¿Cuáles son los problemas y síntomas más frecuentes en los niños?:

Los niños suelen hacer síntomas que están relacionados con funciones corporales o con aspectos que son importantes para los padres. Síntomas que, aunque transcurran en el plano físico, siempre van asociadas a la relación con aquellos (o personas que realizan dicha función materna/paterna) y al plano emocional.

Enuresis, miedos, fobias, problemas con la alimentación, con el sueño (pesadillas), nerviosismo e hiperactividad, problemas de comportamiento (rabietas, pataletas, irritabilidad, agresividad), problemas escolares (de aprendizaje, de rendimiento, de relación), cuadros depresivos, síntomas psicosomáticos (problemas digestivos, dolor de cabeza …), etc.

Suelen darse diferentes actitudes por parte de madres y padres a la hora de encontrarse con tales problemas. Por ejemplo:

  • Pensar: “ya se le pasará, es pequeño, mejorará cuando crezca …“
  • Considerar que su hijo/a “es así, es su carácter, ha nacido así”, o bien “yo también era así de pequeño/a …”
  • Tener sentimientos de culpabilidad, lo cual puede influir a la hora de demorar una consulta con un profesional.
  • Pensar que es preciso consultar ante la más mínima cuestión.

Los síntomas expresan un conflicto, por lo que lo importante no es la apariencia externa del síntoma, sino poder desvelar, “desanudar” ese conflicto. Un mismo síntoma no significa lo mismo en un niño que en otro, son muchos los elementos en juego. Por ejemplo:

  • Un niño con importantes problemas de aprendizaje y comportamiento, de cinco años: su padre se había marchado siendo bebé, y nadie le habló nunca del padre, ni siquiera de su existencia.
  • Otro de la misma edad, también con problemas de aprendizaje y comportamiento, relacionados con falta de límites por parte de los padres, excesivamente a disposición del pequeño.
  • Niña de seis años, con enuresis tras el nacimiento de un hermanito.
  • Otra niña con el mismo síntoma tras sufrir un abuso sexual.

Son ejemplos de problemas o síntomas aparentemente similares, pero muy diferentes en cuanto a su origen, alcance, y seguramente proceso de evolución. Por eso es imprescindible explorar la situación y atender a lo particular de cada caso.

Es difícil pensar que un hijo pueda sufrir sin sentir responsabilidad o culpabilidad como padres.

Siempre insistimos en la trascendencia de la época infantil, en tanto se constituye el psiquismo de la persona y ello lleva a plantear si son los padres los causantes o “culpables” de los problemas o síntomas de sus hijos. Sobre esta cuestión es fundamental realizar varias consideraciones:

Aunque no hayan existido situaciones traumáticas, pese a no pertenecer el niño a una familia desestructurada, problemática o marginal, aun cuando se trate de un “niño deseado”, incluso así el niño puede sufrir. Los síntomas o problemas se van construyendo y forman parte de cualquier estructuración psíquica. Crecer no es un proceso lineal, madurativo, con pasos que se van cumpliendo. Existen momentos de obstáculo y dificultad que podríamos decir se “disuelven” por sí solos. Es decir, los conflictos forman parte del psiquismo humano.

Cuando el niño nace viene a ocupar un lugar en el deseo inconsciente de los padres con respecto a ese hijo en particular, lo cual tiene a su vez que ver con la historia familiar de cada uno de ellos y con sus respectivas maneras de vivir la maternidad o paternidad. Pero la estructuración psíquica del niño sería imposible sin estos deseos que forman sus primeras marcas subjetivas, el primer marco que posibilitará un lugar simbólico en el mundo.

No se puede prescindir de esa “influencia” o de esa “causación” de las figuras materna y paterna que es estructurante, ni de esa herencia que se transmite en su mayor parte de manera inconsciente (y que con frecuencia hace confundir y pensar que son cuestiones de herencia genética).

Por otro lado, las actitudes y reacciones de los padres son enormemente importantes: que transmitan seguridad, estabilidad, capaces de escuchar y ponerse en el lugar de su hijo, que sepan dialogar y comunicarse, que puedan conjugar flexibilidad con límites claros y estables, coherentes en sus planteamientos y forma de vida, es decir, todo lo que tendría que ver con el cuidado y la educación de los hijos, son cuestiones fundamentales. Por otro lado, son aspectos en los que como padres se puede trabajar, interrogarse y “aprender”.

En este sentido, todo lo que comentamos (de los padres) tendrá que ver con los posibles problemas de ese hijo, pero también con sus aspectos positivos, sus elecciones vitales, sus ideales y con parte de sus éxitos.

Tampoco hay que olvidar la responsabilidad de cada uno de nosotros (todos hemos sido hijos) en relación con eso que “heredamos” de nuestros padres y de quienes nos preceden, qué haremos con ese legado, cómo lo utilizaremos y en qué lo transformaremos. Tenemos una responsabilidad que es nuestra, de construir nuestra vida, también de intentar asumir nuestras dificultades y afrontarlas.

En caso de un problema o síntoma de un niño, más que sentirse culpables, lo fundamental es poder “preguntarse”. En ocasiones hay que hacer un trabajo de desculpabilizar a los padres, porque dicha culpa les bloquea, por ejemplo, cuando un hijo presenta problemas tras una separación. Con frecuencia, en el trabajo clínico con niños, el hecho de que los padres empiecen a hacerse preguntas tiene efectos muy rápidos y positivos en el problema del niño, porque eso ya implica un cambio de posición en los padres con respecto al pequeño y a lo que ocurre, y tiene efectos en él.

¿Cuándo consultar?

  • No hay que consultar al primer signo de dificultad o de aparición de algún síntoma o problema, como decíamos anteriormente, el proceso de crecer y desarrollarse psicológicamente no es lineal ni sin conflictos.
  • Sí está indicado hacerlo cuando se observa que no se trata de algo pasajero sino que se instala y permanece.
  • También cuando por la intensidad del síntoma y la afectación del niño es importante explorar qué está pasando y, en su caso, poder proporcionar ayuda al pequeño.

Algo que vengo constatando en mi práctica en los últimos años es el progresivo aumento de un tipo de consulta realizada por padres de niños pequeños, de entre dos y seis años, que demandan ayuda formulada en los siguientes términos: «no podemos con nuestro hijo (hijo/a)».

¿Cómo es posible que unos padres (adultos) «no puedan» con un niño de tan corta edad? Y si «no pueden» con dos, tres, cinco años ¿qué ocurrirá cuando tenga, por ejemplo, catorce o quince? Y esta expresión «no podemos» no es ninguna metáfora, expresa la realidad que viven. Suelen acudir muy desconcertados, desbordados y angustiados por una situación que les cuesta reconocer, que no acaban de explicarse y que, en cualquier caso, no saben cómo solucionar.

El cuadro suele tener componentes muy similares: el pequeño no hace caso de lo que le dicen, es caprichoso, quiere salirse con la suya, suele ser desafiante, no admite un «no», no acepta las normas ni la autoridad de los progenitores, no tolera las frustraciones. Su reacción en forma de rabietas, pataletas, gritos, llegando en ocasiones a empujar, morder o pegar a los padres, acaba condicionando cada vez más las actitudes de éstos, quienes en un intento de evitar tensiones y conflictos acaban poco a poco sometiéndose a la «tiranía» infantil. Es el pequeño quien acaba determinando las reglas del juego dentro del hogar. La situación altera completamente la convivencia familiar y social, y la familia termina evitando situaciones tan cotidianas como reunirse con amigos, acudir a un restaurante o incluso salir a comprar, para eludir situaciones problemáticas en público.

Los adultos suelen pensar que el niño «tiene mucho carácter», que «necesita autoafirmarse», o que «esa es su personalidad» (causas genéticas), en ocasiones creen que su hijo es «hiperactivo», pues con frecuencia los comportamientos y actitudes mencionados van acompañados de gran inquietud y actividad motora, así como de fracaso escolar, en ocasiones incluso aparece el diagnóstico -tan sobreutilizado hoy en día y un auténtico cajón de sastre- de «Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad».

Si bien estas posibles razones son un intento de explicación, entorpecen al mismo tiempo la posibilidad de reflexionar sobre las causas que han conducido a tal punto. Como suele suceder, este estado de cosas no se origina de repente, más bien suele tener una historia.

Es recomendable prestar atención a estas actitudes tempranas en los niños y no hay que considerarlas irreversibles a pesar de que se trate de una dinámica familiar ya instalada. Es posible, y además necesario, trabajar en ella, para evitar, entre otras cosas, que se convierta en una problemática de mayores implicaciones en el futuro.

Los padres, debido a su desconcierto, suelen reclamar pautas de actuación, y aunque podrían darse un conjunto de indicaciones a seguir, tales como la importancia de la relación entre la pareja, de que existan límites claros, de que actúen con serenidad, de que no centren su atención en la pataleta, etcétera, hemos de evitar caer en consejos simplistas, ya que generalmente ellos no podrán aplicar tales indicaciones o consejos si antes no han podido conectarse con las propias dificultades al respecto. No se trata de una falta de información sobre cómo actuar o comportarse como padres.

Es fundamental poder trabajar con ellos sus vivencias, actitudes y reacciones, las cuales han sido caldo de cultivo de la problemática de la que hablamos. Para citar algunas de ellas podemos referirnos al exceso de permisividad, a la dificultad de decir «no» y de poner límites, a la dificultad para tolerar cualquier contrariedad o sufrimiento en su hijo, a la falta de entendimiento entre madre y padre y de respeto al lugar del otro (a veces desautorizaciones mutuas), a la confusión entre «dar amor» y «dar todo» al niño, procurándole todo lo que pide y cediendo a todas sus demandas, a la dificultad de tolerar tensiones y conflictos (inherentes a la situación de decir «no» y de poner límites), por citar algunos ejemplos.

Para resumir, está en juego la subjetividad de los padres y por tanto, el trabajo con ellos es esencial (no sólo con el pequeño). Esto nada tiene que ver con culpabilizarles de lo que ocurre, se trata de abordar las propias dificultades que suelen estar en el origen de esta situación, para así poder transformarla, si no los problemas se acrecentarán.