces de detectar esas «reglas del juego» que el maltratador intenta instaurar en la relación, enfrentándose a él, surgiendo el conflicto y con certeza la ruptura. Para otras personas, sin embargo, esto no llega a ser posible, y se trata de una situación sumamente difícil pues, como decíamos, no pueden percibir que la tela de araña se va construyendo a su alrededor e incluso llegan a responsabilizarse de que surjan los conflictos. ¿Por qué esa dificultad?, ¿por qué la persona no puede darse cuenta de lo que ocurre y en ocasiones, aunque lo vea, no puede salir?

Entre las víctimas de maltrato psicológico abundan las personas que necesitan recibir aprobación de los demás, con gran necesidad de agradar y ser queridas, dependientes emocionalmente, con tendencia a la idealización de la pareja y a desvalorizarse a sí mismas, que muchas veces han vivido en su familia relaciones muy autoritarias, de dominio y control por parte de sus progenitores, que se han sentido poco queridos o escasamente valoradas y reconocidas, entre otras cosas.

En una relación sentimental, en la formación de una pareja, intervienen aspectos conscientes -existe un punto de elección-, pero también inconscientes, la subjetividad de la persona está implicada y se pone a prueba, los propios conflictos inconscientes están en juego y se plasman en dicha «elección». Las vivencias de la infancia, el tipo de vínculo con los propios padres, la relación que estos han mantenido, así como otras cuestiones relacionadas con la propia historia personal, dejan su huella en cómo una persona se coloca en la relación con los demás, y por tanto en el tipo de relación de pareja que podrá establecer posteriormente. Acercarse a estas cuestiones, reconocerlas, comprender su alcance, para poder llegar a cambiar de posición, suele requerir ayuda psicoanalítica que posibilite un espacio en el que todo ello pueda surgir y elaborarse.

Para terminar no quiero dejar de insistir en la complejidad de la problemática de la que hablamos, ya que como vemos no son aspectos racionales, ni por supuesto económicos, los únicos en juego. Es fundamental, además, superar el planteamiento del maltrato en términos de «maltratador-víctima», el cual puede llevar a consolidar la misma situación, pues tal planteamiento no introduce en la reflexión cuál es la «implicación» de la víctima en la situación de maltrato, «implicación» que, lejos de significar que la persona quiera sufrir o disfrute pasándolo mal, tiene que ver con esos aspectos personales e inconscientes mencionados, sobre los cuales sí se podría llegar a actuar si se descubren y abordan, y los cuales están haciendo posible que la persona entre en la situación de maltrato, sin poder reconocerla y/o reaccionar contra ella.

 

Muchas personas se sorprenden ante el hecho de que algo que ha podido ser especialmente deseado, como tener un hijo, y que constituye una de las experiencias más gratificantes de la vida, esté siendo origen de una crisis personal y/o de crisis en la pareja, y en casos extremos, incluso el germen de una posterior separación.

La Maternidad y la Paternidad conllevan un conjunto de interrogantes, dificultades, preocupaciones y problemas relacionados con distintos aspectos.

Por un lado, las fantasías que madres y padres tienen previamente, o se hacen durante el embarazo sobre la experiencia de ser padres, idílicas con frecuencia, empiezan a desmoronarse ya desde los primeros momentos tras el nacimiento, y lo imaginado o idealizado puede ser muy distinto de la realidad. Por ejemplo, es difícil pensar -si no se ha vivido- que tener un bebé pueda implicar no tener tiempo ni para darse una ducha, o que dar el pecho cada tres horas suponga, en la práctica, un no parar de amamantar, ayudar al bebé a expulsar el aire que traga al succionar, cambiar el pañal, dormirle, y vuelta a empezar, así durante todo el día. Son sólo dos ejemplos muy concretos y cotidianos de los importantes cambios que ya desde el principio hay que afrontar.

La llegada del bebé conlleva también numerosos cambios en la vida doméstica sin que, por otro lado, disminuyan las exigencias del día a día, muy abundantes por cierto, tales como obligaciones familiares (otros hijos, o padres mayores, por ejemplo), cargas económicas, obligaciones laborales, etcétera. Puede ser por momentos algo agotador y desbordante. Los utópicos planteamientos de conciliación de la vida laboral y familiar, no dejan de ser al menos en nuestro país, formulaciones modélicas aunque muy alejadas de la realidad.

En muchos lugares, como Ibiza, debido a la movilidad por cuestiones laborales, un elevado número de parejas abordan la maternidad y la paternidad sin contar con el soporte de las respectivas familias (que no residen en la isla), lo cual incide en un mayor sentimiento de falta de apoyo, inseguridad y desbordamiento, ahondando los problemas.

Por otra parte, el desconocimiento y la falta de experiencia sobre el cuidado, crianza y desarrollo del bebé suscita muchas dudas y temores. Situaciones sencillas y habituales pueden ocasionar mucha angustia en los padres primerizos. En ocasiones la necesidad de encontrar respuestas y certezas sobre qué hacer, cómo actuar, qué será mejor, etcétera, y la dificultad de convivir con esas incertidumbres acaba llevando a algunas personas a seguir «al pie de la letra» consejos o pautas de otros (de familiares, amigos, profesionales, libros o revistas), asumiendo posturas rígidas, alejadas de la comprensión de la situación particular de su bebé y de la suya propia. Todo ello es, sin embargo, de gran importancia, ya que además de obstaculizar la elaboración personal de las situaciones y poder ir realizando la experiencia propia, puede afectar a la relación con el bebé en esa etapa trascendental de la vida, así como a la misma pareja.

Hay que tener en cuenta, asimismo, que cuando la vida de dos personas, que en ocasiones llevan conviviendo durante años, consistía en trabajar, disponer de tiempo para pasear, ir al gimnasio o al cine, salir por la noche, realizar determinadas actividades, levantarse tarde el fin de semana, etcétera, la llegada de un bebé supone un auténtico terremoto que hace tambalear los fundamentos de la relación y de la situación personal y familiar.

Al mismo tiempo, por si todo ésto fuera poco, ser madre o padre nos enfrenta con nuestra propia niñez, nos conecta con las vivencias que tuvimos como hijos, con las actitudes  de nuestros padres, con las experiencias vividas, con todos esos aspectos que por más que se pongan de manifiesto en nuestras actitudes, sentimientos o reacciones, pueden sernos al mismo tiempo muy desconocidos. Está en juego nuestra subjetividad y ese cambio que consiste en asumir la nueva posición, la cual ya no será más la de ser sólo hijo de nuestros padres, sino ser madre o padre de nuestro hijo. Es un cambio estructural que pone a prueba nuestros cimientos personales.

Tal como hemos ido viendo, son diversos los aspectos que están implicados en este nuevo transitar que supone la llegada de un bebé, y todos ellos pueden provocar dificultades, problemas y crisis. No hay que vivirlo, sin embargo con culpabilidad o como algo negativo y sin salida, pues -tal como los matices de la palabra «crisis» nos indican- aunque una crisis es una situación momentáneamente mala o difícil en una persona, también es el momento en que se produce un cambio muy marcado. Los momentos de transformación no suelen transcurrir sin dificultades y, en ocasiones, sin crisis. Lo importante es cómo se puedan ir recorriendo y abordando dichas dificultades, para lo cual es primordial reconocerlas, comprender que lo extraño sería que no surgieran -teniendo en cuenta de qué se trata-, abordarlas entre la pareja, y en cualquier caso, si son intensas y afectan a su relación y a la relación con el bebé, no descartar buscar ayuda y tener un espacio de escucha y orientación que permita ir hablando y entendiendo lo que estamos viviendo y proporcione un soporte en este trascendental, determinante y emocionante proceso.

No dejan de publicarse cifras que reflejan el abuso de este tipo de medicación que existe en nuestro país. Antes de la Covid 19 España figuraba como el segundo país de Europa con un mayor consumo de ansiolíticos, por ejemplo, superando en el consumo de psicofármacos en general a la media europea y doblando a países como Holanda o Alemania.

Antes de la pandemia, un 11% de la población española consumía tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir, y casi el 6% tomaba antidepresivos y estimulantes. Actualmente, se ha registrado un incremento del 20% en el consumo de psicofármacos.

No porque esta situación sea una realidad bastante instalada desde hace años debería dejar de hacernos reflexionar sobre lo que está sucediendo y sus consecuencias.

A lo largo de la vida de toda persona existen momentos de cambio, situaciones de crisis, experiencias y vivencias que pueden conllevar dificultades, dudas, angustia, dolor, malestar psíquico, así como la aparición de síntomas de distinta índole, tales como insomnio, ansiedad, de tipo depresivo, etc. Un problema familiar o laboral, la pérdida de un ser querido, una separación, contratiempos económicos, son algunas de ellas. Se trata de experiencias que forman parte de la vida de toda persona. Son situaciones por las que, en la mayor parte de los casos, la persona es capaz de transitar, dando significación personal a sus vivencias, madurando y desarrollándose, y que en algunos casos determinados pueden requerir, o verse beneficiadas, de una ayuda psicoterapéutica.

Sin embargo, estas “dificultades” leves están siendo abordadas, cada vez más,  como “trastorno” psicológico, y diagnosticadas en forma de “trastorno de ansiedad”, “depresión”, etc., y por consiguiente, medicalizadas, estableciendo así la siguiente equivalencia, tan instaurada en nuestra sociedad actualmente: “presencia de un síntoma = enfermedad o trastorno”, es decir, algo que requiere medicación (para regocijo de las compañías farmacéuticas).

Varias cuestiones confluyen en mi opinión en esta situación. Son insuficientes los recursos existentes en el sistema sanitario público en salud mental (en España hay una cuarta parte de los psicólogos y la mitad de psiquiatras en relación a la media europea). Al mismo tiempo, impera un planteamiento organicista de los procesos psicológicos y emocionales, lo cual genera a su vez muchas expectativas en las personas acerca de que cualquier malestar psíquico será localizado, diagnosticado, y será susceptible de “curarse” con una pastilla. Tales expectativas creadas vienen a unirse a las propias dificultades y limitaciones que tenemos los seres humanos, entre otras cosas, para comprender lo que nos pasa y abordar nuestro sufrimiento psíquico, no dejando de surgir ese anhelo de que exista una “varita mágica” (que en nuestros días parece tomar la forma de píldora), algo exterior a nosotros, que nos saque del malestar, sin esfuerzo, rápidamente, y sin tener que cuestionarnos nada de nuestra existencia.

Se crea así un círculo vicioso de importantes consecuencias. Se están medicalizando problemas leves, situaciones cotidianas, estados de ánimo relacionados con situaciones vitales y existenciales “normales”. Además, los psicofármacos -junto con los efectos secundarios que pueden producir y el riesgo de generar adicción a su consumo- están dirigidos a aplacar el síntoma pero no atienden a lo que lo origina. En este sentido producen en la persona un distanciamiento de su propia subjetividad (inquietudes, dudas, interrogantes, sentimientos, significaciones), es decir, de todos esos aspectos propios y particulares, relacionadas con tales dificultades, y que, aunque incómodos o dolorosos, contienen los hilos que permitirán deshacer el entramado del conflicto. Dicho distanciamiento, junto con la dependencia de la medicación, se convierte en muchos casos en una cronificación de los problemas durante años.

No se trata de cuestionar el uso de psicofármacos, que en un cierto número de pacientes suponen una ayuda necesaria e imprescindible, pero sí de cuestionar la banalización que actualmente se está haciendo de los mismos y su utilización excesiva e indiscriminada.