La muerte de un alumno.

 

 El fallecimiento de un alumno es un suceso muy impactante y dificultoso.

¿Cómo abordar esta situación con los compañeros y el resto de alumnos?

Hoy quiero referirme a ciertos aspectos a contemplar en ese difícil momento, tanto con los alumnos como con los profesores.

Es fundamental que la noticia sea comunicada por alguien ya conocido para los niños y no una persona exterior al centro educativo (aunque fuera psicólogo/a), considerando que lo fundamental en estos momentos es que no sólo sean informados de lo sucedido, sino que puedan hablar de ello, expresar sus sentimientos, es decir, llorar, estar tristes, sentir rabia, ira, etc. Y todo ello será más posible en un entorno conocido y acogedor.

Hay que tener en cuenta que:

  • No hay ninguna forma de hacer un duelo más que atravesarlo, es un proceso, un recorrido.
  • Una pérdida tan importante como es un compañero, un alumno, y por supuesto, un hijo, es algo inmensamente traumático, y poder ir elaborándolo, asumiendo, implica dicho proceso de duelo. Estar en duelo es doloroso y difícil, y es un arduo trabajo psíquico. El Duelo es un proceso de “sentir dolor”, es un camino que hay que ir transitando y atravesando.
  • Como padres, profesores o adultos siempre nos gustaría ahorrar sufrimiento a nuestros hijos, alumnos, o a los niños en general. Pero eso no es posible, las pérdidas forman parte de la vida desde que nacemos: perder el seno materno, dejar de ser hijo único, perder una mascota, perder un abuelito, etc. Todas estas vivencias de la vida, con distinto alcance, son experiencias de pérdida e implican su proceso de duelo.
  • Lo traumático de tales experiencias no sólo tiene que ver con la experiencia real en sí misma, que puede ser arrolladora, profundamente triste, dura, difícil; tiene que ver con dejar al niño sin herramientas o elementos de simbolización de esa situación, como puede ocurrir, por ejemplo, si no se le aclara qué ha pasado, si no se habla, si se instala el silencio o el tabú.
  • Según cómo se aborde por parte de los adultos, aunque sea con la mejor intención de ahorrar sufrimiento, el niño puede quedar sin herramientas justamente para abordar o elaborar dicha pérdida, conformando una especie de “agujero” que no permite que esa herida emocional cicatrice. Por ejemplo, peor y más traumático que decirle a un niño que su padre le abandonó cuando era pequeño -lo cual será tremendamente penoso para un niño- es no decirle nada, dejarle en ese silencio y vacío. Es igual con todo tipo de pérdidas, y se cometen muchos errores, intentando ahorrar a los niños la tristeza o el sufrimiento y no hablando de lo ocurrido. Se les dificulta justamente el proceso de duelo.
  • Si una herida duele, todos aceptamos que hay que desinfectarla, que molesta o incluso duele al hacerlo, que llevará su tiempo de curación. No se nos ocurriría poner una venda sin desinfectar y sin realizar las curas necesarias; no pensaríamos solamente en tomar analgésicos para el dolor, o mirar para otro lado para no verla.
  • Lo que no se hace con una herida física se hace con frecuencia con esas otras “heridas”, las del alma, con las experiencias difíciles (pero importantes) de la vida que causan sentimientos o emociones intensos. Esas experiencias, que producen “heridas del alma” (muerte u otro tipo de pérdidas), también llevan su proceso de “cicatrización”, para lo cual tenemos también ciertos recursos: ese trabajo/proceso psíquico que es el duelo.
  • Hay actitudes que son muy frecuentes y dificultan tremendamente el proceso de duelo del niño, con todo lo que ello supone para el futuro. Ya nos hemos referido en algún otro artículo a algunas de ellas, por ejemplo:
    • Ocultar la pérdida (Por ej. no decir que el abuelo murió, se dice que fue de viaje y ya está, no se habla).
    • Decir mentiras insostenibles sobre lo ocurrido, ej. “está de viaje”.
    • Excluir a los niños de los momentos importantes (hospital, entierro, etc.) Una cosa es evitarles ciertas situaciones impactantes, según la edad, otras apartarles de todo.
    • No tolerar que el niño esté triste, abatido, llore, etc., insistiendo en “tienes que ser fuerte, los chicos no lloran”, etc.
    • Instalar un manto de silencio sobre todo lo que tiene que ver con la pérdida (tabú).
    • No dejar que el niño tenga sus experiencias de pérdida, por ej. pierde una mascota y se compra otra inmediatamente.
    • Evitar que el niño experimente situaciones cotidianas de tristeza, pérdida, falta, etc.

Dicho todo esto, ¿qué se puede hacer como maestros, como profesores, como Colegio, para facilitar el proceso de duelo de los alumnos y de los mismos profesores?:

  • Informar de lo ocurrido.
  • Promover que puedan hablar de ello y expresar lo que sienten: tristeza, rabia, incredulidad, desesperación, etc. Cada niño tendrá sus momentos y lo hará a su forma. Dar espacios tranquilos y con tiempo para hablar de ello, dibujar, escribir sobre lo que piensan o sienten, es decir, todo lo que constituyen formas de elaboración y simbolización de esas intensas emociones. El shock puede ser tan grande que algunos niños tiendan a no querer oír, ni hablar de lo sucedido, lo cual es más preocupante y suele ser indicativo de un proceso de duelo complicado y dificultoso. Es importante insistir en que hablen, expresen, de la forma que sea, al contrario de lo que con tanta frecuencia se plantea como “pasar página”, u olvidar rápidamente lo ocurrido, pues en este caso hay una dificultad de elaboración de la pérdida, con importantes y negativas consecuencias.
  • Es fundamental insistirles en que llorar, estar triste, etc. no tiene nada que ver con ser débil, frágil, o poco valiente. Más bien al contrario, eso es lo lógico, lo normal y lo saludable. Si no sintieran tristeza y dolor querría decir que su compañero/alumno no les importaba. Hay que hacer hincapié en que respeten los sentimientos de cada uno; los niños suelen tener mucho temor al juicio de los demás, a ser desvalorizados, han de comprender que en esta situación lo valioso y lo positivo es, dicho así, poder estar triste y expresarlo. (Insisto mucho porque esto es fundamental), y han de respetar el distinto ritmo y momentos de sus compañeros. Cada uno lleva su propia evolución.
  • Tienen que saber que el duelo es un proceso, y no es algo de un día, una semana o un mes. Es normal que pasen por distintos momentos y estados de ánimo, que van y vuelven, todo ello es esperable, “natural”, podríamos decir, no es que estén “deprimidos”, están haciendo el duelo por la pérdida de su compañero.

 

 

 

El Suicidio

 

Según datos del INE (2020) el Suicidio es la principal causa de muerte no natural con un gran aumento en los últimos años. Si en 2016 el número de personas fallecidas por esta causa era 3.569, en 2020 fue 3.941. Después estarían las caídas accidentales y los accidentes de tráfico.

El suicidio es la principal causa de muerte entre jóvenes europeos de entre 15 y 29 años. Y las cifras van en aumento.

La OMS habla del Suicidio como un “grave problema de salud pública”.

Se trata de un tema tabú, no sólo dentro de las familias. Hasta ahora, en los medios de comunicación, ha predominado la idea de no hablar de ello para evitar el supuesto “efecto llamada”, lo cual es un error.

Generalmente este tema suele plantearse en términos de “conducta suicida”, “tendencias suicidas”, “prevención de la conducta suicida”. Esto lleva a pensar que hablamos de una cuestión de “conducta”. Se trataría de detectar a las personas con estas tendencias y así se podrían evitar las elevadas cifras. Sin embargo, aunque predomine esta pretensión de encontrar respuestas rápidas a todo, protocolos aplicables, datos estadísticos, etc., la realidad es más compleja, y se pierden de vista aspectos fundamentales.

El suicidio es un acto extremo, desesperado; es el punto final de un proceso que tiene que ver con la subjetividad de la persona; aunque implique un “pasaje al acto”, está en juego la historia personal y el contexto social. Es una acción que sigue a una crisis e implica al sujeto en su totalidad.

Además, hay que decir, el suicidio es una cuestión de sufrimiento. Siempre hay una ambivalencia mayor o menor (querer acabar y también querer seguir viviendo).

Cada suicidio, como cada persona, es particular, tiene su historia. Hay etapas complicadas: la adolescencia, (implica muchos duelos), la jubilación (pérdida de proyectos de vida, de seres queridos de la propia generación, de salud, etc.).

A veces aparecen determinados signos, tales como depresión, gran malestar con uno mismo, culpabilidad, sufrimiento emocional, etcétera; aunque no siempre es así.

El suicidio suele contener una dimensión simbólica dirigida a otro, un mensaje (no necesariamente consciente). Algo que no ha podido decirse de otra manera (culpa, acusación, etc.).

Hay que decir que todos somos suicidas en potencia. No es algo exclusivo de determinadas enfermedades mentales. No importa lo fuerte que sea una persona, la persona más resistente y valiente podría verse sobrepasada por los traumas o situaciones con los que tiene que tratar.

 

¿Por qué puede llegarse al suicidio?

 Ya hemos hablado en otros momentos de la importancia de las vivencias de “pérdida”. Es un tema central con relación al Suicidio. En la vida tenemos que enfrentarnos a pequeñas o grandes pérdidas. Todo ello hay que procesarlo y elaborarlo, y por distintos motivos, no siempre se puede.

Las pérdidas implican un –duelo-, es decir, sufrimiento y un proceso de elaboración.

A veces se confunde “superar” una pérdida con “negar”. (Ej. personas que tras la pérdida no manifiestan sentimientos, “pasan página”. No es un buen pronóstico, ya lo hemos comentado).

Vivimos en una sociedad muy negadora de la enfermedad y de la muerte. Predominan valores relacionados con tapar la falta, la pérdida, la muerte, dándose valor a la riqueza, al poder, a las satisfacciones rápidas, etc.

Podríamos decir que lo que se llama “depresión” es frecuentemente una respuesta a una pérdida que no se ha podido elaborar.

En determinadas circunstancias, la persona puede sentirse dentro de un túnel en el que no ve ninguna luz. El suicidio aparecería entonces como la única “salida” posible.

En todo este proceso estarían en juego los “cimientos” personales, y el sostén que proporciona la familia y el tejido social. Es cierto que nuestra sociedad no presta mucho soporte y también hay familias que dan escasa comprensión y sostén afectivo ante los fracasos o problemas de sus miembros.

Otros factores pueden incidir también. No es lo mismo tener una pérdida importante en un  lapso de tiempo que perder a varios seres queridos en ese mismo tiempo, o que a ello se venga a unir un divorcio o un problema de acoso laboral. No quiero decir que el problema del suicidio se deba necesariamente a tal dramática confluencia, pero es un ejemplo que puede servirnos para pensar.

 

¿Cuáles pueden ser las causas entonces de que una persona llegue a un acto tan extremo como el suicidio?

 Hay una multiplicidad de factores que pueden incidir y confluir en el suicidio:

  • Personales
  • Familiares: problemas afectivos y familiares, falta de comunicación, dificultades económicas, enfermedades, etc.
  • Sociales: integración social, políticas de sostén y prevención.
  • Laborales: en algunas profesiones la cifra de suicidios es mucho más elevada que en la población en general (por ej. en la policía y cuerpos de seguridad)

 

Me gustaría servirme para reflexionar sobre el tema de hoy de una metáfora que por su carácter gráfico puede ayudar a pensar:

Consideremos que cada uno de nosotros es una red. Esta red tiene sus hilos que la forman, construidos con lo que nos han transmitido nuestros padres (o figuras materna/paterna) y con las vivencias infantiles (*). A lo largo de los años vamos teniendo otras vivencias y experiencias, las cuales pueden ejercitar y fortalecer esta red, pero también sobrecargarla y debilitarla. Además, no hay redes perfectas, siempre hay algún punto frágil o algún agujero surgido en su misma constitución. Siendo fundamentales los hilos iniciales de esa red, tejidos en la infancia, también lo son el conjunto de experiencias, vivencias y circunstancias que van debilitando esa red o sobrecargándola con su “peso”. Debido a una excesiva “sobrecarga” y/o “fragilidad”, el sujeto no podría sostenerse, la red se rompería por completo y aparecería el suicidio. Tanto los problemas personales y familiares, como los relacionados con el entorno laboral y social, pueden afectar a dicha red (debilitándola, o también fortaleciéndola). Y es fundamental el apoyo, soporte, ayuda, etc. existente a nivel familiar, social, laboral.

 

*(El lugar en el “deseo” de nuestros padres, la relación madre-padre-niño, las relaciones familiares, aspectos de crianza y educativos (estimulación, motivación, comunicación, límites adecuados, permitir que los niños experimenten frustraciones y pérdidas, dándoles soporte, pero no evitándolas, acontecimientos importantes (enfermedades, traumas, problemas económicos y/o laborales, muertes en la familia, etc.).

 

¿Se puede prevenir el suicidio?

Como es el resultado de múltiples factores, todo lo relacionado con dichos ámbitos (personal, familiar, social, laboral) es fundamental.

 

¿Cómo abordar socialmente este tema para resultar útil a la sociedad y a las personas en riesgo?

Lo primero para poder abordar un problema o un síntoma es reconocer que existe, es decir, poderlo nombrar y así también poder interrogarnos sobre ello.

Sería crucial abrir y mantener las preguntas, aunque no puedan darse respuestas inmediatas ni completas, tiene efectos en la subjetividad de las personas, implica un horizonte de escucha y de interés sobre esas cuestiones tan fundamentales, abre un espacio en el que concurren unos interrogantes, unos motivos, una historia personal y familiar que ha terminado desembocando en ese acto,  un contexto, y además el hecho de poder adentrarnos en toda esa complejidad nos permite alejarnos  de planteamientos cerrados y reductibles a términos simplistas como “conducta suicida”,  “trastorno mental”, sostenidos desde una posición resguardada y distante, de supuesta “normalidad” y “cordura”.

Aunque el suicidio es un tema que nos conduce a lo más específico y particular de un sujeto, remitiendo evidentemente a la historia particular de cada persona, como decimos, sería preciso abrir y sostener los interrogantes, así como una mayor concienciación y conocimiento sobre la complejidad de la mente humana, sobre la existencia del Inconsciente (no todo es consciente en el psiquismo humano), sobre la estructuración psíquica y la infancia, sobre la importancia de determinados momentos y procesos de la vida, tales como vivencias traumáticas, pérdidas y duelos, tabús y silencios familiares, separaciones, divorcios,  etc.

 

Cosas que no ayudan para comprender el suicidio:

  • Pensar que sólo se suicida quien tiene un problema mental. Nos gusta pensar que existen las personas “normales” y las que no lo son. Es una forma de colocarnos a distancia de los posibles problemas o dificultades, de poner una barrera o de sentirnos lejos de los mismos. El suicidio no es una “enfermedad mental”, o patología, es el efecto de múltiples factores, como venimos explicando.
  • El enfoque biologicista del funcionamiento psíquico, (en términos de “desequilibrio de neurotransmisores”, etc.), que predomina hoy en día ha influido en el alejamiento del sujeto de su propia subjetividad (sentimientos, vivencias, historia personal …).
  • Los enfoques psicológicos centrados exclusivamente en la conciencia, crean además una falsa ilusión de control.
  • Ciertos efectos malsanos de la Psicología Positiva, con el acento puesto en el optimismo y la positividad a ultranza, dificulta en muchas ocasiones que las personas se permitan conectarse con su malestar y sufrimiento, y así poderlo elaborar.

 

¿Cómo podemos ayudar a una persona que tiene ideas de suicidio?

Es fundamental tener en cuenta algunas cuestiones:

  • Escuchar, permitir y favorecer que la persona exprese sus sentimientos y pensamientos.
  • Preguntar, no decir nuestras opiniones, propiciando que la persona reflexiones sobre los efectos que tendría el suicidio en sus familiares, amigos, etc.
  • No juzgar ni intentar convencerle.
  • No quitar importancia, al contrario. Ofrecer ayuda, pero también mostrar nuestra preocupación.
  • Transmitir un apoyo sólido, aunque sea difícil intentar no entrar en pánico.
  • Tomar en serio los pensamientos suicidas.
  • Interesarse por los motivos de la persona para llegar a ese punto, y transmitir respeto.
  • Ofrecer apoyo emocional.
  • Si vemos que hay un plan muy pensado y premeditado (cuándo, dónde, cómo), intentar que pida cita con psicólogo, psiquiatra, o según la situación, contactar con un centro de urgencias, hospital, etc.
  • No dejar sola a la persona.

 

 

 

 

Se trata de un tema fundamental. Muchos problemas psicológicos que aparecen en la edad adulta, algunas “depresiones” sin causa aparente, tienen su origen en pérdidas y duelos no elaborados en la infancia.

 

Las vivencias de pérdida son importantes

La vivencia de pérdida es algo presente ya desde los primeros años de vida: el mismo hecho de nacer de alguna forma lo es (dejar ese “paraíso” que es la vida uterina, de repente tener que respirar, alimentarse, sentir frío, etc.). Y a partir de ahí otras sucesivas (perder el seno materno, el chupete, dejar de ser el centro de atención de los padres porque nace un hermanito, que se muera una mascota, etc.).

Lo que ocurre con estas pérdidas, es decir, con estos duelos, es fundamental en relación a lo que ocurrirá con otras posteriores, y por supuesto con la pérdida de seres queridos (abuelos, padres, hermanos, amigos, etc.).

Al igual que en el resto de cuestiones y aspectos de la vida, con respecto a los niños, es fundamental lo que ocurre en la familia, lo que hagan los padres (o personas que realicen esa función), en definitiva, los adultos, con respecto a las situaciones importantes de pérdida y duelo. Pueden ayudar al niño a elaborar dichas experiencias, o pueden obstaculizar que esa elaboración pueda realizarse.

Nos encontramos en una sociedad que vive, en general muy de espaldas al malestar y a las vivencias de pérdida, enfermedad o muerte. No sólo en tanto la muerte como tal ha quedado reducida al ámbito hospitalario, con ritos funerarios rápidos. Lo vemos en actitudes predominantes hoy en día, tales como “hay que ser positivos”, “hay que pasar página” etc. Se tiende a mirar a otro lado, a eludir o negar lo que nos afecta y lo que nos causa dolor.

Hay muy poca tolerancia al malestar y a los sinsabores de la vida. Estar triste enseguida se asimila a tener “depresión”. Por ejemplo, no es raro que se receten fármacos para el duelo. Hay prisa e incomprensión sobre estos procesos de elaboración de la pérdida (lo vemos en el ejemplo de un paciente que había perdido a su madre y a los pocos meses su pareja insistía en ir al psiquiatra para medicación, “porque había pasado mucho tiempo y ya tendría que estar bien”).

Con frecuencia, si no hay una explicación rápida y aparente de un malestar, enseguida se deduce que no hay causa, o se recurre a la explicación del “desequilibrio bioquímico” en el cerebro. Estas explicaciones, junto con la medicación, acaban produciendo un mayor alejamiento afectivo en la persona con respecto a o que le ocurre y a lo que está en el origen de su malestar, produciendo mayores dificultades para elaborarlo.

Estamos inmersos en una “cultura de la pastilla”: algo externo ha de producir un cambio interno, en detrimento de lo vivencial, de la idea de proceso y de elaboración psíquica.

Vivimos en una época que sostiene más que nunca que el malestar cotidiano se debe a la ausencia del objeto adecuado que pueda evitarlo (ej. psicofármacos, objetos de consumo, o determinadas sustancias). No quiere oírse que no todo malestar (del alma, del corazón o como queramos decirlo) es una enfermedad, que la falta forma parte de nosotros, y que no hay un objeto que pueda colmarnos por completo.

Se tiende a dar todo a los niños, a taponar con objetos esta falta que es constitutiva del ser humano. ¿Qué ocurre finalmente? Que los niños no atraviesan esas experiencias que les permiten simbolizar la frustración y la pérdida, y esto también va a tener una gran importancia en la posibilidad de afrontar otras pérdidas mucho más importantes que se pueden presentar y en cuanto a la realización del duelo. Además, cada pérdida evoca a las anteriores, por eso es tan importante la época infantil con respecto a este tema.

Por todo ello, la responsabilidad como adultos, a nivel familiar y social es enorme.

Es algo en lo que quiero insistir hoy.

 

Actitudes que dificultan el proceso de duelo en los niños

Hay actitudes que son muy frecuentes y dificultan tremendamente el proceso de duelo en el niño, con todo lo que ello supone para el futuro. Ya nos hemos referido a comentarios del tipo “hay que pasar página”, “hay que ser positivo”, “distráete”, no tolerar o comprender que la persona llore o esté triste …

Con los niños se llega a extremos sorprendentes, por ejemplo, actitudes como las siguientes:

  • Pensar que decir “no” a un capricho o deseo del niño es “malo” o “traumático” porque le causará tristeza o malestar. (Es una actitud muy extendida, con muy negativos efectos en los niños).
  • No dejar que el niño tenga la vivencia de pérdida u ocultarla: por ejemplo, se muere una mascota, se compra otra inmediatamente para que el niño no lo note y “no sufra”.
  • Se dicen mentiras insostenibles sobre lo que ocurre: por ejemplo, muere un abuelo y se dice al niño que “está de viaje”, sin más explicaciones.
  • Se excluye a los niños de momentos importantes (hospital, entierro, etc.). Una cosa es evitarles ciertas situaciones impactantes, según la edad, otras dejarles fuera de todo, ajenos a las vivencias de la pérdida y su proceso.
  • No se tolera que el niño esté triste, abatido, llore, con expresiones como “tienes que ser fuerte”, “los chicos no lloran” …
  • Se instala un manto de silencio sobre todo lo que tiene que ver con la pérdida vivida. Por ejemplo, un niño que encuentra a su padre suicidado y, no se habla de ello, ni se explica, solamente se instala el silencio y el vacío. O un padre/madre que abandona a la familia cuando el niño es pequeño, y no se vuelve a hablar de él/ella, ni a nombrar.

(Todos los casos mencionados son reales, escuchados en el trabajo clínico con pacientes en consulta).

No hablamos, por supuesto, de que los niños tengan que sufrir innecesariamente, o de que no haya que cuidar qué situaciones están viviendo, ni atender a lo que puede afectarles, teniendo en cuenta su edad y características, pero sí quiero insistir en las actitudes y planteamientos, que abundan, por otro lado, y que dificultan enormemente la posibilidad de los niños de elaborar pérdidas y realizar el duelo.

Claro que como padres o adultos nos gustaría ahorrar sufrimiento a nuestros hijos o a los niños en general. Pero, si se produce una herida, todos aceptamos que es algo que ocurre a veces en la vida, que hay que desinfectarla, cuidarla, y que llevará cierto tiempo que cure. No se nos ocurriría poner una venda sin desinfectarla, no pensaríamos solamente en tomar analgésicos para el dolor, o mirar para otro lado para no verla, ignorando que podría infectarse.

Lo que no se hace con una herida física, sí se produce con frecuencia con esas otras heridas, las del alma, con las experiencias difíciles (pero importantes) de la vida, que originan sentimientos o emociones intensos.

Esas experiencias, que causan heridas del alma (muerte u otro tipo de pérdidas), también llevan su proceso de “cicatrización”, para lo cual tenemos también ciertos recursos: ese trabajo psíquico que es el duelo, con su proceso de experimentar la pérdida y las emociones que conlleva, hasta su elaboración.

 

 

 

En el viaje en el que consiste nuestra vida existen travesías, como el duelo, difíciles de transitar.

Aunque el trayecto que vayamos realizando transcurra por diferentes mares, se trata de una travesía que antes o después surgirá en nuestro camino.

La pérdida forma parte de nuestra vida, el mismo hecho de nacer es ya una experiencia de pérdida de ese “paraíso” intrauterino en el que nos formamos. A partir de ahí nos vamos enfrentando a otras sucesivas a lo largo de los años: perder el seno materno o el chupete, dejar de ser el centro de atención de la familia porque nace un hermanito, una ruptura sentimental, perder un empleo, etc.

Por más que nos hallamos en una sociedad que vive muy de espaldas a la enfermedad, a la pérdida y a la muerte, en un mundo agitado y veloz, saturado de información, pleno de estímulos, que incita continuamente a las satisfacciones rápidas y a la evasión, la vivencia de pérdida forma parte de nuestra vida.

La mayor pérdida que podemos vivir, como es la muerte de un ser querido, es una experiencia que afecta por completo a nuestra existencia. De repente todo parece caótico, se tambalean los cimientos personales, se altera la percepción, la concentración se perturba, se trastoca la vida laboral y social, y hasta las propias ideas y creencias se conmueven.

Supone un desgarro, algo inabordable, incomprensible, es enfrentarnos a un real con el que no podemos. No existe un recorrido a seguir, el proceso de duelo es ese trayecto que consiste en atravesar un lugar desconocido, es una experiencia que transforma al que pasa por ella.

El duelo es ese “trabajo” psíquico, ese pasaje que permitirá superar las consecuencias de la pérdida y encontrar una salida que restablezca un relativo bienestar.

En este camino nos acompañan complicadas vivencias, es habitual encontrarse con sentimientos intensos y contradictorios. Además de una profunda tristeza, otros como rabia, incredulidad, culpabilidad (tanto por lo dicho o hecho como por lo no expresado o no actuado, incluso por el mero hecho de estar vivo), pérdida del sentido de todo lo que nos rodea, etc. Rememorar a la persona perdida, llorar, evocar momentos vividos, poner palabras al dolor, expresar lo que se siente, simbolizar la ausencia, dando otro lugar a la persona perdida, forma parte de este proceso.

En este recorrido es fundamental respetar el ritmo del doliente, cuántos apremios y exigencias se llegan a plantear casi siempre con las mejores intenciones. Expresiones como “hay que pasar página”, “la vida sigue”, “es ley de vida”, etc. son un buen ejemplo de determinadas actitudes ante la persona que está viviendo una pérdida, las cuales lejos de ayudar -y aunque se digan con tal intención- producen gran opresión y causan un profundo dolor.

Transitar por esta travesía, hacer el duelo, es un camino, se trata de un recorrido que hay que realizar, sabemos el punto de partida, el puerto del que salimos, pero desconocemos el alcance de las olas y el trazado de nuestra ruta. La travesía será particular para cada persona, dependerá del propio barco y de su estado actual, de las grietas anteriores que ya se produjeron durante la navegación, de los vientos y del oleaje que van apareciendo en el viaje, así como de la vivencia de otras pérdidas posibles que se añadan al camino.

Siempre se dice que “el tiempo lo cura todo”, pero es preciso aclarar que no es debido al paso del tiempo en sí mismo, tiene que ver con que el hecho de que transitar esta travesía supone un proceso, es todo un trabajo psíquico, y necesita un desarrollo para poderse llevar a cabo. Esa experiencia nos habrá marcado.

Es difícil dar consejos a un navegante, pero sí podríamos decir que la persona en duelo necesita respeto, acompañamiento, escucha, permitirle hablar, llorar o expresar sus emociones, si lo necesita.

Se piensa que es preferible no hablar de la persona fallecida o de lo ocurrido, incluso evitar conectarse con la tristeza o con los sentimientos se interpreta con frecuencia como signo de fortaleza. Sin embargo, con frecuencia puede tratarse justamente de lo contrario: actitudes y reacciones como no expresar emociones de tristeza o abatimiento, eludir conversaciones relacionadas con lo vivido, alejarse de los sentimientos, recuperar inmediatamente la actividad laboral y social rellenando el tiempo sin cesar, pueden estar poniendo de manifiesto la dificultad de conectarse con esa vivencia de pérdida, con lo cual se dificulta su elaboración psíquica.

Todo ello puede estar en el origen de síntomas o dificultades posteriores, tal y como ocurre con numerosos cuadros depresivos que emergen tiempo después.

En un proceso de duelo es fundamental permitirse sentir lo que se siente e ir avanzando por un camino que es único, singular, respetando siempre el ritmo de la persona y su particularidad.