¿Qué efectos tienen los silencios y secretos familiares en el psiquismo de las personas?

Con frecuencia, en el trabajo clínico, hemos de abordar síntomas y problemas, en ocasiones de gravedad, que tienen que ver con acontecimientos ocurridos y que han quedado ocultos, silenciados, verdaderos secretos familiares. En ocasiones, indudables pactos de silencio que se imponen, aunque no se haya hecho de forma explícita.

En ocasiones el silencio es debido a que el suceso es desagradable, o se vive con vergüenza o humillación, sería un intento de negación, por ejemplo:

  • Un embarazo fuera del matrimonio
  • Ludopatía, ruina económica
  • Un suicidio en la familia (peor si es de madre/padre; tema complejo, que suscita culpas y preguntas frecuentemente sin respuesta)
  • Un abuso/agresión sexual
  • Una muerte trágica
  • Un acto criminal

Otras veces el silencio se debe a que ese hecho o recuerdo produce angustia, sentimientos dolorosos, o preocupación por cómo lo vivirá el niño, y es un intento de evitar el dolor y el sufrimiento, y/o de alejar sentimientos de culpa, por ejemplo:

  • Haber sido abandonado por un progenitor
  • La existencia de un hijo muerto
  • Un familiar desaparecido
  • Que el niño es adoptado
  • Una enfermedad mental

Algunos de estos silencios pueden tener efectos graves en el psiquismo de las personas involucradas.

Con los niños se cometen muchos errores en este sentido, con la intención inicial de protegerles o de evitarles sufrimiento, ya lo hemos comentado en otros artículos. Sin embargo, con buena parte de dichos secretos, al no hablar de lo que ha ocurrido, al imponer el silencio, se deja a las personas sin ningún soporte que permite poder ir elaborándolos, es decir, son hechos vividos, pero al mismo tiempo podríamos decir “no vividos”, puesto que no se han podido historiar, articular, procesar. Eso hace que, al contrario de lo que se pretende con el secreto, consciente o inconscientemente, como sería alejar el suceso, olvidarlo negarlo, siempre acaban estando “presentes”, surgiendo de otras formas, las cuales no dejan de conllevar sufrimiento y dificultades para la persona. Además, no es cuestión de que pase el tiempo, de “olvidar” o, como tanto se dice, de “pasar página”, pues sólo se puede borrar algo que primero ha sido escrito.

Es decir, todo ello, y de distinta forma (hay sucesos de mayor gravedad que otros), aunque el secreto se sumerja bajo el manto del olvido y de la falta de memoria, o de forma más activa con amenazas para mantener el silencio, siempre están las huellas que acaban conduciendo a ello. Todo lo reprimido retorna. Las marcas de lo que no se dice siempre quedan en alguna parte, e insisten.

Es muy patente, por ejemplo, en casos de abuso sexual en la familia, cómo lo más traumático no son los hechos en sí, que lo son tremendamente, sino la imposición de silencio que en muchas ocasiones ha existido al respecto, incluso evitando escuchar el relato de la persona abusada. Las repercusiones a nivel psicológico son tremendas.

Cuando no se pueden elaborar hechos o acontecimientos, debido al silencio, es como si se produjera un agujero, el cual, con su fragilidad e inconsistencia, acabará poniéndose de manifiesto en forma de síntomas psíquicos (depresión, fobia, etc.), o incluso a través del cuerpo (ej. enfermedades psicosomáticas). Hablarlo permite ir haciendo algo a nivel psíquico con ese “agujero”, irlo suturando.

Estamos hechos de palabras, palabras que nos preexisten desde antes de nacer en el discurso de nuestros padres. Las palabras, no sólo las dichas, también las calladas, las secretas, tienen el poder de transmitir (a pesar del sujeto). Podemos ilustrar con otro ejemplo: tras morir un hijo se pone el mismo nombre al hijo siguiente, pero no se habla de ese hijo perdido, de su muerte, de lo que pasó, ni de la hecatombe emocional sufrida, pero en ese nombre cuánto de todo eso tan silenciado, cuánta carga emocional, se está transmitiendo al nuevo niño. He conocido algún caso, y son personas con importantes síntomas, frecuentemente psicosomáticos.

Las palabras pueden enfermar cuando permanecen reprimidas, y pueden curar cuando el sujeto puede hablar.

Es un error pensar que como un acontecimiento ocurrió hace mucho tiempo no se puede hacer nada al respecto y pasa a ser cosa del pasado. Se suele creer que sólo es cuestión de que “pase el tiempo” y, entonces, mejor no hablar de ello. Al contrario, este tipo de vivencias con todo lo que implican, sometidas a la ley del silencio, no sólo perduran, sino que sus efectos psíquicos se transmiten incluso a otras generaciones. No se transmiten a través de los genes, pero se transmiten.

En un trabajo psicoanalítico se trata de propiciar, escuchando, una forma de representar esos acontecimientos y hechos de los que se apartó a esa persona con el silencio impuesto, produciendo tantos efectos.

Lo traumático no son los acontecimientos en sí, por muy difíciles que puedan ser (se pueden ir elaborando), el problema es que queden reprimidos, y aparezcan y se repitan al no haberse podido procesar psíquicamente. De esta forma quedamos a su merced. Por eso es muy importante hablar, historiar, y que haya alguien que escuche (no que oiga, sino que escuche).

Con esto tampoco quiero decir, ni se trataría de ello, que hay que hablar y hablar, a veces las palabras son insuficientes para expresar determinadas vivencias. Nos faltan palabras por ej. cuando muere un ser querido, pero en cualquier caso ese silencio es diferente de lo que sería esa especie de “prohibición de hablar”. El primero sería un silencio abierto a las palabras, a poder decir y a querer escuchar por parte de los otros, no es un silencio que inhibe y cierra la palabra, sino que la propicia, diferente completamente de los silencios, secretos y tabúes familiares.

¿Por qué hablar del cuerpo en un espacio como éste, que no es de Medicina?

Las consultas por enfermedades psicosomáticas y síntomas físicos, en las cuales se ha descartado un origen orgánico, son relativamente frecuentes. En ocasiones es el mismo médico quien recomienda la consulta (casos de fibromialgia, hipertensión, cardiopatía, problemas digestivos, en la piel …).  Tratar  este tema requiere abordar la cuestión del Cuerpo.

De forma general podemos decir que hay una relación entre lo corporal y lo emocional (por ejemplo, después de un disgusto se puede sentir que se «cierra” el estómago, no se puede comer, o se produce dolor).

Con frecuencia el sufrimiento psíquico se expresa o aparece a través del cuerpo: cuadros de ansiedad, problemas digestivos, dolores y molestias diversos, enfermedades psicosomáticas (colon irritable, ezzemas y determinadas enfermedades de la piel, alergias, asma, etc.).

En ocasiones, tales molestias interrogan a la persona, que ve el rastro de cuestiones relacionadas con su historia o con sus vivencias, por ej. “todo empezó cuando empecé la universidad”.

En otros casos, el fenómeno psicosomático es vivido como algo separado de lo psíquico, algo que se muestra en el cuerpo pero sin simbolizar, como puede ser el caso de un ezzema, hipertensión, etc.).

Aunque a veces se recurre a la explicación «genética» de determinados problemas físicos, en un intento de dar una explicación, y vivimos en una época en donde predomina el enfoque biologicista, bioquímico y genético de las enfermedades, cada vez más por otro lado, se sostiene que la “herencia”, lo heredado, sería más bien una predisposición, una “facilitación” genética,  y que dependería del contexto social/familiar/ambiental, para que dicha predisposición genética tenga un efecto patológico o no. Es decir, lo genético es inseparable del contexto, y de las vivencias y experiencias particulares de cada persona.

También es fácil observar como una enfermedad “orgánica” no viene en cualquier momento de la historia de una persona (historia subjetiva). Por ejemplo, en muchas ocasiones, en el surgimiento de una enfermedad física, se ve el rastro de un estado depresivo (algunos casos de eclosión de una demencia tras la muerte de un ser querido, determinados procesos de cáncer …).

Estas consideraciones tienen que ver con una idea fundamental en la que queremos insistir hoy y que nos puede ayudar a entender la complejidad del psiquismo humano, así como de síntomas y enfermedades que afectan al cuerpo o surgen en relación con él, tal como hablamos, pero cuyo origen no es exclusivamente físico.

Esta idea central es que para el ser humano el cuerpo no coincide con su  organismo. El organismo es lo que nos es dado, pero el cuerpo se “construye”, además de con el organismo, con la imagen y con las palabras. Y esa imagen y esas palabras nos vienen de Otro.

Resumiendo, estaría en juego:

  • Lo real del organismo
  • Lo imaginario de la apariencia
  • Lo simbólico del nombre

Es decir, el cuerpo es algo que se construye a través del lenguaje y requiere claro está un organismo vivo y una imagen que le da unidad.

El niño no puede construir eso sólo. El niño no viene al mundo con una noción o vivencia de su cuerpo, de su yo, de su unidad.  Lo construye con las palabras de las personas que le traen al mundo (palabras que le preexisten ya antes de nacer) y a través de esa relación con esas figuras fundamentales (materna y paterna), que le permiten construir una imagen de su cuerpo. Los hilos de lo orgánico y de las palabras, se entrelazan en el mismo tejido.

El niño llega al mundo rodeado de palabras (cómo ha sido “deseado”, cómo se le imagina, cómo será, qué se espera de él o se proyecta en él, el nombre que se le da, etc.). Palabras que remiten a cuestiones conscientes pero también inconscientes de los progenitores.

Hablamos por tanto del mundo simbólico. El niño tiene que ser hablado por sus predecesores, formar parte del contexto familiar, de sus ideales o rechazos, es decir, de un medio social-histórico.

Además, junto con ese mundo simbólico, de lenguaje, está la mirada de esas figuras fundamentales que devuelve al niño una imagen de unidad, de un cuerpo unificado, a modo de espejo (Lacan, psicoanalista francés, formuló lo que denominó “Fase del Espejo”). Es ese Otro que le dice al niño “eres tú”, “eres Ana”, “eres mi hijo”, “eres guapo», «eres inteligente …”, «te pareces a …».

Lo que el niño sabe inicialmente de su cuerpo, de él mismo, le viene de fuera, aunque luego venga a unirse a sus propias sensaciones, a lo que él percibe a través de su cuerpo y de sus sentidos, ese contorno, esa piel, esa imagen de unidad que luego construye.

Son las palabras, en primer lugar las de la madre, las que desde el primer instante van anudándose a esas primeras sensaciones y procesos físicos que se dan en el organismo del niño (relacionados con la alimentación, la higiene, los cuidados …).  Funciones corporales, procesos orgánicos, sensaciones físicas,  que nunca, ni desde antes de nacer, transcurren solos, siempre están entrelazados a ese mundo de palabras y deseos de los progenitores.

Aunque estos procesos se den de forma “espontánea”, “natural”, no se trata de un proceso orgánico exclusivamente, instintivo o madurativo. Y todo lo que ocurre ahí es de trascendental importancia, porque tiene que ver con la relación con los otros (palabras, símbolos, historia).

Por eso, la estructuración psíquica de una persona, los primeros años de la vida son tan fundamentales y determinantes. Es donde nos construimos como seres humanos, no somos exclusivamente un organismo.

Todo lo dicho nos permite pensar en los avatares de ese proceso de constitución y “desarrollo” del niño:  carencias o excesos en los cuidados, expectativas, ideales, etc., sin hablar de situaciones traumáticas, abandono, abuso, maltrato, etc., y su interrelación con el cuerpo.

Ese “anudamiento” entre  organismo real – imagen – palabras, que conforman lo que somos, cuerpo y mente, explica la complejidad de la persona y permite entender por qué hay sufrimientos que se expresan a través del cuerpo, o por qué el cuerpo “muestra” o “expresa” lo que no podemos decir o poner en palabras, y aparecen en él “marcas” de vivencias que no se pudieron simbolizar.

 

Se trata de un tema fundamental. Muchos problemas psicológicos que aparecen en la edad adulta, algunas “depresiones” sin causa aparente, tienen su origen en pérdidas y duelos no elaborados en la infancia.

 

Las vivencias de pérdida son importantes

La vivencia de pérdida es algo presente ya desde los primeros años de vida: el mismo hecho de nacer de alguna forma lo es (dejar ese “paraíso” que es la vida uterina, de repente tener que respirar, alimentarse, sentir frío, etc.). Y a partir de ahí otras sucesivas (perder el seno materno, el chupete, dejar de ser el centro de atención de los padres porque nace un hermanito, que se muera una mascota, etc.).

Lo que ocurre con estas pérdidas, es decir, con estos duelos, es fundamental en relación a lo que ocurrirá con otras posteriores, y por supuesto con la pérdida de seres queridos (abuelos, padres, hermanos, amigos, etc.).

Al igual que en el resto de cuestiones y aspectos de la vida, con respecto a los niños, es fundamental lo que ocurre en la familia, lo que hagan los padres (o personas que realicen esa función), en definitiva, los adultos, con respecto a las situaciones importantes de pérdida y duelo. Pueden ayudar al niño a elaborar dichas experiencias, o pueden obstaculizar que esa elaboración pueda realizarse.

Nos encontramos en una sociedad que vive, en general muy de espaldas al malestar y a las vivencias de pérdida, enfermedad o muerte. No sólo en tanto la muerte como tal ha quedado reducida al ámbito hospitalario, con ritos funerarios rápidos. Lo vemos en actitudes predominantes hoy en día, tales como “hay que ser positivos”, “hay que pasar página” etc. Se tiende a mirar a otro lado, a eludir o negar lo que nos afecta y lo que nos causa dolor.

Hay muy poca tolerancia al malestar y a los sinsabores de la vida. Estar triste enseguida se asimila a tener “depresión”. Por ejemplo, no es raro que se receten fármacos para el duelo. Hay prisa e incomprensión sobre estos procesos de elaboración de la pérdida (lo vemos en el ejemplo de un paciente que había perdido a su madre y a los pocos meses su pareja insistía en ir al psiquiatra para medicación, “porque había pasado mucho tiempo y ya tendría que estar bien”).

Con frecuencia, si no hay una explicación rápida y aparente de un malestar, enseguida se deduce que no hay causa, o se recurre a la explicación del “desequilibrio bioquímico” en el cerebro. Estas explicaciones, junto con la medicación, acaban produciendo un mayor alejamiento afectivo en la persona con respecto a o que le ocurre y a lo que está en el origen de su malestar, produciendo mayores dificultades para elaborarlo.

Estamos inmersos en una “cultura de la pastilla”: algo externo ha de producir un cambio interno, en detrimento de lo vivencial, de la idea de proceso y de elaboración psíquica.

Vivimos en una época que sostiene más que nunca que el malestar cotidiano se debe a la ausencia del objeto adecuado que pueda evitarlo (ej. psicofármacos, objetos de consumo, o determinadas sustancias). No quiere oírse que no todo malestar (del alma, del corazón o como queramos decirlo) es una enfermedad, que la falta forma parte de nosotros, y que no hay un objeto que pueda colmarnos por completo.

Se tiende a dar todo a los niños, a taponar con objetos esta falta que es constitutiva del ser humano. ¿Qué ocurre finalmente? Que los niños no atraviesan esas experiencias que les permiten simbolizar la frustración y la pérdida, y esto también va a tener una gran importancia en la posibilidad de afrontar otras pérdidas mucho más importantes que se pueden presentar y en cuanto a la realización del duelo. Además, cada pérdida evoca a las anteriores, por eso es tan importante la época infantil con respecto a este tema.

Por todo ello, la responsabilidad como adultos, a nivel familiar y social es enorme.

Es algo en lo que quiero insistir hoy.

 

Actitudes que dificultan el proceso de duelo en los niños

Hay actitudes que son muy frecuentes y dificultan tremendamente el proceso de duelo en el niño, con todo lo que ello supone para el futuro. Ya nos hemos referido a comentarios del tipo “hay que pasar página”, “hay que ser positivo”, “distráete”, no tolerar o comprender que la persona llore o esté triste …

Con los niños se llega a extremos sorprendentes, por ejemplo, actitudes como las siguientes:

  • Pensar que decir “no” a un capricho o deseo del niño es “malo” o “traumático” porque le causará tristeza o malestar. (Es una actitud muy extendida, con muy negativos efectos en los niños).
  • No dejar que el niño tenga la vivencia de pérdida u ocultarla: por ejemplo, se muere una mascota, se compra otra inmediatamente para que el niño no lo note y “no sufra”.
  • Se dicen mentiras insostenibles sobre lo que ocurre: por ejemplo, muere un abuelo y se dice al niño que “está de viaje”, sin más explicaciones.
  • Se excluye a los niños de momentos importantes (hospital, entierro, etc.). Una cosa es evitarles ciertas situaciones impactantes, según la edad, otras dejarles fuera de todo, ajenos a las vivencias de la pérdida y su proceso.
  • No se tolera que el niño esté triste, abatido, llore, con expresiones como “tienes que ser fuerte”, “los chicos no lloran” …
  • Se instala un manto de silencio sobre todo lo que tiene que ver con la pérdida vivida. Por ejemplo, un niño que encuentra a su padre suicidado y, no se habla de ello, ni se explica, solamente se instala el silencio y el vacío. O un padre/madre que abandona a la familia cuando el niño es pequeño, y no se vuelve a hablar de él/ella, ni a nombrar.

(Todos los casos mencionados son reales, escuchados en el trabajo clínico con pacientes en consulta).

No hablamos, por supuesto, de que los niños tengan que sufrir innecesariamente, o de que no haya que cuidar qué situaciones están viviendo, ni atender a lo que puede afectarles, teniendo en cuenta su edad y características, pero sí quiero insistir en las actitudes y planteamientos, que abundan, por otro lado, y que dificultan enormemente la posibilidad de los niños de elaborar pérdidas y realizar el duelo.

Claro que como padres o adultos nos gustaría ahorrar sufrimiento a nuestros hijos o a los niños en general. Pero, si se produce una herida, todos aceptamos que es algo que ocurre a veces en la vida, que hay que desinfectarla, cuidarla, y que llevará cierto tiempo que cure. No se nos ocurriría poner una venda sin desinfectarla, no pensaríamos solamente en tomar analgésicos para el dolor, o mirar para otro lado para no verla, ignorando que podría infectarse.

Lo que no se hace con una herida física, sí se produce con frecuencia con esas otras heridas, las del alma, con las experiencias difíciles (pero importantes) de la vida, que originan sentimientos o emociones intensos.

Esas experiencias, que causan heridas del alma (muerte u otro tipo de pérdidas), también llevan su proceso de “cicatrización”, para lo cual tenemos también ciertos recursos: ese trabajo psíquico que es el duelo, con su proceso de experimentar la pérdida y las emociones que conlleva, hasta su elaboración.

 

 

 

¿Cuáles son los problemas y síntomas más frecuentes en los niños?:

Los niños suelen hacer síntomas que están relacionados con funciones corporales o con aspectos que son importantes para los padres. Síntomas que, aunque transcurran en el plano físico, siempre van asociadas a la relación con aquellos (o personas que realizan dicha función materna/paterna) y al plano emocional.

Enuresis, miedos, fobias, problemas con la alimentación, con el sueño (pesadillas), nerviosismo e hiperactividad, problemas de comportamiento (rabietas, pataletas, irritabilidad, agresividad), problemas escolares (de aprendizaje, de rendimiento, de relación), cuadros depresivos, síntomas psicosomáticos (problemas digestivos, dolor de cabeza …), etc.

Suelen darse diferentes actitudes por parte de madres y padres a la hora de encontrarse con tales problemas. Por ejemplo:

  • Pensar: “ya se le pasará, es pequeño, mejorará cuando crezca …“
  • Considerar que su hijo/a “es así, es su carácter, ha nacido así”, o bien “yo también era así de pequeño/a …”
  • Tener sentimientos de culpabilidad, lo cual puede influir a la hora de demorar una consulta con un profesional.
  • Pensar que es preciso consultar ante la más mínima cuestión.

Los síntomas expresan un conflicto, por lo que lo importante no es la apariencia externa del síntoma, sino poder desvelar, “desanudar” ese conflicto. Un mismo síntoma no significa lo mismo en un niño que en otro, son muchos los elementos en juego. Por ejemplo:

  • Un niño con importantes problemas de aprendizaje y comportamiento, de cinco años: su padre se había marchado siendo bebé, y nadie le habló nunca del padre, ni siquiera de su existencia.
  • Otro de la misma edad, también con problemas de aprendizaje y comportamiento, relacionados con falta de límites por parte de los padres, excesivamente a disposición del pequeño.
  • Niña de seis años, con enuresis tras el nacimiento de un hermanito.
  • Otra niña con el mismo síntoma tras sufrir un abuso sexual.

Son ejemplos de problemas o síntomas aparentemente similares, pero muy diferentes en cuanto a su origen, alcance, y seguramente proceso de evolución. Por eso es imprescindible explorar la situación y atender a lo particular de cada caso.

Es difícil pensar que un hijo pueda sufrir sin sentir responsabilidad o culpabilidad como padres.

Siempre insistimos en la trascendencia de la época infantil, en tanto se constituye el psiquismo de la persona y ello lleva a plantear si son los padres los causantes o “culpables” de los problemas o síntomas de sus hijos. Sobre esta cuestión es fundamental realizar varias consideraciones:

Aunque no hayan existido situaciones traumáticas, pese a no pertenecer el niño a una familia desestructurada, problemática o marginal, aun cuando se trate de un “niño deseado”, incluso así el niño puede sufrir. Los síntomas o problemas se van construyendo y forman parte de cualquier estructuración psíquica. Crecer no es un proceso lineal, madurativo, con pasos que se van cumpliendo. Existen momentos de obstáculo y dificultad que podríamos decir se “disuelven” por sí solos. Es decir, los conflictos forman parte del psiquismo humano.

Cuando el niño nace viene a ocupar un lugar en el deseo inconsciente de los padres con respecto a ese hijo en particular, lo cual tiene a su vez que ver con la historia familiar de cada uno de ellos y con sus respectivas maneras de vivir la maternidad o paternidad. Pero la estructuración psíquica del niño sería imposible sin estos deseos que forman sus primeras marcas subjetivas, el primer marco que posibilitará un lugar simbólico en el mundo.

No se puede prescindir de esa “influencia” o de esa “causación” de las figuras materna y paterna que es estructurante, ni de esa herencia que se transmite en su mayor parte de manera inconsciente (y que con frecuencia hace confundir y pensar que son cuestiones de herencia genética).

Por otro lado, las actitudes y reacciones de los padres son enormemente importantes: que transmitan seguridad, estabilidad, capaces de escuchar y ponerse en el lugar de su hijo, que sepan dialogar y comunicarse, que puedan conjugar flexibilidad con límites claros y estables, coherentes en sus planteamientos y forma de vida, es decir, todo lo que tendría que ver con el cuidado y la educación de los hijos, son cuestiones fundamentales. Por otro lado, son aspectos en los que como padres se puede trabajar, interrogarse y “aprender”.

En este sentido, todo lo que comentamos (de los padres) tendrá que ver con los posibles problemas de ese hijo, pero también con sus aspectos positivos, sus elecciones vitales, sus ideales y con parte de sus éxitos.

Tampoco hay que olvidar la responsabilidad de cada uno de nosotros (todos hemos sido hijos) en relación con eso que “heredamos” de nuestros padres y de quienes nos preceden, qué haremos con ese legado, cómo lo utilizaremos y en qué lo transformaremos. Tenemos una responsabilidad que es nuestra, de construir nuestra vida, también de intentar asumir nuestras dificultades y afrontarlas.

En caso de un problema o síntoma de un niño, más que sentirse culpables, lo fundamental es poder “preguntarse”. En ocasiones hay que hacer un trabajo de desculpabilizar a los padres, porque dicha culpa les bloquea, por ejemplo, cuando un hijo presenta problemas tras una separación. Con frecuencia, en el trabajo clínico con niños, el hecho de que los padres empiecen a hacerse preguntas tiene efectos muy rápidos y positivos en el problema del niño, porque eso ya implica un cambio de posición en los padres con respecto al pequeño y a lo que ocurre, y tiene efectos en él.

¿Cuándo consultar?

  • No hay que consultar al primer signo de dificultad o de aparición de algún síntoma o problema, como decíamos anteriormente, el proceso de crecer y desarrollarse psicológicamente no es lineal ni sin conflictos.
  • Sí está indicado hacerlo cuando se observa que no se trata de algo pasajero sino que se instala y permanece.
  • También cuando por la intensidad del síntoma y la afectación del niño es importante explorar qué está pasando y, en su caso, poder proporcionar ayuda al pequeño.

¿Existe eso que llamamos «Normal»?

Hoy en día, procesos comunes -tal como es el duelo, por ejemplo- están siendo diagnosticados como trastornos psicológicos y medicados. El duelo es un proceso de elaboración de una pérdida, en este sentido podemos decir que se trata de un proceso “saludable”, sin embargo, con frecuencia se está diagnosticando como “depresión”, administrándose antidepresivos.

¿Qué referentes se están aplicando al funcionamiento psíquico para determinar y concluir, como ocurre con el proceso de duelo, que estamos ante un trastorno –depresión-, y que constituye algo a medicar?

¿Qué es «normal»? ¿Existe eso que llamamos «normal» cuando hablamos de la psique humana?

Aparte de que generalmente nos tranquiliza poner esa barrera “Normal / Patológico” y colocarnos detrás, en el lado de “lo normal”, ¿dónde está el límite entre lo normal y lo patológico? ¿existe realmente este límite?

Es un tema importante porque dependiendo de la concepción que exista sobre ello se derivan cuestiones trascendentales: ¿qué es y cuál es el sentido del síntoma? ¿de qué se trata a nivel terapéutico?, etc.

“Normalidad” es un concepto confuso, parecería que sabemos de qué hablamos, pero no es así.

En los Manuales de Psiquiatría contemporáneos, con el predominio de la psiquiatría biologicista, queda patente que:

  • “Normal” es un término estadístico que hace referencia al promedio aceptado.
  • “Normal” hace referencia a lo que se toma como norma o regla social, aquello que es regular y ordinario para todos.

La primera definición (término estadístico) no puede aplicarse a lo psíquico, ya que las variables no son mensurables. No es posible hacer promedio.

La segunda (norma o regla social) parece aplicable, pero si pensamos en lo psíquico, ¿quién determina lo que se toma como norma social?, ¿quién y cómo establece qué es aquello regular para todos? Temas como el tratamiento dado a la homosexualidad hasta no hace muchos años son claros ejemplos.

Como vemos hay una dimensión ideológica en juego que es algo fundamental porque tiene que ver con la forma de entender el funcionamiento de la psique humana, y ello va a determinar la manera de trabajar de psicólogos y psiquiatras.

Podríamos decir que hay dos perspectivas fundamentales:

 Una, en la cual se entiende que hay una normalidad y se intenta conducir y adaptar los pacientes a ella. Esta corriente trata los síntomas como algo a eliminar con rapidez y a toda costa. El síntoma es el trastorno.

Otra, en la cual se acepta que no hay un modelo al que adaptar a las personas, y se busca escuchando a los pacientes, abrir el camino a cada persona para que ésta se desarrolle, a partir del conocimiento de su propia naturaleza, y de elaborar aquello que le ha hecho ser quien es. En esta corriente los síntomas son algo a escuchar, y se resuelven sabiendo lo que estos vienen a decir. Hablamos del enfoque psicoanalítico. No intenta eliminar los síntomas de entrada, no aspira a reconducir a ninguna supuesta normalidad, uniformizada.

Es decir, resumiendo, a nivel del tratamiento terapéutico:

¿Se dirige al paciente o se trabaja con él?

¿Se dirige un tratamiento o se adoctrina al paciente?

¿Se somete a un ideal, normalización, etc., o se acompaña al paciente en la búsqueda (podríamos decir) de su propia libertad?.

No es sólo una cuestión de suministrar o no pastillas lo que está en juego sino también esta “dimensión” ideológica de la que hablamos.

Hoy en día predomina un enfoque biologicista del funcionamiento psíquico (desequilibrios neuroquímicos, déficit de serotonina, etc.), con enormes consecuencias.

Lo que se utiliza a nivel mundial, y predomina, para catalogar los supuestos problemas mentales, es el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico, -Asociación Americana de Psiquiatría-). Es el manual en el que se definen y se describen las supuestas patologías mentales. En la actualidad se utiliza la 5ª revisión (de 2013),

Este “Manual” se revisa periódicamente para supuestamente adaptarlo a los “avances del conocimiento científico”. El problema es que hablar de “lo científico” es sumamente complejo tratándose del psiquismo humano. Y, además, esta clasificación en “enfermedades o trastornos mentales” es una agrupación por síntomas, lo cual es sumamente problemático.

En cada revisión se añaden supuestas «enfermedades o trastornos», muy discutibles, que provocan una medicalización excesiva, o nombrar como «trastornos/ enfermedades» cuestiones que serían más bien problemas del día a día (ej. llegar a confundir un proceso de duelo con depresión, o niños con rabietas por falta de límites con “hiperactividad y déficit de atención”). Los efectos de todo ello son bastante perniciosos y muy cuestionables. El mismo Allen Frances (Nueva York, 1942), que dirigió durante años el Manual Diagnóstico y Estadístico y dirigió el equipo que redactó el DSMIV está siendo muy crítico con este tema y ha escrito un libro al respecto.

El Dr. Frances, explica cómo ya en el DSMIV se introdujeron nuevos trastornos que luego han conllevado una multiplicación exponencial de diagnósticos y medicalización, pues si dichos trastornos existen formulados como tal, los psiquiatras y profesionales los diagnosticarán, sobre todo cuando al mismo tiempo (y ese es el gran problema) se están ofertando por parte de las farmacéuticas medicamentos que supuestamente los tratan, creando un círculo vicioso de nefastos efectos. Él argumenta que esto está ocurriendo con diversos temas: el llamado Déficit de Atención e Hiperactividad, el Síndrome de Asperger, etc. Cita que en Holanda en 2009 (después de aplicar el DSMIV) ya el 34% de los niños eran tratados de Hiperctividad y Déficit de Atención, y cuenta que de forma general los nuevos criterios establecidos sobre la hiperactividad en el DSMIV hicieron que el diagnóstico se multiplicara por 40.

Puesto que el Manual es una especie de guía mundial, los efectos se observan mundialmente.

Con respecto al DSMV (2013), muy criticado, y en el que él no participó, dice que la “inflación diagnóstica que se dio con el DSMIV supondrá una hiperinflación con el DSMV”, y comenta que con esta nueva revisión “todos podríamos ser considerados prácticamente enfermos mentales”, añadiendo “hemos creado un sistema diagnóstico que convierte problemas cotidianos y normales de la vida en trastornos mentales”.

Son cuestiones trascendentales, ya que muchas personas que pueden consultar por tener determinados síntomas o dificultades, se encuentran con frecuencia con un “diagnóstico” del tipo: “Ud. Tiene depresión”, “su hijo tiene TDAH”, etc. Y por desconocimiento, entre otras cosas, lo toman a la manera de una enfermedad: tienen un trastorno/enfermedad, es necesario medicarse, con el objetivo de restablecer el supuesto estado de “normalidad”, y así conseguir eliminar esos síntomas.

Excesivo uso de pantallas en los niños.  El empobrecimiento simbólico infantil actual.

Con más frecuencia vamos estando confrontados en la clínica a síntomas y efectos en la subjetividad de las personas que ponen de manifiesto un empobrecimiento simbólico gradualmente en aumento y especialmente preocupante en la infancia.

Hoy quiero centrarme en la incidencia del uso de las nuevas tecnologías con los niños –cada vez de más corta edad- y en algunas de sus repercusiones.

Comienza a ser habitual que los padres, sin apenas cuestionárselo, refieran calmar la inquietud, el llanto, las rabietas, o simplemente responder a las demandas de sus hijos -en ocasiones de pocos meses de edad- poniéndolos delante de una pantalla, en muchos casos incluso como modo de distracción la mayor parte del tiempo. Es algo observable a nuestro alrededor, en salas de espera, transportes, restaurantes, etc.  De forma progresiva el tiempo de los niños está viéndose centrado en el uso de pantallas y objetos tecnológicos, su atención captada por las imágenes que proceden de éstos, y su relación con los otros quedando interferida y perturbada por la relación con los objetos visuales a través de los diferentes dispositivos digitales.

Si bien, evidentemente, no se trata de condenar la existencia de determinados recursos tecnológicos, que ineludiblemente forman parte del mundo actual, ni de reprobar su utilización,  sí es importante interrogarnos sobre determinado  uso con los niños y los efectos en su estructuración psíquica y su subjetividad.

Actualmente, desde los primeros meses, los niños están sumidos en el predominio de la imagen y de los estímulos visuales a través de los diferentes dispositivos existentes, algunos de ellos de muy fácil acceso y traslado (móvil, tablet …), sencillos de manejar e interminable uso.  Dichos dispositivos, que han pasado a ser objetos de presencia constante en nuestras vidas,  con su oferta de múltiples e incesantes  estímulos, están además supliendo la relación directa y personal con el niño,  están sustituyendo la presencia activa de los padres en su contacto con los hijos y –lo que es fundamental- la relación estructurante padres-hijos se está viendo afectada.

El niño desde que nace, incluso ya antes de su concepción,  viene a ocupar un lugar en el deseo de los padres, es siendo hablado por Otro, como efecto del lenguaje y a través de las palabras que contornean y atraviesan lo real, como se constituye una falta y es posible la existencia como sujeto de deseo.

La presencia difuminada de los padres y adultos, unida al uso de las pantallas de forma continua e indiscriminada, está empezando a constituir un problema. Las imágenes, los estímulos visuales, funcionan como objetos capaces de obturar cualquier vacío. Este deja de ser algo a representar convirtiéndose en una especie de agujero a ser colmado con el objeto siempre repuesto, tal y como sucede en esa  sucesión indefinida y fascinante de imágenes que promueve la pasividad del niño y altera su capacidad de elaboración psíquica, la cual requiere tiempos de espera, discontinuidad, ausencias …

Esa sucesión de satisfacciones inmediatas e instantáneas conforman un aglutinado  -obstáculo a la simbolización-,  sin espera, sin ausencias, sin discontinuidad, sin distanciamiento subjetivo, sin relato, sin elaboración psíquica, es decir, dificultando la subjetivación y aniquilando el deseo.

Laura tiene 7 años de edad. Apenas ha entrado a la consulta, y tras echar un vistazo a su alrededor, exclama contrariada: “¿aquí no tienes tablet o móvil? … es que me aburro”. Enseguida aclara que lo que le gusta son los videojuegos con los que se entretiene siempre que  puede (que suele ser buena parte de su tiempo no escolar), especialmente uno en el que ha de localizar determinados objetos entre otros que van apareciendo en una cinta transportadora similar a la de la caja de un supermercado. Sólo ha de mirar y mover un dedo sobre la pantalla. Así, y con juegos parecidos puede pasar horas. Durante la sesión insiste en su aburrimiento, sin apenas poder desplegar ningún juego con los materiales a su disposición (pinturas, construcciones, muñecos, etc.), sólo observándolos con recelo, sin dejar de moverse inquieta y agitada por la sala, actuando su malestar.

Laura es uno de los casos, cada vez más frecuentes, en los cuales se observa un cambio en el juego infantil,  una progresiva devaluación de los juegos que precisan creatividad y fantasía, y, en resumidas cuentas, un deterioro de la capacidad de jugar (es decir, de representar simbólicamente).

Se ha instaurado una búsqueda de sensaciones que alejan de cualquier sentimiento de insatisfacción, vacío, carencia, aburrimiento, soledad, en donde no hay intervalos, ni discontinuidad, lo cual es muy diferente del juego como instrumento de elaboración de lo real, como despliegue de la fantasía y de la imaginación, como  forma, a fin de cuentas, de encontrarse y arreglárselas con la falta estructural de objeto. Entre sus posibles consecuencias, los niños quedan aferrados a los objetos (visuales) suministrados, que no dejan de instaurar la ficción de un goce alcanzable.

A veces algo en la vida es motivo de crisis. Un cambio, un suceso inesperado que irrumpe y que puede afectar a distintas áreas de la vida: el trabajo, el cuerpo, la relación de pareja, las creencias …

Por ejemplo, una ruptura sentimental, una pérdida, un nuevo puesto de trabajo, un cambio en el estado civil, etc. pueden ocasionar crisis. En ocasiones ni siquiera se trata de una vivencia negativa; por ejemplo, conseguir un mejor puesto de trabajo puede desencadenarla.

La crisis está unida a la vida, podríamos decir que no hay vida sin crisis. Con frecuencia tiene que ver con momentos del ciclo vital humano: el destete, la pubertad/adolescencia, la maternidad y paternidad, la menopausia/andropausia, el envejecimiento … Otras, con situaciones y acontecimientos, como  elegir estudios o profesión, una separación, etc.

Son algunos ejemplos de las crisis vitales que caracterizan la existencia humana. La etimología de la palabra tiene que ver con un momento de decisión, una decisión significativa en nuestra vida.  “Crisis” procede del griego, significa “separar”, “decidir”.

La vivencia de crisis nos sitúa en un momento “agudo”, de conflicto, en el cual es necesario pensar, reflexionar, elaborar psíquicamente, hacer cambios, tomar decisiones, resolver.

Es un estado de confusión, en donde sentimos cierta desorganización interior, también inseguridad, miedo, sentimientos de pérdida, incluso vacío. Lo anterior ya no nos sirve de la misma forma. La situación nos confronta a un cambio, a reformular nuestra posición, a tomar decisiones, a replantearnos nuevos objetivos. Pueden aparecer sentimientos de tristeza, sufrimiento, angustia …

Podemos entender entonces las crisis, de modo general, como la repercusión psicológica de complejas situaciones vitales, con sus cambios, la forma en que éstas son vividas por la persona a partir de múltiples y variados factores: coyunturales, familiares, sociales, económicos, así como de su propia historia y de aspectos inconscientes.

Hay crisis relacionadas con el desarrollo en las distintas etapas de la vida, en donde confluyen tanto la evolución física como psíquica de la persona. Son momentos del ciclo vital que nos confrontan a nuevas exigencias, y es necesario un periodo de transición, no se da de forma inmediata el despegarse de una situación pasada y adaptarse a otra nueva. Por ejemplo:

  • La pubertad/adolescencia (cambios físicos, hormonales, psicológicos, dejar la vida de niño, etc.)
  • La crisis de los 40 (factores psicológicos, sentimiento de estar en mitad de la vida y replantearse el futuro …)
  • La menopausia/andropausia (factores hormonales importantes, perder la fertilidad, menor vitalidad …)
  • La tercera edad (jubilación, envejecimiento y problemas físicos, pérdidas …)

Cada persona tiene su propio transitar por tales etapas y vivencias, no afectan por igual a cada uno.

También son frecuentes otros momentos de crisis relacionadas con los acontecimientos y vivencias que pueden ocurrir en nuestra vida:

  • Separación/divorcio
  • Pérdidas o muerte
  • Enfermedades físicas
  • Desempleo o problemas laborales
  • Un nuevo trabajo
  • Problemas económicos.
  • Etc.

En un proceso de crisis es normal hacerse preguntas, agobiarse, tener miedo al cambio. Nuestra mente querría encontrar ya la solución, tener claro el camino a seguir y las decisiones a tomar, pero con frecuencia eso no es posible, hay que ir transitando por la niebla y descubriendo el camino.

En ocasiones los cambios (sean internos o externos) pueden llegar a superar la capacidad de la persona para elaborarlos, resultando complicado adaptarse a ellos. Puede ser un momento indicado para consultar.

En el transcurrir por la vida, que nos confronta a distintas situaciones de crisis, es fundamental contemplar que la vida es un continuo cambio.

Es fundamental reflexionar sobre nosotros mismos, nuestras decisiones, nuestros deseos y metas.

A veces veo pacientes cuya vida ha constituido una auténtica “huida hacia adelante”, “hacer, hacer …”, con gran dificultad para elaborar sus vivencias, para detenerse a mirar si están atendiendo a lo que necesitan y desean realmente, a lo que piensan y creen. En un momento dado, cuando menos se lo esperan, algo les interpela, y de repente todo parece desmontarse, surgiendo la crisis personal.

Las crisis son difíciles y dolorosas, pero al mismo tiempo son la oportunidad de poder cambiar, de tomar decisiones importantes, de evolucionar.

A través de lo que implica la vivencia de crisis, la confusión, el sufrimiento, las dudas, se abre la posibilidad de comenzar a abordar de otra forma la situación, de realizar cambios o nuevos enfoques.

Son momentos en que suele producirse un mayor conocimiento de uno mismo, y se integran nuevos aspectos propios.

No hay que pretender vivir en un estado “plano” de sentimientos y vivencias; las pérdidas, el sufrimiento, las dudas, los cambios, son inevitables y forman parte de nuestra vida.