La travesía del duelo

En el viaje en el que consiste nuestra vida existen travesías, como el duelo, difíciles de transitar.

Aunque el trayecto que vayamos realizando transcurra por diferentes mares, se trata de una travesía que antes o después surgirá en nuestro camino.

La pérdida forma parte de nuestra vida, el mismo hecho de nacer es ya una experiencia de pérdida de ese “paraíso” intrauterino en el que nos formamos. A partir de ahí nos vamos enfrentando a otras sucesivas a lo largo de los años: perder el seno materno o el chupete, dejar de ser el centro de atención de la familia porque nace un hermanito, una ruptura sentimental, perder un empleo, etc.

Por más que nos hallamos en una sociedad que vive muy de espaldas a la enfermedad, a la pérdida y a la muerte, en un mundo agitado y veloz, saturado de información, pleno de estímulos, que incita continuamente a las satisfacciones rápidas y a la evasión, la vivencia de pérdida forma parte de nuestra vida.

La mayor pérdida que podemos vivir, como es la muerte de un ser querido, es una experiencia que afecta por completo a nuestra existencia. De repente todo parece caótico, se tambalean los cimientos personales, se altera la percepción, la concentración se perturba, se trastoca la vida laboral y social, y hasta las propias ideas y creencias se conmueven.

Supone un desgarro, algo inabordable, incomprensible, es enfrentarnos a un real con el que no podemos. No existe un recorrido a seguir, el proceso de duelo es ese trayecto que consiste en atravesar un lugar desconocido, es una experiencia que transforma al que pasa por ella.

El duelo es ese “trabajo” psíquico, ese pasaje que permitirá superar las consecuencias de la pérdida y encontrar una salida que restablezca un relativo bienestar.

En este camino nos acompañan complicadas vivencias, es habitual encontrarse con sentimientos intensos y contradictorios. Además de una profunda tristeza, otros como rabia, incredulidad, culpabilidad (tanto por lo dicho o hecho como por lo no expresado o no actuado, incluso por el mero hecho de estar vivo), pérdida del sentido de todo lo que nos rodea, etc. Rememorar a la persona perdida, llorar, evocar momentos vividos, poner palabras al dolor, expresar lo que se siente, simbolizar la ausencia, dando otro lugar a la persona perdida, forma parte de este proceso.

En este recorrido es fundamental respetar el ritmo del doliente, cuántos apremios y exigencias se llegan a plantear casi siempre con las mejores intenciones. Expresiones como “hay que pasar página”, “la vida sigue”, “es ley de vida”, etc. son un buen ejemplo de determinadas actitudes ante la persona que está viviendo una pérdida, las cuales lejos de ayudar -y aunque se digan con tal intención- producen gran opresión y causan un profundo dolor.

Transitar por esta travesía, hacer el duelo, es un camino, se trata de un recorrido que hay que realizar, sabemos el punto de partida, el puerto del que salimos, pero desconocemos el alcance de las olas y el trazado de nuestra ruta. La travesía será particular para cada persona, dependerá del propio barco y de su estado actual, de las grietas anteriores que ya se produjeron durante la navegación, de los vientos y del oleaje que van apareciendo en el viaje, así como de la vivencia de otras pérdidas posibles que se añadan al camino.

Siempre se dice que “el tiempo lo cura todo”, pero es preciso aclarar que no es debido al paso del tiempo en sí mismo, tiene que ver con que el hecho de que transitar esta travesía supone un proceso, es todo un trabajo psíquico, y necesita un desarrollo para poderse llevar a cabo. Esa experiencia nos habrá marcado.

Es difícil dar consejos a un navegante, pero sí podríamos decir que la persona en duelo necesita respeto, acompañamiento, escucha, permitirle hablar, llorar o expresar sus emociones, si lo necesita.

Se piensa que es preferible no hablar de la persona fallecida o de lo ocurrido, incluso evitar conectarse con la tristeza o con los sentimientos se interpreta con frecuencia como signo de fortaleza. Sin embargo, con frecuencia puede tratarse justamente de lo contrario: actitudes y reacciones como no expresar emociones de tristeza o abatimiento, eludir conversaciones relacionadas con lo vivido, alejarse de los sentimientos, recuperar inmediatamente la actividad laboral y social rellenando el tiempo sin cesar, pueden estar poniendo de manifiesto la dificultad de conectarse con esa vivencia de pérdida, con lo cual se dificulta su elaboración psíquica.

Todo ello puede estar en el origen de síntomas o dificultades posteriores, tal y como ocurre con numerosos cuadros depresivos que emergen tiempo después.

En un proceso de duelo es fundamental permitirse sentir lo que se siente e ir avanzando por un camino que es único, singular, respetando siempre el ritmo de la persona y su particularidad.

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