Lo que antes constituían casos muy aislados: los adolescentes y jóvenes que se realizaban cortes y autolesiones, se ha ido convirtiendo desde hace pocos años, y de forma progresiva, en un problema preocupante. Al compartir esta cuestión con colegas de diferentes lugares, hay un sentir general con respecto a esta problemática y se detecta un visible aumento.

Indagando, en artículos, noticias, datos de los servicios de psiquiatría juvenil de diferentes hospitales, las conclusiones van en la misma línea.

El Proyecto Seyle, Proyecto Europeo para la prevención del suicidio y conductas autolesivas, y para la mejora de la salud mental en adolescentes, en el que participan doce países (once europeos), habla de autolesiones en casi un tercio de adolescentes, entre 12 y 18 años, el mayor número en los 13 y 14.

Hasta hace una década, este tipo de síntomas se asociaba al diagnóstico “Trastorno Límite de la Personalidad”, sin embargo, actualmente se trata de algo de mayor amplitud, y no es posible circunscribirlo de este modo.

Se trataría de un medio que los adolescentes están empleando para “controlar” el malestar psíquico, de alguna forma el dolor físico les sería más fácil de manejar que el emocional.

Por otro lado, este tipo de conducta es al mismo tiempo una “expresión” de algo que no se puede expresar de otra manera, como si el adolescente no tuviera otras herramientas, no supiera o no pudiera “decirlo” de otro modo. No se trata simplemente, como a veces se considera a propósito de este tipo de actuaciones, de “llamar la atención”, sería una especie de “lenguaje”. Esta forma de “expresión” pone de manifiesto la existencia de importantes dificultades de simbolización.

¿A qué se debe?  ¿por qué dicha forma de “expresión”?

 

Causas

Podemos referirnos a cuestiones como las siguientes:

La proliferación de las familias desestructuradas, con una ausencia de relaciones familiares sólidas.

Falta de modelos, guías y referentes, los cuales, hoy en día están constituidos más bien por las redes sociales, “youtubers”, “blogueros”, videos diversos, internet, en los cuales, aunque puedan existir contenidos positivos, interesantes o enriquecedores, otros muchos no lo son. Por ejemplo, y es un gran problema que va en aumento, actualmente los adolescentes tienen un acceso muy precoz a contenidos pornográficos, origen de una gran distorsión a la hora de cómo viven las relaciones sexuales y de pareja, generando multitud de problemas. Este es solamente un ejemplo. También, en relación al tema que hoy tratamos, existen páginas que incluso asesoran y alientan sobre el “cutting” (hacerse cortes).

Existe una tremenda falta de autoridad en el sentido que hablamos: autoridad bien entendida, es decir, ausencia de guías, referencias, ideales, valores éticos y morales, límites adecuados, etc.

Al mismo tiempo prevalece un exceso de sobreprotección de los niños (tanto en las familias como en la escuela); se tiende a ahorrarles frustraciones cotidianas, sinsabores, experiencias de pérdida apropiadas a su edad.  Abundan las actitudes consistentes en darles de todo, ceder a sus caprichos, de este modo los niños no se ejercitan en vivir pequeñas contrariedades diarias, en tener que lidiar con esfuerzos y con ciertas contenciones propias.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que la pubertad conlleva una verdadera transformación corporal. Es una etapa en la que el adolescente, además, ha de recomponer y reordenar los afectos y las representaciones, es decir, está involucrado todo su psiquismo. Para poder “aceptar” ese nuevo cuerpo, ha de hacer el duelo de su cuerpo de la infancia, así como de las figuras de los padres de la niñez. Se trata de una fase de la vida extraordinariamente compleja.

Cuando la capacidad de simbolización no consigue transitar por el lenguaje, todo lo que no se puede elaborar se expresa o se muestra en el cuerpo, lo cual está en el origen de distintos problemas: enfermedades psicosomáticas, anorexia, bulimia, o de lo que hablamos hoy, cortes y lesiones, entre otros.

Esta imposibilidad de simbolización puede aparecer frente a diferentes situaciones de la vida: traumas, crisis, duelos, es decir, ante lo que nos supera, lo que nos resulta difícil de explicar y de elaborar.

La adolescencia es una fase muy propicia a estas dificultades de simbolización, debido a que los cambios son enormes. Es como si el adolescente intentara procesar a través de una marca visual: el corte (imaginario), algo que tendría que ser elaborado en un nivel de procesamiento mental, usando la palabra, el lenguaje (ámbito simbólico).

 

¿Qué hacer?

Una vez que se detecta el problema (que el adolescente se autolesiona), será preciso consultar. Es fundamental que exista un espacio de escucha en el que pueda desplegarse e irse construyendo dicha posibilidad de simbolización.

 

¿Cómo se puede prevenir?

La prevención en todos estos temas nos traslada a tiempos muy anteriores a cuando surge el problema. Hay cuestiones fundamentales:

  • Hablar mucho y escuchar más, desde niños, teniendo en cuenta que escuchar no equivale a oír, es transmitir a los hijos que nos interesamos por lo que sienten, que queremos comprender su perspectiva, que hay cosas que expresar, aunque ello no conlleve necesariamente estar de acuerdo con todo o aceptar sin más todo lo que quieren o plantean.
  • Ser y hacer de padres: dar a los hijos amor, protección, sostenimiento emocional, presencia, pero no sobreprotección.
  • Convivir con los hijos, compartir vivencias y experiencias. Es fundamental favorecer, promover, estimular la simbolización de dichas vivencias, es decir, poner palabras a las experiencias y acontecimientos, hablar con los hijos, promover la expresión con el lenguaje, los cuentos, las historias, la lectura y la escritura.

Se trata de algo importantísimo, especialmente hoy en día en que los niños son criados con la TV, el móvil, la tablet, en general distintos tipos de pantallas, quedando sumergidos en el mundo de la imagen.

Desde los primeros meses reciben estímulos visuales que les llegan de forma pasiva, sin tiempo ni elementos apenas para procesar y comprender, lo cual, aunque tenga una parte positiva y estimulante, implica cada vez más un tremendo déficit de todo lo que es la interrelación con los padres y adultos a través de hablar, contar experiencias, transmitir historias, en resumidas cuentas, simbolizar.

  • Poner límites. El amor y el respeto a los niños no equivale a ceder a todas sus demandas.
  • Permitirles experimentar los sinsabores y frustraciones de la vida, intentar evitárselas es un gran error de enormes consecuencias, como siempre hablamos.

 

La muerte de un alumno.

 

 El fallecimiento de un alumno es un suceso muy impactante y dificultoso.

¿Cómo abordar esta situación con los compañeros y el resto de alumnos?

Hoy quiero referirme a ciertos aspectos a contemplar en ese difícil momento, tanto con los alumnos como con los profesores.

Es fundamental que la noticia sea comunicada por alguien ya conocido para los niños y no una persona exterior al centro educativo (aunque fuera psicólogo/a), considerando que lo fundamental en estos momentos es que no sólo sean informados de lo sucedido, sino que puedan hablar de ello, expresar sus sentimientos, es decir, llorar, estar tristes, sentir rabia, ira, etc. Y todo ello será más posible en un entorno conocido y acogedor.

Hay que tener en cuenta que:

  • No hay ninguna forma de hacer un duelo más que atravesarlo, es un proceso, un recorrido.
  • Una pérdida tan importante como es un compañero, un alumno, y por supuesto, un hijo, es algo inmensamente traumático, y poder ir elaborándolo, asumiendo, implica dicho proceso de duelo. Estar en duelo es doloroso y difícil, y es un arduo trabajo psíquico. El Duelo es un proceso de “sentir dolor”, es un camino que hay que ir transitando y atravesando.
  • Como padres, profesores o adultos siempre nos gustaría ahorrar sufrimiento a nuestros hijos, alumnos, o a los niños en general. Pero eso no es posible, las pérdidas forman parte de la vida desde que nacemos: perder el seno materno, dejar de ser hijo único, perder una mascota, perder un abuelito, etc. Todas estas vivencias de la vida, con distinto alcance, son experiencias de pérdida e implican su proceso de duelo.
  • Lo traumático de tales experiencias no sólo tiene que ver con la experiencia real en sí misma, que puede ser arrolladora, profundamente triste, dura, difícil; tiene que ver con dejar al niño sin herramientas o elementos de simbolización de esa situación, como puede ocurrir, por ejemplo, si no se le aclara qué ha pasado, si no se habla, si se instala el silencio o el tabú.
  • Según cómo se aborde por parte de los adultos, aunque sea con la mejor intención de ahorrar sufrimiento, el niño puede quedar sin herramientas justamente para abordar o elaborar dicha pérdida, conformando una especie de “agujero” que no permite que esa herida emocional cicatrice. Por ejemplo, peor y más traumático que decirle a un niño que su padre le abandonó cuando era pequeño -lo cual será tremendamente penoso para un niño- es no decirle nada, dejarle en ese silencio y vacío. Es igual con todo tipo de pérdidas, y se cometen muchos errores, intentando ahorrar a los niños la tristeza o el sufrimiento y no hablando de lo ocurrido. Se les dificulta justamente el proceso de duelo.
  • Si una herida duele, todos aceptamos que hay que desinfectarla, que molesta o incluso duele al hacerlo, que llevará su tiempo de curación. No se nos ocurriría poner una venda sin desinfectar y sin realizar las curas necesarias; no pensaríamos solamente en tomar analgésicos para el dolor, o mirar para otro lado para no verla.
  • Lo que no se hace con una herida física se hace con frecuencia con esas otras “heridas”, las del alma, con las experiencias difíciles (pero importantes) de la vida que causan sentimientos o emociones intensos. Esas experiencias, que producen “heridas del alma” (muerte u otro tipo de pérdidas), también llevan su proceso de “cicatrización”, para lo cual tenemos también ciertos recursos: ese trabajo/proceso psíquico que es el duelo.
  • Hay actitudes que son muy frecuentes y dificultan tremendamente el proceso de duelo del niño, con todo lo que ello supone para el futuro. Ya nos hemos referido en algún otro artículo a algunas de ellas, por ejemplo:
    • Ocultar la pérdida (Por ej. no decir que el abuelo murió, se dice que fue de viaje y ya está, no se habla).
    • Decir mentiras insostenibles sobre lo ocurrido, ej. “está de viaje”.
    • Excluir a los niños de los momentos importantes (hospital, entierro, etc.) Una cosa es evitarles ciertas situaciones impactantes, según la edad, otras apartarles de todo.
    • No tolerar que el niño esté triste, abatido, llore, etc., insistiendo en “tienes que ser fuerte, los chicos no lloran”, etc.
    • Instalar un manto de silencio sobre todo lo que tiene que ver con la pérdida (tabú).
    • No dejar que el niño tenga sus experiencias de pérdida, por ej. pierde una mascota y se compra otra inmediatamente.
    • Evitar que el niño experimente situaciones cotidianas de tristeza, pérdida, falta, etc.

Dicho todo esto, ¿qué se puede hacer como maestros, como profesores, como Colegio, para facilitar el proceso de duelo de los alumnos y de los mismos profesores?:

  • Informar de lo ocurrido.
  • Promover que puedan hablar de ello y expresar lo que sienten: tristeza, rabia, incredulidad, desesperación, etc. Cada niño tendrá sus momentos y lo hará a su forma. Dar espacios tranquilos y con tiempo para hablar de ello, dibujar, escribir sobre lo que piensan o sienten, es decir, todo lo que constituyen formas de elaboración y simbolización de esas intensas emociones. El shock puede ser tan grande que algunos niños tiendan a no querer oír, ni hablar de lo sucedido, lo cual es más preocupante y suele ser indicativo de un proceso de duelo complicado y dificultoso. Es importante insistir en que hablen, expresen, de la forma que sea, al contrario de lo que con tanta frecuencia se plantea como “pasar página”, u olvidar rápidamente lo ocurrido, pues en este caso hay una dificultad de elaboración de la pérdida, con importantes y negativas consecuencias.
  • Es fundamental insistirles en que llorar, estar triste, etc. no tiene nada que ver con ser débil, frágil, o poco valiente. Más bien al contrario, eso es lo lógico, lo normal y lo saludable. Si no sintieran tristeza y dolor querría decir que su compañero/alumno no les importaba. Hay que hacer hincapié en que respeten los sentimientos de cada uno; los niños suelen tener mucho temor al juicio de los demás, a ser desvalorizados, han de comprender que en esta situación lo valioso y lo positivo es, dicho así, poder estar triste y expresarlo. (Insisto mucho porque esto es fundamental), y han de respetar el distinto ritmo y momentos de sus compañeros. Cada uno lleva su propia evolución.
  • Tienen que saber que el duelo es un proceso, y no es algo de un día, una semana o un mes. Es normal que pasen por distintos momentos y estados de ánimo, que van y vuelven, todo ello es esperable, “natural”, podríamos decir, no es que estén “deprimidos”, están haciendo el duelo por la pérdida de su compañero.

 

 

 

A lo largo de la vida existen momentos de cambio, situaciones de crisis que ponen a prueba a la persona. En la mayoría de las ocasiones es posible andar por ellos, y somos capaces de adaptarnos, superar los obstáculos, dar significación a dichas situaciones, madurar y desarrollarnos personalmente. En otras, este recorrido está lleno de obstáculos, y pueden surgir problemas o síntomas que, dependiendo de diferentes cuestiones, pueden perdurar en el tiempo, afectando a la vida de esa persona.

La separación es una de estas situaciones. Debido a su frecuencia, en aumento y a la conflictividad presente en buen número de casos, sus efectos –tanto en la pareja como en los hijos- se dejan ver en muchas de las consultas psicológicas.

Según datos publicados por el Consejo General del Poder Judicial, las demandas de disolución matrimonial registradas en 2022, tanto separaciones como divorcios, fueron en nuestro país 95.193.

Sin cuestionar que la ruptura sea la única salida posible a conflictivas relaciones de pareja, el alcance de estas cifras debería sensibilizarnos y hacernos reflexionar a todos, muy especialmente en lo que respecta al modo en que todo lo relacionado con dicho proceso de separación afecta a la parte más vulnerable, es decir, a los hijos, y, por tanto, sobre cómo dicho proceso es llevado a cabo.

Sentimientos de pérdida, de inseguridad, de culpabilidad, son algunos de los que invaden a los niños cuando se enfrentan a la separación de sus padres. Muy frecuentemente los hijos son víctimas de chantajes emocionales y/o económicos, sintiéndose disputados por cada uno de los progenitores. Es frecuente también que vivan la descalificación continua de uno de ellos o de ambos por parte del otro. Cambios de casa, de organización doméstica, de ritmos de vida, de costumbres, de actividades, nuevas parejas, etc. conforman también el escenario de su nuevo contexto vital, exigente y complejo sin lugar a dudas.

Son muchos los aspectos a considerar en relación a todos los puntos mencionados y a los posibles conflictos psicológicos relacionados con el proceso de separación. Hoy quisiera centrar mi atención en uno de ellos: la comunicación a los hijos de una decisión tan importante como ésta.

Es más frecuente de lo que cabría pensar que los padres –en aras de proteger a los niños, de evitarles sufrimientos y “traumas”- eludan cualquier comunicación a sus hijos, anunciando la decisión en el último momento, y planteada como algo inminente. También con frecuencia hay ausencia de explicaciones sobre los motivos de la ruptura (quizá porque es algo demasiado doloroso, o difícil de explicar para los padres).  Existe así a menudo una especie de “ley del silencio” sobre los motivos de la ruptura, así como sobre los sentimientos implicados en el proceso, la cual se convierte en un germen de conflictos psicológicos.

Los niños pueden asumir la realidad en que viven, aunque ello suponga ciertos sentimientos de tristeza o dolor (estos últimos también forman parte de la vida), pero este tipo de anuncios repentinos, así como los silencios instaurados, dejan al niño desprovisto de herramientas para poder ir realizando ese trabajo interno de asimilación de la situación que le ha tocado vivir. No son las malas noticias, ni las situaciones dolorosas, por sí mismas, lo que “traumatiza” o provoca problemas o síntomas a los niños.

Es recomendable permitir al niño ir conociendo la situación, él -al igual que los padres- necesita hacer su proceso de asimilación y de duelo. También es fundamental hablarle con delicadeza, de forma adaptada a su edad y a su situación individual, permitiéndole conocer la verdad de lo que ocurre. Es su derecho y lo que está ocurriendo forma parte de su vida.

 

 

 

El Suicidio

 

Según datos del INE (2020) el Suicidio es la principal causa de muerte no natural con un gran aumento en los últimos años. Si en 2016 el número de personas fallecidas por esta causa era 3.569, en 2020 fue 3.941. Después estarían las caídas accidentales y los accidentes de tráfico.

El suicidio es la principal causa de muerte entre jóvenes europeos de entre 15 y 29 años. Y las cifras van en aumento.

La OMS habla del Suicidio como un “grave problema de salud pública”.

Se trata de un tema tabú, no sólo dentro de las familias. Hasta ahora, en los medios de comunicación, ha predominado la idea de no hablar de ello para evitar el supuesto “efecto llamada”, lo cual es un error.

Generalmente este tema suele plantearse en términos de “conducta suicida”, “tendencias suicidas”, “prevención de la conducta suicida”. Esto lleva a pensar que hablamos de una cuestión de “conducta”. Se trataría de detectar a las personas con estas tendencias y así se podrían evitar las elevadas cifras. Sin embargo, aunque predomine esta pretensión de encontrar respuestas rápidas a todo, protocolos aplicables, datos estadísticos, etc., la realidad es más compleja, y se pierden de vista aspectos fundamentales.

El suicidio es un acto extremo, desesperado; es el punto final de un proceso que tiene que ver con la subjetividad de la persona; aunque implique un “pasaje al acto”, está en juego la historia personal y el contexto social. Es una acción que sigue a una crisis e implica al sujeto en su totalidad.

Además, hay que decir, el suicidio es una cuestión de sufrimiento. Siempre hay una ambivalencia mayor o menor (querer acabar y también querer seguir viviendo).

Cada suicidio, como cada persona, es particular, tiene su historia. Hay etapas complicadas: la adolescencia, (implica muchos duelos), la jubilación (pérdida de proyectos de vida, de seres queridos de la propia generación, de salud, etc.).

A veces aparecen determinados signos, tales como depresión, gran malestar con uno mismo, culpabilidad, sufrimiento emocional, etcétera; aunque no siempre es así.

El suicidio suele contener una dimensión simbólica dirigida a otro, un mensaje (no necesariamente consciente). Algo que no ha podido decirse de otra manera (culpa, acusación, etc.).

Hay que decir que todos somos suicidas en potencia. No es algo exclusivo de determinadas enfermedades mentales. No importa lo fuerte que sea una persona, la persona más resistente y valiente podría verse sobrepasada por los traumas o situaciones con los que tiene que tratar.

 

¿Por qué puede llegarse al suicidio?

 Ya hemos hablado en otros momentos de la importancia de las vivencias de “pérdida”. Es un tema central con relación al Suicidio. En la vida tenemos que enfrentarnos a pequeñas o grandes pérdidas. Todo ello hay que procesarlo y elaborarlo, y por distintos motivos, no siempre se puede.

Las pérdidas implican un –duelo-, es decir, sufrimiento y un proceso de elaboración.

A veces se confunde “superar” una pérdida con “negar”. (Ej. personas que tras la pérdida no manifiestan sentimientos, “pasan página”. No es un buen pronóstico, ya lo hemos comentado).

Vivimos en una sociedad muy negadora de la enfermedad y de la muerte. Predominan valores relacionados con tapar la falta, la pérdida, la muerte, dándose valor a la riqueza, al poder, a las satisfacciones rápidas, etc.

Podríamos decir que lo que se llama “depresión” es frecuentemente una respuesta a una pérdida que no se ha podido elaborar.

En determinadas circunstancias, la persona puede sentirse dentro de un túnel en el que no ve ninguna luz. El suicidio aparecería entonces como la única “salida” posible.

En todo este proceso estarían en juego los “cimientos” personales, y el sostén que proporciona la familia y el tejido social. Es cierto que nuestra sociedad no presta mucho soporte y también hay familias que dan escasa comprensión y sostén afectivo ante los fracasos o problemas de sus miembros.

Otros factores pueden incidir también. No es lo mismo tener una pérdida importante en un  lapso de tiempo que perder a varios seres queridos en ese mismo tiempo, o que a ello se venga a unir un divorcio o un problema de acoso laboral. No quiero decir que el problema del suicidio se deba necesariamente a tal dramática confluencia, pero es un ejemplo que puede servirnos para pensar.

 

¿Cuáles pueden ser las causas entonces de que una persona llegue a un acto tan extremo como el suicidio?

 Hay una multiplicidad de factores que pueden incidir y confluir en el suicidio:

  • Personales
  • Familiares: problemas afectivos y familiares, falta de comunicación, dificultades económicas, enfermedades, etc.
  • Sociales: integración social, políticas de sostén y prevención.
  • Laborales: en algunas profesiones la cifra de suicidios es mucho más elevada que en la población en general (por ej. en la policía y cuerpos de seguridad)

 

Me gustaría servirme para reflexionar sobre el tema de hoy de una metáfora que por su carácter gráfico puede ayudar a pensar:

Consideremos que cada uno de nosotros es una red. Esta red tiene sus hilos que la forman, construidos con lo que nos han transmitido nuestros padres (o figuras materna/paterna) y con las vivencias infantiles (*). A lo largo de los años vamos teniendo otras vivencias y experiencias, las cuales pueden ejercitar y fortalecer esta red, pero también sobrecargarla y debilitarla. Además, no hay redes perfectas, siempre hay algún punto frágil o algún agujero surgido en su misma constitución. Siendo fundamentales los hilos iniciales de esa red, tejidos en la infancia, también lo son el conjunto de experiencias, vivencias y circunstancias que van debilitando esa red o sobrecargándola con su “peso”. Debido a una excesiva “sobrecarga” y/o “fragilidad”, el sujeto no podría sostenerse, la red se rompería por completo y aparecería el suicidio. Tanto los problemas personales y familiares, como los relacionados con el entorno laboral y social, pueden afectar a dicha red (debilitándola, o también fortaleciéndola). Y es fundamental el apoyo, soporte, ayuda, etc. existente a nivel familiar, social, laboral.

 

*(El lugar en el “deseo” de nuestros padres, la relación madre-padre-niño, las relaciones familiares, aspectos de crianza y educativos (estimulación, motivación, comunicación, límites adecuados, permitir que los niños experimenten frustraciones y pérdidas, dándoles soporte, pero no evitándolas, acontecimientos importantes (enfermedades, traumas, problemas económicos y/o laborales, muertes en la familia, etc.).

 

¿Se puede prevenir el suicidio?

Como es el resultado de múltiples factores, todo lo relacionado con dichos ámbitos (personal, familiar, social, laboral) es fundamental.

 

¿Cómo abordar socialmente este tema para resultar útil a la sociedad y a las personas en riesgo?

Lo primero para poder abordar un problema o un síntoma es reconocer que existe, es decir, poderlo nombrar y así también poder interrogarnos sobre ello.

Sería crucial abrir y mantener las preguntas, aunque no puedan darse respuestas inmediatas ni completas, tiene efectos en la subjetividad de las personas, implica un horizonte de escucha y de interés sobre esas cuestiones tan fundamentales, abre un espacio en el que concurren unos interrogantes, unos motivos, una historia personal y familiar que ha terminado desembocando en ese acto,  un contexto, y además el hecho de poder adentrarnos en toda esa complejidad nos permite alejarnos  de planteamientos cerrados y reductibles a términos simplistas como “conducta suicida”,  “trastorno mental”, sostenidos desde una posición resguardada y distante, de supuesta “normalidad” y “cordura”.

Aunque el suicidio es un tema que nos conduce a lo más específico y particular de un sujeto, remitiendo evidentemente a la historia particular de cada persona, como decimos, sería preciso abrir y sostener los interrogantes, así como una mayor concienciación y conocimiento sobre la complejidad de la mente humana, sobre la existencia del Inconsciente (no todo es consciente en el psiquismo humano), sobre la estructuración psíquica y la infancia, sobre la importancia de determinados momentos y procesos de la vida, tales como vivencias traumáticas, pérdidas y duelos, tabús y silencios familiares, separaciones, divorcios,  etc.

 

Cosas que no ayudan para comprender el suicidio:

  • Pensar que sólo se suicida quien tiene un problema mental. Nos gusta pensar que existen las personas “normales” y las que no lo son. Es una forma de colocarnos a distancia de los posibles problemas o dificultades, de poner una barrera o de sentirnos lejos de los mismos. El suicidio no es una “enfermedad mental”, o patología, es el efecto de múltiples factores, como venimos explicando.
  • El enfoque biologicista del funcionamiento psíquico, (en términos de “desequilibrio de neurotransmisores”, etc.), que predomina hoy en día ha influido en el alejamiento del sujeto de su propia subjetividad (sentimientos, vivencias, historia personal …).
  • Los enfoques psicológicos centrados exclusivamente en la conciencia, crean además una falsa ilusión de control.
  • Ciertos efectos malsanos de la Psicología Positiva, con el acento puesto en el optimismo y la positividad a ultranza, dificulta en muchas ocasiones que las personas se permitan conectarse con su malestar y sufrimiento, y así poderlo elaborar.

 

¿Cómo podemos ayudar a una persona que tiene ideas de suicidio?

Es fundamental tener en cuenta algunas cuestiones:

  • Escuchar, permitir y favorecer que la persona exprese sus sentimientos y pensamientos.
  • Preguntar, no decir nuestras opiniones, propiciando que la persona reflexiones sobre los efectos que tendría el suicidio en sus familiares, amigos, etc.
  • No juzgar ni intentar convencerle.
  • No quitar importancia, al contrario. Ofrecer ayuda, pero también mostrar nuestra preocupación.
  • Transmitir un apoyo sólido, aunque sea difícil intentar no entrar en pánico.
  • Tomar en serio los pensamientos suicidas.
  • Interesarse por los motivos de la persona para llegar a ese punto, y transmitir respeto.
  • Ofrecer apoyo emocional.
  • Si vemos que hay un plan muy pensado y premeditado (cuándo, dónde, cómo), intentar que pida cita con psicólogo, psiquiatra, o según la situación, contactar con un centro de urgencias, hospital, etc.
  • No dejar sola a la persona.

 

 

 

La violencia ejercida por parte de menores en el ámbito familiar (contra padres, hermanos, abuelos, etc.) ha aumentado de forma notable en los últimos años.

Jueces, fiscales y abogados, transmiten cada vez más su preocupación al respecto.

Es una problemática fundamental que es preciso contemplar desde distintos ángulos, sin quedarse en la apariencia de la cuestión.

Si bien siempre han existido casos de violencia intrafamiliar, relacionados con familias desestructuradas, violentas, consumo de drogas, enfermedad mental, etc., están en aumento de forma significativa los casos de chicos y chicas (en ocasiones de corta edad), que pertenecen a familias estables, con medios económicos, etc., que ejercen la violencia contra sus padres y familiares.

Una vez que la problemática de la violencia en la familia irrumpe, es un tema muy complicado, llegando a la denuncia, proceso penal, etc., por eso no dejamos de insistir en los antecedentes y los orígenes de esta cuestión, ya que no es algo que surge de repente. Todos los problemas tienen una historia y con frecuencia suelen fraguarse durante un tiempo, con unos inicios. Un fuego, por muy grande que sea, comenzó siendo una diminuta llama.

Repetidamente oímos explicar este tema de la violencia por la influencia de los contenidos violentos que pueden verse en televisión, internet y videojuegos, en los cuales se normaliza el uso de la misma.

No vamos a cuestionar que tantos contenidos de este tipo puedan producir efectos, trivializando un tema como este, sin embargo, dicha explicación acaba siendo una respuesta generalizada que impide pensar.

Suele explicarse también por las “carencias afectivas”, en el sentido de falta de amor, afecto o atención por parte de los padres hacia los hijos. Cuestión que por supuesto es fundamental en el desarrollo de un niño.

Sin embargo, en las consultas vamos viendo progresivamente un aumento de casos de familias que “no pueden con sus hijos” (en ocasiones muy pequeños, ya hemos hablado de ese tema aquí). Niños colmados de atenciones, de afecto, y de todo, desde el principio de sus días. Niños colocados por sus padres en un auténtico pedestal, respondiendo a todos sus pedidos y demandas de continuo, evitándoles cualquier frustración.

Como los efectos que va produciendo en las actitudes y carácter del niño van siendo visibles desde los primeros años, enseguida surge la idea de que “es que mi hijo tiene mucho carácter”, lo cual viene a dar una explicación rápida de lo que sucede, ante lo cual poco se podría hacer, el niño es así, sin poder pararse a pensar y reflexionar en sus propias actitudes como madre/padre con respecto al menor y sus efectos.

La historia que se repite suele ser la de un niño sobreprotegido, al que le dan de todo, el cual con sus pataletas y rabietas desde muy pequeño va imponiendo sus “normas de funcionamiento”.  No ha tenido límites y después ya no los acepta. Auténticos niños tiranos. No toleran un “no”, ni frustraciones, necesitan imponer su voluntad y su capricho. Por ello y al mismo tiempo suelen carecer de empatía.

Las consecuencias de esta especie de círculo vicioso son enormes: dificultad para ponerse en el lugar de los demás, falta de respeto al otro, dificultades para el autocontrol emocional, impulsividad, “hiperactividad”, problemas para tolerar incluso pequeñas frustraciones cotidianas, dificultad con los límites y normas, problemas para asumir responsabilidades y obligaciones, problemas escolares, fracaso escolar, etc.

En resumen, podríamos hablar de que lo que está en el origen es un exceso de atención y protección, así como de tolerancia y permisividad.

Tanto en la consulta como fuera de ella (profesores, personas que atienden comercios, peluquerías, restaurantes, etc.), oigo muy a menudo comentarios acerca de la creciente dejadez de muchos padres a la hora de poner límites y educar a sus hijos en el mínimo respeto al otro: niños que corren por el restaurante, que juegan con la tablet a alto volumen, o que descolocan las estanterías del comercio, ante la mirada impasible o simplemente incapacidad de reacción de los padres, realmente desbordados e incapaces de poner límites a sus hijos.

La violencia es entre otras cosas un efecto de todo lo anterior, y afectará en primer lugar a la misma familia. Es por tanto necesario reflexionar sobre sus causas.

El desbordamiento de padres y familias se suele volcar después en la Escuela, trasladando la expectativa (exigencia) de la educación a maestros y profesores. Sin embargo, los maestros y profesores están muy limitados, por más que se pretenda lo contrario, para transmitir todo eso de lo que hablamos (autocontrol emocional, respeto a los demás, valores, etc.) si no los transmite la familia, pues dichos cimientos se asientan desde los primeros meses. No se pueden construir los cimientos de un edificio cuando hemos levantado dos pisos. Además, por lo general, la dificultad de los padres de contrariar a sus hijos se pondrá de manifiesto también en la negativa a aceptar que los profesores lo hagan.

Por otro lado, el marco escolar no facilita tampoco el trabajo de los profesores en este sentido, los cuales se sienten con escasas herramientas, tolerando faltas de respeto, mal comportamiento en clase, etc., al mismo tiempo que sienten que se deposita en ellos una gran presión por parte de las familias y de la sociedad, responsabilizándoles de la educación en valores. Una educación, tanto en la familia como en la escuela que insiste en “derechos”, pero no en “obligaciones”.

Existe la creencia con diferente tipo de cuestiones, algunas trascendentales como la que nos ocupa (la violencia), de que “ya se irá pasando según el niño va creciendo”. Es un error con grandes consecuencias.

Mirar para otro lado nunca sirve ni es adecuado para abordar ningún problema.

Es fundamental la crianza y la educación dentro de la familia, la convivencia con los hijos. Los niños aprenden en gran parte con el ejemplo y las vivencias que les proporcionamos, no con información o sermones exclusivamente. No hablo de presencia física, he visto madres y padres muy presentes físicamente pero realmente ausentes de la vida de los hijos.

Eso de lo que tanto se habla hoy en día en las escuelas e institutos: “la inteligencia emocional” (habilidad para percibir, usar, comprender y regular nuestras emociones y las de los demás), tiene que ver con todo lo que venimos diciendo. No puede aprehenderse (incorporarse, integrarse psíquicamente) en un taller o en un curso exclusivamente, o informando a los niños y adolescentes de su importancia.